FONTUR 2016
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Por Carlos Alberto Ospina M.

Cualquier crítica heterosexual se considera una afrenta contra la comunidad LGTBI y el concepto de igualdad de género. Al parecer la sociedad, culta y moderna, debe aceptar las prácticas y las manifestaciones de la minoría; de lo contrario, corre el riesgo de caer en la penosa categoría de terrorista moral por hallarse en oposición a esa naturaleza. Una situación diferente es el derecho que les asiste desde el punto de vista constitucional y legal; otro concepto más diverso y complejo de estructurar, reside en imponer un nuevo orden preeminente, absolutista y con aliento de superioridad. Sin duda, cada individuo merece un trato digno, respetuoso e igualitario ante la ley, independiente de la condición sexual. Carece de novedad la expresión de que nadie puede ser despreciado, maltratado o discriminado por sus creencias y hábitos. No obstante, es el tiempo de dar la cara a las “olas de la modernidad”, puesto que los interés económicos e ideológicos se revisten de distinguida autoridad, asumiendo una posición de víctimas por el hecho que alguien decide nombrar su línea de producción para “hombre o mujer”. Lanza en ristre, los dueños de la nueva moral, levantan la voz de protesta y agreden física, sicológico y emocionalmente a aquel que no tiene en cuenta, en su nicho de mercado, a otras ideologías vigentes. ¡Demasiado fanatismo! y menosprecio a la libertad de elegir cómo aspiran vivir, sentir o vestir las demás inclinaciones hacia individuos del sexo contrario.

“La crisis de la modernidad se revela en el hecho, o consiste en el hecho, de que el hombre occidental moderno no sabe ya lo que desea, ya no cree que pueda conocer lo que es bueno y malo, lo que está bien y lo que está mal. Unas pocas generaciones atrás, se daba generalmente por descontado que el hombre podía saber qué está bien y qué está mal, que podía saber cuál es el orden social justo, el bueno o el mejor –en una palabra: que la filosofía política era posible y necesaria. En nuestro tiempo, esta fe ha perdido su poder. De acuerdo a la visión predominante, la filosofía política es imposible: fue un sueño, tal vez un sueño noble, pero un sueño al fin y al cabo”. Leo Strauss 1989.

Es motivo de discordia y de juicios de valor, la identificación de los sanitarios públicos por género masculino y femenino. Qué ganas de tener un minuto de inmortalidad, fastidiar y tachar de discriminación las instalaciones destinadas a las micciones humanas. Las necesidades higiénicas son incluyentes, más allá del letrero del retrete o el Código de Policía. Cada quien decide dónde entra de acuerdo con el nombre que lo iguale y la capacidad de aguante del esfínter. Tanto alboroto por una tradición que no busca ofender a ninguno.

Las empresas padecen el bullying cibernético al momento de lanzar una campaña o efectuar la activación de marca direccionada a un segmento específico del mercado. Disney Paris sufrió todo tipo de agresiones e insultos a través de las redes sociales, porque no permitió que un niño de dos años, Noah, participará en el festival “Princesa por un día”. ¿Quién dijo que las compañías no pueden realizar concursos con base en el target u orientados sólo a las niñas, sin que la comunidad LGBTI+ se sienta aludida?  Los límites de las deberes civiles y legales, también, tocan a la diversidad de género. Dicha comunidad está en la obligación civil de respetar la libertad de empresa, los conceptos publicitarios, los objetivos estratégicos y la misión de las organizaciones, así éstas no produzcan diversión para ellos; que no es el caso, del gigante americano.  Hayley McLean, bloguera y madre de Noah, hizo un escándalo mediático con tintes homofóbicos y racistas hasta el punto de obligar a modificar las piezas promocionales y el reglamento del Festival. Disney toleró el daño irreparable a su reputación e imagen a nivel mundial, debido al anhelo de una mamá para que, su hijo, luzca el vestido de Princesa. Hayley, posee el derecho de formar al niño en el marco de la identidad de género que aspire; sin embargo, aquella decisión individual, no supedita a la empresa de entretenimiento, a cambiar las bases del concurso a causa del capricho de una señora que, indignada, dispara carteles de supuestas prácticas excluyentes y actos discriminatorios. El cuento que todo hay que “visibilizarlo”, sobrepasa la línea de lo legal y de la orientación sexual. “Princesa por un día” tuvo el slogan “para hacer realidad el deseo de las niñas”. El niño, Noah, quería disfrazarse de soberana con el apoyo de su progenitora. Por esto, la tolerancia y el respeto debe ser entre uno y otro, mostrando ambas caras de la moneda; en lugar de la ambigüedad conceptual: “Soy princesa siendo Yo”.

Lo políticamente correcto raya con el efectismo, la ridiculez y el falso pensamiento progresista. Cuenta con la capacidad de mimetización con el fin de evitar el cuestionamiento y la polémica pública. Tras el sofisma de “deje que los niños sean niños”, una empresa británica, John Lewis, decidió eliminar la ropa de género y colocar etiquetas combinadas de “Niñas y Niños” y viceversa. En el fondo, esas colecciones no buscan excluir los estereotipos ni aumentar la variedad de diseños, simple y llanamente, se constituye en una maquiavélica y calculada intención, nada incluyente, pero sí, determinante en la etapa de la niñez. Al interior del vano mundo de la moda cabe la igualdad de género para la comunidad LGTBI+ y los heterosexuales, hombres y mujeres. Es un principio constitucional que asiste a los sujetos de derechos y deberes frente a la sociedad. Aquí no se puede ser ambiguo e indiferente. Esto no significa discriminación, maltrato, acoso u homofobia. Es la libertad para distinguir y elegir, sin imponer la condición de cada quien. No se trata de desarrollar medios extraordinarios, sólo se precisa de un principio universal de respeto por el derecho individual a escoger ser, neutro u otro, sin exigencias ideológicas.

Enfoque crítico – pie de página. Los límites de la moralidad están a leguas de la condición retrograda, la identidad individual o la orientación sexual. Tampoco debe cubrirse con el manto hipócrita y el maniqueo pensamiento de lo “políticamente correcto”.