3 de marzo de 2021
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El arte de matar (II)

3 de septiembre de 2017
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
3 de septiembre de 2017

Las Herramientas del Verdugo

Decapitación con hacha, espada y guillotina

Coronel  RA  Héctor Álvarez Mendoza

La decapitación es un método de ejecución muy antiguo, utilizado en Egipto desde Ramses II y por los romanos, que acostumbraban decapitar a los enemigos vencidos. Precisamente de este sistema de ejecución proviene la denominación de pena “capital”. La decapitación con hacha o  espada fue considerada noble y honrosa y como tal, reservada a personas de alcurnia como las reinas Ana Bolena, Catalina Howard y María Estuardo, reina de Escocia y personajes tan ilustres como Thomas Moro y otros miembros de la nobleza inglesa que recibieron ese dudoso privilegio en tiempos de los monarcas Enrique VIII, Isabel I y María Tudor, apodada “La Sangrienta”, precisamente por su afición a cortar cabezas, soberanos que mantuvieron permanentemente ocupados a sus verdugos oficiales. La horca, como antes se ha dicho, se reservaba para condenados comunes y reos de baja estofa.

En Europa y en algunos países orientales se han usado desde tiempos inmemoriales espada, sable, alfanje y cimitarra para descabezar públicamente a los condenados. No obstante, el pulso de los verdugos fallaba algunas veces, lo que provocaba molestas dilaciones y antiestéticas carnicerías que ofrecían escenas poco gratas a los numerosos espectadores que colmaban las plazas públicas, escenario habitual del siniestro espectáculo. Estos desagradables errores de pulso de los verdugos, impulsaron la necesidad de crear un método mecánico más preciso que garantizara decapitaciones “decentes”, más “humanas” y de ser posible, indoloras. Así se llegó al concepto de la guillotina, erróneamente atribuido a su promotor, el cirujano francés Joseph Ignaz Guillotín, de quien toma su nombre, pero desarrollada por el mecánico alemán de clavicordios Tobías Schmidt.

El novedoso artilugio, compuesto por dos postes verticales de roble de 4,50 metros de altura, con un espacio de 37 centímetros entre los soportes, unidos en su parte superior por un travesaño horizontal con una polea de la cual pende una cuchilla de acero de 40 kilos de filo oblicuo con una altura de caída de 2,25 metros, guiada por ranuras en los montantes y un cepo en la parte inferior con dos medias lunas, fija la inferior y movible la superior, previstas para acomodar y asegurar el cuello del condenado, previamente tendido horizontalmente boca abajo sobre una tabla basculante. Al soltarse la polea, la cuchilla se precipita y corta el cuello a la altura de la cuarta vértebra cervical, lanzando la cabeza a una cesta y el cuerpo a un recipiente situado al lado. Paradójicamente, el sistema de filo oblicuo, que ofrece cortes más rápidos y precisos, fue idea del propio Luis XVI cuando, aun en el trono, le fue presentado el nuevo instrumento pero con cuchilla horizontal o en media luna, que machacaba el cuello en vez de cortarlo limpiamente. Posteriormente, durante las degollinas de la Revolución Francesa, el mismo rey, la reina María Antonieta, Felipe Igualdad y otros nobles de la corte, así como Danton, Carlota Corday, asesina de Marat, el propio Robespierre y otros líderes revolucionarios experimentarían en nuca propia las “bondades” de la eficiente máquina corta cabezas.

Durante los 40 días de la dictadura de Robespierre, fueron guillotinadas 1.791 personas entre aristócratas y cortesanos de la monarquía destronada. Se afirma que la justicia revolucionaria hizo rodar cerca de 49.000 cabezas en todo el país, 2.918 de las cuales, (370 mujeres y 2.548 hombres) lo fueron por mano de Charles Henri Sanson, experimentado verdugo de Paris durante 15 años y un exquisito enamorado de su profesión.  Dice la historia que Sanson cuidaba el filo de su cuchilla con el amoroso celo que un buen barbero cuida su navaja de afeitar favorita. Se dice que el muy descarado, en un gesto de humor negro inadmisible en tal predicamento, al acomodar a los reos en el siniestro aparato, advertía previamente a sus “pacientes”: “Amigo, tenga cuidado con los deditos…” La guillotina fue además utilizada en Italia, Alemania, Inglaterra, Suecia y Bélgica. El primer guillotinado en Francia fue el asaltante de caminos Nicolás Jacques Pelletier el 27 de mayo de 1792. La última decapitación pública fue la de Eugen Weldman en Versalles en junio de 1939. La última mujer guillotinada fue Germaine Godefroy en 1949 y el último “usuario”, a puerta cerrada, del dichoso aparato, fue el inmigrante tunecino Hamida Djandoubi, decapitado en la prisión de La Santé el 10 de septiembre de 1977. La guillotina fue suprimida por las autoridades francesas en 1981.

EL GARROTE  ESPAÑOL

En su forma primitiva, el garrote fue utilizado desde antes del siglo XV y durante los “autos de fe” de la Inquisición española, como recurso para “premiar” a los réprobos y herejes que a última hora accedían a confesar sus  culpas o mostraban arrepentimiento y así obtenían la gracia de pasar a la obligatoria hoguera como cadáveres desgañotados y no vivos como lo recetaban los puntillosos inquisidores del Santo Oficio. Originalmente, consistía en una cuerda de cáñamo al cuello, en una pierna o en un brazo, que se apretaba dándole vueltas con un palo, como torniquete, que producía el estrangulamiento o el corte de las carnes hasta alcanzar el mismo hueso del condenado. Luego se usó un poste vertical con un hueco a la altura del cuello, a través del cual se pasaba la cuerda, colocada alrededor de la garganta y se retorcía con un bastón de madera hasta provocar asfixia y estrangulamiento.

En ese entonces la ejecución vigente en España para reos comunes era la horca, método infamante y deshonroso, propio de condenados de baja condición. Luego, Fernando VII, también conocido como el “Rey Felón”, en un gesto de magnanimidad sin precedentes, que evidenció su gran corazón y como un delicado presente de cumpleaños a su tercera esposa y prima María Cristina de Borbón, por razones humanitarias ordenó suprimir la horca como forma de ejecución pública en todo el reino y adoptar el garrote en las categorías de vil, ordinario y noble de acuerdo a la condición social de los condenados. Con real cédula del 24 de abril de 1832, el magnánimo monarca textualmente ordenó:

“Deseando conciliar el último e inevitable rigor de la justicia con la humanidad y la decencia en la ejecución de la pena capital y que el suplicio en que los reos expían sus delitos no les irrogue infamia cuando por ellos no la mereciesen, he querido señalar con este beneficio la gran memoria del feliz cumpleaños de la Reina mi muy amada esposa y vengo a abolir para siempre en todos mis dominios la pena de muerte por horca; mandando que en adelante se ejecute en garrote ordinario la que se imponga a personas de estado llano; en garrote vil la que castigue delitos infamantes sin distinción de clase y que subsista, según las leyes vigentes, el garrote noble para los que correspondan a los de fijosdalgo”.

Dispuso que en adelante se ejecutase en “garrote ordinario” a “los de ruana”; en “garrote vil” a los criminales de delitos infamantes y en “garrote noble” a los ricos, aristócratas y miembros de la nobleza, es decir, los “fijosdalgo”. A estos últimos, se les otorgó además el derecho a que el patíbulo estuviera alfombrado. ¡Qué detallazo!. Los condenados a garrote vil debían ser conducidos al cadalso arrastrados o montados en burro, mirando hacia la grupa; los clientes de garrote ordinario en cabalgadura mayor aunque sin ensillar y los de la rosca de “privilegiados” candidatos al garrote noble, en caballo ensillado y con gualdrapas negras. Marido tierno y detallista el tal Fernando, quien probablemente hubiera obsequiado a su madrecita el descuartizamiento en vida de los reos, como amoroso presente en el “día de las madres”, si la época hubiera contado con comerciantes de iniciativa que hubieran inventado ya esa celebración. A veces me pregunto, ¿Será posible que los “ruanetas”, usuarios del garrote ordinario mirasen con envidia a los privilegiados del garrote noble?. Es muy probable. Afortunadamente, para evitar tales suspicacias y discriminación, en 1848 se eliminaron las odiosas diferencias de clase y se dispuso una sola categoría de garrote para toda clase de condenados.

En cualquier caso, los reos de garrote eran acompañados al cadalso con sordos redobles de tambor con los parches flojos, lo que dio origen a la expresión “cajas destempladas”. Una de las ejecuciones más lamentadas de la historia del fatídico instrumento fue la de la heroína Mariana Pineda, de 26 años, sindicada de subversión contra Fernando VII, al ser sorprendida tejiendo una bandera de la causa liberal por lo que fue agarrotada el 26 de mayo de 1831 en Granada, donde encaró el suplicio sin una lágrima, con el estoicismo y la serena dignidad de una esfinge.

Más tarde el sistema fue progresivamente perfeccionado y la cuerda de cáñamo se reemplazó por una cadena de hierro y más adelante por un collar metálico retraído contra el poste por un tornillo sinfin de corredera accionado con una manivela. El sistema tuvo inmediato éxito pues la fabricación del aparato estaba al alcance de cualquier modesto herrero a un costo mínimo. El reo era sentado de espaldas al poste vertical fijado al piso y atado firmemente por el pecho, cintura y piernas a la silla adosada al mismo madero. Luego se ajustaba el corbatín metálico alrededor del cuello, la parte cóncava y retráctil por delante, sobre la manzana de Adán, la convexa y fija en la nuca del reo. A la señal convenida, el verdugo giraba con velocidad y fuerza la manivela juntando los dos aros metálicos que aplastaban el espinazo a la altura de la cuarta vértebra cervical y de paso la laringe y demás conductos vitales lo que reducía el espesor del pescuezo a la dimensión de un dedo meñique y producía la muerte en forma inmediata, aunque la rapidez y eficacia dependían de la fuerza del verdugo y la fortaleza del cuello del condenado.

Algunas “mejoras” ideadas por los propios verdugos, le agregaron al collar posterior una protuberancia metálica para aplastar simultáneamente el cerebelo, por lo que la muerte se producía por la triple acción de asfixia, estrangulamiento y descabello. Gregorio Mayoral, “prestigioso” verdugo de Burgos de 1892 a 1928, preocupado por la estética y lucimiento de su trabajo, sugirió la adición de una aguja de acero que penetraba simultáneamente en la garganta, para evitar el feo espectáculo de la salida de la lengua del agarrotado y así ahorrarle al público asistente la visión del horrible gesto, que sumado a la proyección de los ojos de sus órbitas, resultaba francamente repugnante. Aunque su “genial” propuesta fue desestimada, al buen verdugo le fueron reconocidos su ingenio, profesionalismo y buenas intenciones. Además, la verdad sea dicha, Mayoral nunca aspiró a ser recordado por su encanto y sus firmes principios, sino por sus impecables y rápidos finales.

El garrote se utilizó además en Austria, Alemania, Andorra y China. España lo exportó a las colonias hasta principios del siglo XX. Se usó en Filipinas hasta 1899, en Bolivia y Puerto Rico hasta 1902 y en Cuba hasta 1905. Las últimas ejecuciones por garrote se dieron en España el 2 de marzo de 1974, cuando fueron ejecutados, en Barcelona, el anarquista catalán Salvador Puig Antich, sindicado de la muerte de un funcionario oficial y casi a la misma hora pero en Tarragona, el polaco-alemán Heinz Chez de 32 años, por la muerte de un guardia civil. Estas ejecuciones fueron dispuestas por el régimen franquista como represalia por el asesinato del presidente del gobierno español, almirante Luis Carrero Blanco, en atentado fraguado por la ETA el 20 de diciembre de 1973, mediante un túnel bajo una calle de Madrid, por la cual pasaba todos los días y a la misma hora el funcionario, luego de oir misa y comulgar en una iglesia cercana. El auto blindado, de tres toneladas de peso, voló por los aires y aterrizó en la azotea de un edificio de seis pisos con los cuerpos destrozados de Carrero Blanco, su chofer y el escolta que lo acompañaba.

Los autores del atentado se asilaron en Francia. Cinco años después, un comando de ultraderecha integrado por tres marinos, un militar del aire, un guardia civil, dos miembros del ejército y un civil, decidieron que lo justo era devolver atenciones al etarra José Miguel Beñarán Ordeñana, alias “Argala”, principal autor material del magnicidio y planearon la venganza para el 20 de diciembre de 1978, en el quinto aniversario de la muerte del almirante. Luego de meticulosa investigación, fue ubicado en Anglet, en el país vasco francés, donde fue seguido y observado durante varios meses. El día señalado, “Argala” no se movió de su casa, por lo que hubo necesidad de aplazar el intento para el día siguiente, 21 de diciembre, cuando le fue adosada una bomba “lapa” en la parte inferior del Renault 5 que desprevenidamente conducía por las calles del poblado, explosión que lo elevó en un vuelo mortal, aunque menos espectacular y promocionado que el del almirante español.

La última mujer ejecutada en garrote fue la criada de 31 años Pilar Prades, campesina analfabeta, en la prisión de Valencia el 19 de mayo de 1959, acusada de envenenar a su patrona e intentar envenenar a otras dos mujeres para quienes trabajaba en servicios domésticos, a pesar de que las pruebas eran circunstanciales y que hasta la muerte alegó a gritos su inocencia. El verdugo oficial Antonio López, al enterarse que su “paciente” era una mujer, se negó a hacerlo y hubo de ser arrastrado por la fuerza hasta el patíbulo a cumplir con su deber. La ejecución solamente fue posible con tres horas de retraso, luego de prolongados intentos de convencimiento, amenazas y el oportuno empujón de un generoso porrón de brandy. Testigos de tales ejecuciones calificaron este método como repugnante y cruel, por lo que fue suprimido en los países que alguna vez lo utilizaron. España suspendió su utilización en 1978, luego de la desaparición de Franco. Los instrumentos de aplicación se exhiben hoy en museos como testimonio de la morbosa creatividad de los verdugos a la hora de idear formas de producir dolor y sufrimiento a su clientela.