El arte de matar  (III)

Las   Herramientas   del  Verdugo

Coronel  RA  Héctor Álvarez Mendoza

EL   FUSILAMIENTO

El fusilamiento consiste en dar muerte al reo con una descarga de fusilería, procedimiento que no requiere de infraestructura compleja, aparatos sofisticados, patíbulos especiales y ni siquiera verdugos experimentados. Basta con uno o más fusiles o armas similares, cuyo funcionamiento conoce cualquier persona que haya  disparado un arma de fuego. Este sistema de ejecución surgió con el invento de este tipo de armas. Primero fue el arcabuz, que sustituyó a la culebrina como arma de infantería y este a su vez fue reemplazado por el mosquete, de mayor calibre y poder de fuego. Estas armas primitivas carecían de precisión, aunque por su balística irregular causaban mortales destrozos en el organismo de sus víctimas. El desarrollo de las armas de fuego condujo al fusil de retro carga con cartuchos cilíndricos de fulminante, pólvoras sin humo y proyectiles metálicos como los de las armas modernas, cuyas características técnicas permiten más alcance y precisión.

En su forma más rudimentaria, el fusilamiento requiere simplemente de un muro o paredón o en su defecto, unos cuantos sacos de arena como para balas, un poste vertical o una silla a los cuales atar al condenado y un grupo de seis a doce tiradores con fusiles cargados con una sola bala y entre ellos, uno, escogido al azar, cargado con cartucho de fogueo, alineados  a menos de seis metros frente al reo. En el caso de ejecuciones militares, el pelotón de fusilamiento  suele  estar al mando de un oficial armado de sable y pistola de reglamento, el uno para rubricar las  señales de mando y la otra para dar el tiro de gracia detrás de la oreja izquierda del ajusticiado, en caso de que el médico militar presente lo crea necesario y que el reglamento no disponga una segunda descarga en caso de supervivencia del reo, luego del primer intento.

Este medio de ajusticiamiento de uso universal ha sido especialmente aplicado en casos de reos militares. La ceremonia podía incluir condiciones que le restaban solemnidad al protocolo cuando los delitos imputados eran considerados indignos. La traición a la patria o la deserción frente al enemigo han sido considerados delitos de especial gravedad, por lo que algunas legislaciones prescriben el simbólico fusilamiento por la espalda. La historia de fusilamientos famosos es muy extensa, aunque en esta ocasión mencionaremos algunos casos elegidos al azar, entre ellos el de la ejecución del soldado estadounidense Edward D. Slovik, fusilado por deserción el 31 de enero de 1945 en la aldea francesa de Sainte Marie aux Mines en las postrimerías de la segunda guerra mundial.

Lo que hace figurar esta ejecución como un hito histórico es que el soldado Slovik fue el primer desertor del ejército de Estados Unidos fusilado desde la Guerra de Secesión entre 1861 y 1865, aunque en 1944 el ejército norteamericano tenía más de 40.000 casos de desertores durante su guerra con las potencias del Eje, de los cuales 2.864 habían sido juzgados en cortes marciales y sentenciados a muerte o a largas penas de prisión. Cuarenta y nueve de esas condenas a muerte habían sido aprobadas, aunque ninguna ejecutada. Pero en ese momento cundía la desmoralización entre las tropas y era necesario sentar un precedente, por lo que al pobre Slovik le correspondió el “privilegio” de servir como ejemplo a sus camaradas. El general Dwight David Eisenhower, comandante supremo de las fuerzas aliadas autorizó la ejecución de la sentencia mediante el siguiente despacho, que se transcribe literalmente, pues detalla fielmente el protocolo de una ejecución militar vigente en ese momento. Dice textualmente:

“Un pelotón de fusilamiento, al mando de un sargento, que constará de no menos de ocho ni más de doce hombres, será  seleccionado por el oficial designado para llevar a cabo la ejecución. Cuando todo esté preparado, el pelotón marchará con el sargento al lugar designado y formará en fila simple o doble, de cara al prisionero y a no menos de veinte pasos de él. Los miembros del pelotón estarán armados con rifles de reglamento, cada uno de los cuales será cargado y cerrado por el oficial encargado de la ejecución de la sentencia. Uno de los rifles contendrá una bala vacía y la identidad de esta pieza no será revelada. Cada uno de los restantes rifles contendrá una bala reglamentaria. El oficial encargado de mandar la ejecución dirá:

1, pelotón;  2, preparados;  3, apunten;  4,  fuego.  A la voz de fuego, cada miembro del pelotón descargará su arma sobre el corazón del prisionero. Si en la opinión de los oficiales médicos el prisionero no ha recibido una herida mortal, los rifles serán vueltos a cargar y se repetirá el procedimiento hasta que se infrinja una herida mortal de la cual se siga la extinción inmediata de la vida del reo.”

A pesar de que los soldados usaron el potente y certero fusil Garand M1 calibre 7,62, los médicos constataron que ninguno de los once balazos recibidos tocó el corazón de Slovik, lo que evidenció la probable indecisión de los ejecutores, a pesar de ser expertos tiradores curtidos en combate, obligados a dispararle a un compañero. El reo, gravemente herido, siguió retorciéndose y gimiendo de dolor, lo que desconcertó a los presentes. El oficial a cargo ordenó recargar los fusiles, pero momentos después el médico indicó que no era necesaria otra descarga, pues Slovik acababa de morir luego de 15 minutos de agonía.

En épocas más recientes han ocurrido otros casos de fusilamientos especiales  como el del mandatario rumano Nicolás Caecescu, derrocado en diciembre de 1989 por una revuelta popular. Arrestado junto con su esposa Elena, quien fungía como Vice Primera Ministra, fueron juzgados y condenados a muerte en un remedo de juicio sumarísimo sin formalidades jurídicas ni posibilidades de defensa legal alguna, luego de lo cual fueron sacados a empellones de la improvisada sala de audiencias hacia un patio contiguo y ametrallados de inmediato y sin solemnidad alguna. Ceacescu recibió once balazos y su esposa ciento diez, lo que habla de la escasa simpatía de la que gozaba la ex primera dama entre sus gobernados.

Como curiosidad histórica se cita el caso del fusilamiento en México del inglés William Benton por órdenes de Pancho Villa cuando el mexicano se desempañaba como General al mando de la División del Norte del ejército regular del presidente Venustiano Carranza, lo que causó uno de los incidentes más graves de la historia de la diplomacia mexicana. Resulta que Benton poseía una gran hacienda cerca de Ciudad Juárez, sede del comando de Villa, propiedad adquirida por el inglés poco antes del inicio de la revolución mexicana. El 17 de febrero de 1914, Benton acudió al despacho del general Villa a reclamarle en actitud arrogante y altanera por algún asunto de su interés personal. El reclamo subió de tono por lo que el mexicano, de temperamento sanguíneo y explosivo se consideró insultado y ordenó a Rodolfo Fierro, uno de sus generales, fusilarlo en el acto. Fierro, quien tenía merecida fama de matón, como que era apodado “El Carnicero”, cumplió al pie de la letra la orden y de inmediato mató al súbdito británico de un balazo y tiró el cadáver en la primera zanja que encontró. Y ahí se armó el problema, pues cuando Villa se serenó, sus consejeros le hicieron ver los riesgos diplomáticos que acarrearía el incidente para él y para el gobierno del cual formaba parte. Así que ordenó desenterrar el cadáver, simular una “corte marcial”, condenarlo a muerte, fusilarlo “formalmente” y regresarlo a una tumba más convencional. Naturalmente, la maniobra no logró engañar a nadie y días después el escándalo diplomático precipitó la ocupación del puerto de Veracruz por tropas norteamericanas, aliadas del ofendido gobierno británico que debió ceder sus pretensiones punitivas, debido a las restricciones territoriales impuestas por la Doctrina Monroe. América para los americanos.

Más tarde, el 14 de octubre de 1915, mientras vadeaba a caballo la laguna de Guzmán en el estado de Chihuahua, Fierro con todo y montura cayó en arenas movedizas de donde no pudo escapar, debido al peso de sus alforjas, llenas de monedas de oro. Se dice que Pancho Villa ni sus acompañantes hicieron intento alguno por salvarle la vida. Personalmente, sospecho que en realidad sí se    hicieron esfuerzos de  salvamento. Al menos, intentos por salvar sus alforjas.

LA  SILLA  ELÉCTRICA

Esta típica herramienta norteamericana de ejecución, surgió a raíz de la disputa tecnológica y comercial entre Thomas Edison, inventor de la bombilla eléctrica, productor y distribuidor de corriente alterna y George Westinghouse, productor y distribuidor de corriente continua. Edison trató de desacreditar la opción de su competidor, alegando que la corriente continua era peligrosa para uso doméstico, situación aprovechada por un tal Harold Brown para inventar en 1889 la silla eléctrica y ofrecerla como método de ejecución, más presentable que la repugnante horca. A las autoridades de Nueva York les atrajo la idea y resolvieron adoptar el sistema en junio de 1889, para lo cual contrataron a Brown quien ofreció una silla de madera con fuertes correas de cuero para inmovilizar brazos, pecho, cintura y piernas, conectada a dos electrodos, el ánodo  sobre la cabeza afeitada y el cátodo sobre una pantorrilla del condenado, previamente rasurada. El mueble fue estrenado ese mismo año con el reo francés, nacionalizado estadounidense Ernest Chapeleau en la prisión de Sing Sing de Nueva York, pero algo salió mal, pues luego de recibir la descarga, el condenado resultó con quemaduras de tercer grado pero vivo, lo cual lo salvó de una segunda sentada.

El fracaso con Chapeleau y otras fallas técnicas en casos subsiguientes, hicieron necesario introducir algunas mejoras, como la de agregar una esponja empapada con agua sobre la cabeza del condenado para favorecer el proceso de electrólisis que sin embargo no ha logrado evitar del todo nuevas fallas y accidentes desafortunados que han puesto en la picota este cruel método de matar, no obstante muy utilizado aún en varios estados de la Unión, que conservan intacta su fe en la confiabilidad de “Old Sparky”, remoquete con el que se conoce el célebre artefacto, a pesar de las recurrentes chamusquinas. En la triste saga de la silla eléctrica, figura la ejecución el 16 de junio de 1944 en Carolina del Sur de George Junius Stinney, niño negro de 14 años, 40 kilos de peso y 1,50 de estatura, con ligero retardo mental, acusado de la violación y homicidio de dos niñas blancas de 8 y 11 años. El juicio se basó en pruebas circunstanciales y en la supuesta confesión de Stinney ante un interrogador que en pleno verano lo tuvo encerrado varias horas en una cabina con paredes de hojalata, sin ventilación y luego de ofrecerle una tentadora porción de su helado favorito a cambio de su “espontánea” confesión. Con tales pruebas se adelantó un juicio racista y sesgado, afectado por conflictos políticos locales y afectado con una defensa incompetente que aceptó enviarlo a la silla eléctrica, a donde acudió el inocente con la alegre despreocupación de quien asiste a una piñata. La silla no estaba preparada para un cuerpo tan pequeño, por lo que al recibir la única descarga, los brazos se soltaron de sus ataduras y el infante, casi achicharrado, por poco sale despedido del artefacto.

En la película “Carolina Skeletons” presentada en 1991, basada en este lamentable caso, se da a entender que el verdadero homicida, un mozalbete blanco, alto y fornido y su padre, conocedor de la verdad, asistieron impasibles, como testigos oficiales de la ejecución. Setenta años más tarde, en diciembre de 2014, la jueza de Carolina del Sur Carmen Travis Mullen, luego de estudiar y reexaminar las pruebas y antecedentes del caso, dictaminó que el juicio de 1944 estuvo plagado de   injusticia e irregularidades, pues comprobó sin lugar a dudas la incompetencia cómplice del defensor, el acopio de pruebas insuficientes y el hecho de que la supuesta confesión del sindicado no apareció en el expediente, por lo que lo declaró inocente y restituyó el buen nombre al joven Stinney, cuyos hermanos, ya octogenarios, recibieron personalmente la bienvenida, aunque tardía disculpa de la justicia.

Ante la desconsoladora impresión que produce la descripción de cualquiera de los métodos de eliminar a nuestros semejantes, así se trate, como en los casos descritos, de herramientas y recursos ideados por el hombre para ser puestos “al servicio de la justicia”, solo cabe reflexionar sobre el trasfondo moral de las razones que sustentan y justifican el rigor de tales procedimientos que evidentemente afectan el sentimiento colectivo de cualquiera de las sociedades implicadas, dados su extremismo, crueldad e irreversibilidad. Pero infortunadamente parece no haber remedio para resolver este dilema, pues en muchas partes del mundo, a pesar de la evidente inocuidad del recurso como factor disuasor de la criminalidad, se sigue reclamando con insistencia la adopción o la continuidad de la pena de muerte como escudo imbatible contra las amenazas de una delincuencia que se niega a ceder en su intensidad y en sus efectos, aunque todos seamos testigos mudos de la esterilidad de tan extremas medidas punitivas.