De corruptos y otras cosas

Hernando Arango Monedero

hernando arangoEl tema colombiano, hoy por hoy, es la corrupción. Así, cada uno de nosotros tiene una fórmula, mágica, para ponerle fin a este flagelo nacional. Desde luego que algunos, más avezados, tienen una fórmula infalible y, para ello, ya recogieron las firmas necesarias para llamar a un referéndum mediante el cual la corrupción será derrotada, será eliminada de Colombia. Vaya: ¿Será así?

En principio, para mí, la fórmula propuesta no arregla para nada el problema. Si se cree que con rebajarle el salario a los congresistas se solucionan los problemas, están equivocados. De hecho, y sólo de partida, rebajarle diez millones de pesos a cada senador y representante, significará una economía de unos doscientos cincuenta millones por mes, lo que al año representan tres mil millones de pesos. Si consideramos que el tal referéndum nos vale unos trescientos mil millones, estaremos gastando en ese sólo acto lo que nos valen 10 años en salarios. Total: lo comido por lo servido y flaco ahorro para el país, con lo que la corrupción no terminará, y esperar que al Congreso lleguen los mejores, resultará un tanto más difícil, por cuanto el salario del congresista estará por debajo de lo que una empresa paga por un buen ejecutivo. Luego, la cosa no es por allí, y la solución propuesta tiene la dimensión de los que la proponen. Y que deban pagar la cárcel los que resulten condenados por delitos de esta naturaleza, pues con una simple ley que limite tal potestad a jueces se da solución al problema sin necesidad de gastarse 300 mil millones.

Pero es que la corrupción no es sólo llevarse por delante el erario. ¡No! La corrupción es también juzgar y condenar sin los méritos para hacerlo, bien sea para eximir de responsabilidades o para endilgarlas y enviar a la cárcel. Lo vemos en estos días con lo que se ha destapado en las más altas esferas de la Justicia con magistrados que han vendido sus fallos o empapelado los procesos a cambio de dinero o dádivas. Y estamos asustados con tales procederes. Pero es también sabido que en los Tribunales se daban similares casos y ni hablar de los jueces que han procedido sin miramientos a fallar en favor de determinadas causas a cambio de canonjías. Recordemos los casos de pensiones en empresas del Estado como lo fue Colpuertos, sólo en vía de ejemplo. También tenemos condenas por simple sabor político o sustentadas en falsos testigos avalados en procesos arreglados. Todo cabe hoy ante lo que vivimos en todos los niveles.

Y también es corrupción la manía que viene acompañándonos a los colombianos, en general, de condenar a priori a quién cae en nuestras garras y al que condenamos sin más desde nuestros precarios conocimientos sobre los hechos y motivaciones que acompañan el caso. Allí, en tales juicios, la honra de muchos es arrastrada, porque no cuantificamos el valor de la honra para aquél que es condenado desde la facilidad, la miopía y el facilismo con el que juzgamos a nuestros semejantes. Por el contrario, somos dados a aceptar las tropelías de otros que de la noche a la mañana aparecen con caudales inesperados, procedentes de no se sabe que actividades, y no pocas veces de posiciones de responsabilidad en el Estado.

Y, al final de cuentas: ¿Nos hemos preguntado de donde acá tanta laxitud de conciencia entre los que conformamos esta sociedad? ¿Tenemos conciencia de los orígenes de esta debacle en los valores? ¿Hemos cuestionado nuestro proceder y condescendencia ante las pequeñas cosas que se suceden en nuestro entorno y que, luego, son razón para que cosas mayores nos espanten, tal y como ahora se nos da? ¿Y de la familia qué? ¿Será que la tal libertad en el desarrollo de la personalidad, mal entendida y por muchos defendida a raja tabla, no es la causa principal del estado de cosas de las que hoy nos dolemos?

Bien vale la pena un examen de conciencia de carácter nacional, si es que conciencia nos queda, para proceder en consecuencia y volver a la formación en valores para que el desarrollo de la personalidad esté dentro de lo que esperamos de unos buenos ciudadanos.

Manizales, octubre 08 de 2017