¿Qué dijo el Papa Francisco en Colombia? (3)

Con la ayuda de dos niñas, el Papa Francisco siembra el Árbol de la Vida en Villavicencio, como parte de su mensaje de reconciliarse con la naturaleza, no explotarla y protegerla.

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*) 

“Es hora de sanar las heridas”

Hizo bien el Papa Francisco en escoger a Villavicencio para la segunda visita de su viaje a Colombia. La ciudad, de una parte, está situada en la periferia, donde él tanto reclama que se haga presencia, y es, de otra parte, la puerta de entrada a nuestros Llanos Orientales que han sido, de tiempo atrás, escenario sangriento por la acción criminal de grupos alzados en armas, con todo el sufrimiento que ello implica.

Ésta es “una tierra sagrada -dijo-, regada con la sangre de víctimas inocentes y el dolor desgarrador de sus familiares y conocidos”.

Con razón, allí tuvo lugar el Gran Encuentro de Reconciliación Nacional, en el parque Las Malocas (cuyo nombre exalta las raíces indígenas de sus gentes), mientras la eucaristía de rigor estuvo acompañada por los testimonios de varias víctimas de la violencia, entre los miles de asistentes que hubieran podido contar historias similares.

“Cada violencia cometida contra un ser humano -manifestó el Pontífice, poniendo el dedo en la llaga- es una herida en la carne de la humanidad”. Y agregó, al oído de sus miles de oyentes: “Cada muerte violenta nos disminuye como personas”.

La violencia, por tanto, tiene por qué dolernos a todos, a la humanidad en su conjunto, a cada persona, aunque no seamos sus víctimas directas. Atenta, pues, contra los derechos humanos y, en último término, contra la dignidad personal, nacida especialmente de nuestra condición de hijos de Dios, unidos a los demás por lazos de hermandad que deben ser inseparables.

Como si eso fuera poco -advirtió-, “la violencia engendra más violencia”, provocándose así un ciclo interminable de más y más odio, de más y más venganza, de más y más muerte, en perjuicio no sólo de quienes participan en la lucha armada sino de la sociedad en general, según lo hemos comprobado los colombianos durante tantos años.

¿Qué hacer, entonces? La respuesta es obvia: Hay que “romper esa cadena”, lo cual no es posible -sostuvo en medio de aplausos- sino a través del amor, el perdón y la reconciliación, es decir, recorriendo el camino que el cristianismo nos enseña desde sus orígenes, hace más de veinte siglos.

Amor, perdón y reconciliación

El amor es lo primero. Y debe serlo. Al fin y al cabo -según Francisco, siguiendo las enseñanzas de Jesús-, “el amor es más fuerte que la violencia”, por lo cual logra romper aquella “cadena ineludible” para alcanzar la reconciliación y la paz. He ahí la solución del problema planteado, ni más ni menos.

Al respecto, no podemos olvidar que en la concepción cristiana Dios es amor y, como Padre, nos ama infinitamente, tanto que a cada momento, si le pedimos con fe, perdona nuestros pecados y nos lleva a la salvación eterna.

Pues bien, fueron tales valores divinos los que Jesús encarnó como Hijo de Dios, dando hasta su vida por nosotros y, sobre todo, perdonando incluso a quienes lo condenaron a muerte. Hay que amar aún a nuestros enemigos, recordemos.

El perdón, en fin, es la expresión máxima del amor de Dios y, por ende, sus hijos debemos imitarlo, perdonando también, que es a su vez la condición básica para ser perdonado por Él. “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, según decimos en el Padre Nuestro.

En muchas ocasiones, sin embargo, es muy difícil perdonar. Ante tantos crímenes de que hemos sido víctimas, por ejemplo. Al respecto, Francisco aclaró que el perdón sólo es posible con la ayuda de Dios, o sea, por gracia divina, lejos de ser capaces apenas con nuestras fuerzas.

¿Perdonar, entonces, a los guerrilleros, por imposible que nos parezca? Así es. Para ellos, “no todo está perdido” y tienen esperanzas a pesar de los delitos cometidos, por graves que sean. Dios los perdona, claro. Y Jesús vino, como Él mismo decía, para salvar a los pecadores, pues no son los sanos -pregonaba con sabiduría- quienes necesitan al médico, sino los enfermos.

Para alcanzar tan noble propósito, el Papa reclama que haya justicia, verdad y reparación, retomando en esta forma los elementos fundamentales del proceso de paz que hemos emprendido en Colombia.

“La justicia tiene que cumplirse”, aseguró en tácito rechazo de la impunidad que muchos denuncian, mientras la verdad -“compañera inseparable de la justicia y de la misericordia”- implica en la práctica que los grupos subversivos cuenten qué pasó con los desaparecidos y los menores de edad reclutados en sus filas, respondiendo finalmente por sus actos con la debida reparación a sus víctimas, entre quienes mencionó a mujeres víctimas de violencia y abusos.

“Sanemos aquel dolor y acojamos a todo ser humano que cometió delitos, se arrepiente y se compromete a reparar, contribuyendo a la construcción del orden nuevo donde brille la justicia y la paz”, precisó.

Aunque todavía crezca la cizaña

Los colombianos -dijo el Papa al término de su homilía durante la concurrida misa campal en Villavicencio- no debemos temer a la verdad ni a la justicia, ni a pedir y ofrecer el perdón, ni a que siga creciendo la cizaña (es decir, persista la violencia), amenazando los cultivos (es decir, la paz), como nos muestra la célebre parábola evangélica.

“No impidamos -declaró, citando un salmo bíblico- que “la justicia y la misericordia se encuentren en un abrazo que asume la historia de dolor de Colombia”.

“Es hora de sanar heridas”, concluyó.

(Mañana: El Papa en Medellín)

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua