NEGRO

 Víctor Hugo Vallejo

No nació negro, pero siempre lo quiso ser. Lo logró en el momento de su muerte, en la soledad de una cordillera  contra la que se estrelló el avión que lo llevaba de regreso a casa, a la de los negros, a su gente de siempre, a sus hermanos menores, a quienes amó entrañablemente y los que nunca miró como sus fieles sino como sus compañeros de causa a favor de una menor pobreza y no tantas angustias  con hambre y miseria por todos los lados.

Iba contento, regresaba a casa después de un corto viaje, pero poco o nada le gustaba estar por fuera de su ambiente, en el que se movía por todas partes casi como parte integral de su paisaje.  Había ido a cumplir con sus deberes superiores como jerarca  de una institución que tanto lo cuestionó, pero que nunca lo pudo aislar porque eso hubiese sido como cerrar el verbo de los que tenían mucho por decir, pero pocas oportunidades para hacerlo. No faltaron quienes intrigaron su destitución.

Jamás dudó de sus creencias, ni de su fe, ni de sus pasos en la oración. Pero cuestionó constantemente  muchas de las formas y las acciones que se llevaban a cabo y que consideraba tan lejanas de la realidad en la que debía estar sembrada la prédica diaria. No le gustaba tanto rezar como hacer. Y veía que la mayoría de las veces era más lo que se rezaba y menos lo que se hacía, porque desde la repetición inconsciente  de unos decires en honor a muchos seres desconocidos, se lograba mantener la grey unida en el misterio de aquello en lo que se cree, pero que nunca se hace palpable.

Se consideraba más terrenal que celestial y tenía plena confianza en la gente que ayudaba a que se ayudara, pues nunca fue amigo de dar el pescado sino de enseñar a pescar. Estaba convencido que el que aprendía a pescar tendría lo necesario y además estaba en capacidad de enseñarle a otros a pescar, para que en algún momento muchos o todos pudieran ser autosuficientes.

Descubrió muchas miserias y habló insistentemente de ellas. Tenía voz pública y era ampliamente escuchado, aunque de la misma manera cuestionado, pues para el poder –todos los poderes- era  incómodo.  Predicaba con tanta sinceridad que terminaba por decir verdades que muchos sabían, pero todos pretendían ignorar.

Ese 21 de enero de 1972 se despidió de unos pocos amigos que lo llevaron hasta el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín. Pausadamente  les recordó el gran compromiso del hombre moderno: saber un poco más para ser menos sometido. Les pidia. n Colombia, especialmente para las personas de menores recursos, a quienes se les explotaba, por encima de todo, su ignoranció que nunca se cansaran en la lucha por tener una mejor educación en Colombia, especialmente para las personas de menores recursos, a quienes se les explotaba, por encima de todo, su ignorancia.

Caminó lentamente por la pista hacia la escalerilla del avión DC-3 de Satena, el HK-661, con su figura frágil pero erguida, delgado, con una incipiente calvicie que le había formado caminos laterales en su cabeza.  Cuando pisó el primer escaño de la escalerilla, se volvió hacia el terminal y dio una última mirada a sus amigos, a quienes en gesto de despedida les levantó la mano derecha de una manera suave y delicada.  Siguió caminando hacia arriba y ocupó una cualquiera de las sillas  de la aeronave.  La ruta era Medellín- Quibdó- Buenaventura.

El vuelo, como todos los que hacían esos equipos, no era exactamente el más apacible, pues dado el poco peso del aparato, las nubosidades de la zona y la potencia no muy resistente a los vacíos, procuraba viajes que se movían y a los que se acostumbraban muchos de los viajeros frecuentes como él, pero que se constituían en base de muchos temores para quienes se subían esporádicamente a esa aviación incipiente de entonces.

Aterrizaron en Quibdó  sin mayores dificultades.  Se apearon los pasajeros que tenían como destino la capital del Chocó. Todos ellos se despidieron  de ese hombre menudo, de anteojos redondos, de cara bonachona y semblante muy serio. De todos ellos se despidió de una manera cordial.

Volvieron a emprender el que sería su último vuelo en la vida. La gran mayoría  de los pasajeros eran de raza afro descendiente y él  que no lo era, se sentía de los mismos. Desde siempre quiso ser negro para confundirse con todos ellos en todos los espacios y tiempos posibles.  La turbulencia se hizo más fuerte en la medida en que avanzaba el recorrido.  Remontando los Farallones la potencia del avión no fue capaz de superar la altura del cerro de San Nicolás, en donde quedó incrustado hecho cenizas.  Un lugar inaccesible.

Inicialmente, en horas de la noche  se supo que se había perdido contacto con la aeronave, pero que no había manera de emprender la búsqueda  por lo escarpado y difícil del terreno. Eso se haría al día siguiente. La noticia  era impactante por el pasajero que no era negro, pero se sentía negro, que iba a bordo. El mundo supo que en ese vuelo iba Monseñor Gerardo Valencia Cano, el Obispo Rojo, el Vicario apostólico de Buenaventura.

Sobrevuelos al lugar que se hicieron el día 22 de enero, dieron cuenta de la imposible misión de llegar hasta el lugar, indicando que  todo había quedado calcinado y que no habían sobrevivientes. Desde el aire lo declararon camposanto ante  la imposibilidad de rescatar los cuerpos.

El padre Ricardo Ruiz y unos amigos se la jugaron toda y mediante el uso de manilas y ganchos, lograron llegar hasta el sitio donde había caído el avión y efectivamente no encontraron a nadie vivo. Buscaron entre los cuerpos y Ruiz, muy amigo de Valencia Cano, lo reconoció entre los muertos  y dijo para que lo oyeran sus compañeros de rescate: “Este se salió con la suya. Murió negro”.  Estaba calcinado. Lo reconoció por elementos y rasgos y definió el alcance de quien siempre buscó un imposible, ser negro aunque había nacido blanco. No  supo que ya era negro, pero se murió negro, como todos los negros de su vida, por quienes estuvo rodeado y quienes lo siguen pensando como uno de los grandes defensores de sus causas, de sus vidas, de sus maneras de ser, de su pensamiento. Era un blanco que pensaba como negro.  Fue la síntesis de lo que es la comprensión del ser humano.

Ese Obispo, que nunca tuvo cara de Obispo, ni vestiduras de obispo, ni maneras  de Obispo, ni palabras de Obispo, ni costumbres de Obispo, ni cama, ni casa, ni carro, ni servidores de Obispo, que lo fue porque allí lo llamó la institución a  la que juró entregarse por siempre en busca de su creencia en el ser superior, pero en esencia por la posibilidad de servir a los demás, en este año estaría cumpliendo cien de vida, a los que seguramente no hubiese llegado  por ser una persona frágil, de poco comer y de mucho trabajo a favor de los demás, sin pensar nunca en si mismo.

Muchos se han acordado de él, aunque en Buenaventura lo recuerdan todos los días. Allí sus palabras, sus ideas, sus proyectos, sus propuestas, sus reivindicaciones siguen en pie. Su memoria crece. Cuando la gente pasa frente a su estatua de cuerpo entero al frente de la Catedral, que de ello apenas tiene el nombre, pero que es una iglesia de pueblo, como él siempre la quiso, lo saludan con el mismo afecto de siempre: “Adiós Poncho” o “Adiós, hermano mayor”.  Así como lo llamaron para no molestarlo, aunque siempre pidió que le llamaran Gerardo, lo que ninguno se atrevió, por lo que más bien escogieron los apelativos citados para seguir entendiéndose con él.

Fueron 19 años de comunión y comunidad plena entre ese cura  de pueblo que caminaba por todas las calles saludando y hablando, tomándose un vaso con agua en cualquier parte, recibiendo el almuerzo que le ofrecieran y dándole voces a todos para que sintieran la dignidad de ser negros y buscar cada día mejores destinos desde ellos mismos, sin esperar a que los demás llegaran a socorrerlos.

Su muerte no ha significado el olvido. Por el contrario su memoria crece con los años y se ha convertido en un personaje que es el equivalente al mismo puerto sobre el Pacífico. No es posible hablar de esa ciudad sin hacerlo de Gerardo Valencia Cano o de este sin asociarlo a la urbe  de la costa sur.  Valencia Cano es, en esencia, el símbolo de la dignidad de los porteños. Ellos fueron unos antes de su llegada y muy otros después de eso. Les enseñó la dignidad de ser seres humanos, sin tomar en cuenta el color de la piel, que no deja de ser un mero accidente de la naturaleza.

Gerardo Valencia Cano fue el mayor de doce hijos, nacidos en el hogar del comerciante Juan de Dios Valencia Cano y María Cano Tobón, en el Municipio de Santo Domingo, en el Departamento de Antioquia, nacido el 28 de agosto de 1917. La holgura económica, sin ser ricos, de la familia permitió que el mayor de sus hijos fuese a educarse en el Seminario de Misioneros Internacionales de Yarumal, donde se ordeno sacerdote en 1942, es decir a los 25 años.  Con esa juventud mostró ser un hombre serio, concentrado en el saber y  por eso a los pocos días fue designado como profesor del mismo seminario del que acababa de egresar.

Valencia Cano fue uno de los más liberales pensadores de la iglesia católica en Colombia y América Latina en el siglo XX y había egresado del seminario fundado por uno de los Obispos más retrógrados, conservadores y humillantes que ha dado esa misma iglesia, como fue Miguel Ángel Builes, quien no dudaba en predicar, en plena época de la violencia, que matar liberales no era pecado, ni mucho menos delito.  Un contraste de esos que da la vida sin consultar opiniones.

En 1945 se fue a estudiar Filosofía a la Universidad Javeriana de Bogotá. Ganaba unos muy pocos pesos dictando clases y de eso sacaba gran parte para mandárselos a sus padres a Santo Domingo, quienes se habían quebrado  ante la grave crisis económica de los años treinta. El padre apenas tenía una pequeña tienda y la finca de donde sacaban la comida se había tenido que vender para pagar las deudas. A nadie le quedó debiendo un peso.  Su hijo mayor ganaba menos que nada y de ahí sacaba para enviarle a la familia. El no necesitaba gran cosa para llevar la vida austera, casi de asceta, que siempre lo caracterizó.

En 1949, muy joven como cura, fue designado  Prefecto Apostólico de Vaupés, con jurisdicción en Vichada y Guainía.  Con la autoridad de un Obispo comenzó  a marcar pautas de entendimiento entre los fieles y la iglesia, sacando a ésta de su cómoda posición de predicar y no practicar y yéndose hasta los barrios marginados, a las tierras del campo, a hablar con la gente, a conocerla, a entenderla, a saber de sus necesidades, para proponer soluciones desde ellos mismos.  Era otra manera de ver las relaciones entre las creencias y la vida misma.

El 24 de mayo de 1953  el Vaticano lo consagró como Obispo titular de Buenaventura y le marcó el camino definitivo de su vida. Una vida de entrega a los demás, hablando con sinceridad y dándole más importancia al ser humano que a las creencias, en al convicción de que la existencia cierta es la terrenal. Un Obispo de apenas 36 años.

Entre 1956 y 1959 fue nombrado Superior de la Comunidad de Misioneros Javerianos de Colombia. Le dio una orientación eminentemente social  a esa orden. La puso al servicio de la gente.

Entre 1962 y 1965 fue una de las voces mayores del Concilio Vaticano II, presidido por el Papa Juan XXIII, ahora consagrado Santo. Su voz  fue de vanguardia. De pasos grandes hacia adelante a favor del hombre. Se hizo respetable como voz independiente en la iglesia católica a nivel mundial.

En 1968 fue invitado por el padre René García para participar en un encuentro de sacerdotes jóvenes que querían dar otra mirada a la iglesia. Se reunieron en una finca llamada Golconda, en el Municipio de Viotá, en  Cundinamarca, donde se suscribió el llamado Manifiesto de Golconda, con la firma de Valencia Cano como único Obispo.  Desde allí lo llamaron el Obispo Rojo y lo calificaron de revolucionario. Siempre fue enemigo de la violencia como medio de lucha, pero no fueron pocos los que  lo tildaron de provocar hechos violentos con lo que decía en sus conferencias o en sus sermones.

Nunca paró de quejarse de la miseria, especialmente de su gente negra de Buenaventura, en la que descubrió que de ella se abusaba sencillamente por el enorme nivel de ignorancia en que el Estado les mantenía. Su gran  convicción fue la necesidad de educar a la gente para hacerla autosuficiente, no dependiente de los demás.  Y se mezcló con todos, para hacerse uno de ellos. Y lo fué, sólo que el color negro solamente lo logró a la hora de su muerte.

La palabra, las ideas, su pensamiento son el gran legado que le dejó a la gente de Buenaventura  Monseñor Valencia Cano, aunque también  existen obras materiales  especialmente en educación, como son el Instituto Industrial San José, que hoy lleva su nombre, el Hogar Jesús Adolescente, la Normal de Señoritas, el Colegio San Vicente, el Instituto de la Anunciación y su obra mayor el Instituto Matías Mulumba, una gran franja de tierra en las afueras de la ciudad, en la salida hacia Cali, en la que se hicieron múltiples granjas que se volvieron productivas en manos de los mismos estudiantes para hacerse autosuficientes.  Esta fue la redención de la gente pobre que siempre planteó. No depender de nadie. Ser dignos. Saber y producir.

No permitir la humillación desde la figura de la propiedad privada. Lo dijo con claridad cuando ofreció su cadáver ante un desalojo de zonas de mareas, donde se plantó y se negó a irse hasta que no se pusiera fin a la acción policial. Lo dijo con claridad:

Las gentes del interior del país que visitan Buenaventura, los barrios de la marea: Venecia, Santa Mónica, La Playita, Lleras etc, se quedan pasmadas ante la miseria de éstas pobres gentes, que a más del hambre, la desnudez y el abandono en que viven, tienen que someterse al tormento  del relleno de las calles con la basura que se recoge en la zona A (zona donde vive la gente acomodada). Aquellas pobres  gentes no han podido vivir de otro modo: al pantano de la marea le tienen que agregar la basura y la inmundicia para poder caminar… pobres   hermanos nuestros de los barrios de la marea,  tienen que condimentar su hambre  y su desnudez con la basura fétida, que les llevan a un buen precio los carros del municipio.

Por decir cosas como éstas, lo llamaron Obispo Rojo. El solamente quiso ser negro y logró morir siendo negro.