FONTUR 2016
CUCHARITA

Víctor Hugo Vallejo

Ese día la tía Socorro hizo un delicioso sancocho de carne de res, incluyendo hueso carnudo. Todos comieron con mucho gusto y dejaron los platos vacíos, excepto los huesos sobrantes, después de haberlos despojado de su carne.

A ella le llamó la atención la consistencia y el color de uno de esos huesos y pensó que algo podría hacer con el mismo, por lo que lo guardó y lo puso a secar al sol durante muchas semanas. Cuando ya estaba completamente seco, comenzó a tallarlo con una navaja afilada y le fue dando forma de alguna artesanía.  En un momento determinado el hueso se desastilló y quedó en pequeños pedazos que no le iban a permitir hacer nada de buen tamaño. Tomó uno de esos residuos, lo fue puliendo y al final de allí salió una pequeña cuchara de hueso.

La tuvo entre sus cosas personales hasta cuando su sobrino Gregorio la vio en cierta ocasión, cuando ya la tía Socorro sentía el paso pesado de los años que le iban doblegando su cuerpo y le dejaban pocas fuerzas para seguir en tantas actividades como las que conformaron su vida de campesina creativa. Gregorio, quien siempre fue uno de los sobrinos más cercanos a la Tía Socorro, le pidió esa cucharita de hueso y ella no dudó en dársela, con la condición de que la conservara como algo muy preciado, pues había sido hecha con sus propias manos.

Era una cucharita humilde elaborada con las manos de una campesina boyacense que muy poco salió a la ciudad y para quien Bogotá estaba tan lejos como que jamás estaría al alcance, y lo que es peor en el no deseo de ella por conocerla. Le bastaba su parcela de tierras verdes, fértiles, frías, acogedoras y conocidas palmo a palmo.

Ese fue el nacimiento, extraviado en el tiempo, de un pequeño elemento que se volvió famoso cuando su nuevo dueño la perdió. Es parte del folclor colombiano y se baila desde hace más de treinta años y se seguirá bailando en adelante, sin que haya mucha preocupación para saber de donde viene y cual es la razón de la existencia de una cucharita a la que se le hizo una canción, como objeto de culto.

La historia es tan sencilla como lo que se ha dicho hasta aquí. La cucharita fue fabricada con las manos de una señora que cocinaba como el mejor chef, quien lo hacía como la mejor manera de atender a quienes acudían a su casa. Esa dama en sus horas libres realizaba artesanías para si misma, con los mismos elementos que le daba la naturaleza. Tenía manos y mente creativas.

En cierta ocasión tres estudiantes de la Universidad Nacional crearon un programa en Radio Furatena, en Chiquinquirá, que ha edificado su prestigio con fundamento en un desteñido óleo en que se observa una borrosa imagen de lo que dicen que es una virgen, y que lleva  romerías permanentes de los creyentes que le piden desde retornos amorosos, pasando por plata y sin eludir la cura de un cáncer terminal. Esos jóvenes se propusieron conocer en directo las creaciones autóctonas de los campesinos de la altiplanicie cundi-boyacense y le pidieron a sus oyentes que les enviaran comunicaciones, en cartas escritas a mano, sobre hojas de papel de cuaderno, haciéndoles saber de sus costumbres y de sus ocurrencias.

Un día llegó a la emisora una carta de alguien que se firmaba como Gregorio Martínez, quien  remitió para su lectura, según la convocatoria  de los locutores, un cuento denominado “Sebastián y la Princesa”, enviado desde la Vereda de Velandia, del Municipio de Saboyá, con tan buena calidad que a pesar de que estaba incompleto, decidieron leerlo para estimular la producción artística de sus corresponsales. El cuento quedó inconcluso en razón a que al campesino firmante se le acabó el papel. Lo dejó empezado. Se infería que seguía y que esa historia había quedado sin resolver.

El director del programa  se dijo así mismo que quería saber el final de ese cuento y la única posibilidad de hacerlo era yendo a buscar al campesino autor hasta su vereda, donde seguramente lo iba a localizar con facilidad. Emprendió el camino hasta Saboyá y de ahí a la vereda de Velandia. Fácilmente  conoció a Gregorio, quien le terminó el cuento en forma verbal, ya que seguía sin papel para hacerlo por escrito.

Gregorio y el director del programa de radio se sentaron a conversar muchas horas. Era el gusto de la palabra oral, en la que iban intercambiando saberes, coplas, chascarrillos y decires de esas frías montañas.  Fueron muchas expresiones acompañadas al calor de las respectivas ruanas y de ardientes tasas de café humeante. Pasaron las horas  y se vino la noche. Al despedirse el visitante le pidió al anfitrión un obsequio suyo para conservar de recuerdo de ese encuentro que le marcaría la vida por siempre. Poco o nada tenía el campesino para regalar. Se acordó de la cucharita que pocos días antes de morir le había regalado su tía Socorro y se dijo para si mismo que bien valía la pena dársela a ese director de un programa de emisora que le lucía  como un ser trascedente. Sacó la cucharita de hueso, se la dio, se la recomendó  y le dijo que la llevara por siempre en la vida.

El locutor  la tomó, la observó, le pareció una obra de arte, la introdujo en su mochila de estudiante universitario y se fue desandando los pasos hasta su ciudad sede, que no era otra que Bogotá. Siempre la llevó consigo a todas partes. No la usaba para nada. Era una especie de amuleto que le acompañaba en todos los espacios y en todos los tiempos.

Ese estudiante se llamaba  -y se sigue llamando- Jorge Luis Veloza Ruiz, el Carranguero Mayor, quien para entonces era estudiante de medicina veterinaria en la Universidad Nacional de Bogotá, a la vez que estudiaba música en el Conservatorio con el maestro Eduardo Carrizosa, a quien le copiaba todo lo que quería aprender sobre notas, interpretaciones, medidas, creaciones, sonidos, ejecuciones y arreglos musicales.

Jorge se graduó como médico veterinario, pero jamás ha examinado ni a un gatico.  No ha ejercido esa profesión ni un solo día. Desde cuando cursaba la carrera sabía que lo suyo era la música y a eso se iba a dedicar, pero no cejó en el empeño de tener una profesión productiva, en la previsión del boyacense cuidadoso que siempre tiene un recurso alterno a la mano para seguir sobreviviendo. Quería ser músico, pero albergaba muchas dudas si de eso podría vivir y llegar a sostener a una familia. Tomó precauciones, pero sin dejar a un lado su sueño de artista.

Estaba mucho más cómodo en el Conservatorio, donde conocía mucha gente con sus mismas ambiciones y muchas ganas de crear para el mundo. Fue así como se unió con Javier Apraez y Ramiro Zambrano y entre los tres se forjaron una utopía para quienes a su edad deberían estar mirando hacia las notas del rock, iban a rescatar la música del interior del país, la autóctona y para ello era necesario entrar en contacto con la gente del común.

Pensaron mucho tiempo en la manera de acercarse a esa gente, que no estaba exactamente en Bogotá, pues los campesinos llegados a la capital ya habían dejado de serlo y ahora eran seres amontonados haciendo lo que no les gustaba, pero con ello tratando de sobrevivir en las condiciones menos indignas. Tenían que irse a hacer algo a la denominada provincia. Boyacá era el lugar indicado para conocer más a fondo de las creaciones propias de los colombianos de la zona andina.

De allí nació la idea de crear el programa  “Canta el pueblo”, en Radio Furatena, en Chuiquinquirá, para abrir el micrófono en vivo a quienes quisieran dar a conocer  sus creaciones folclóricas. Les llagaban coplas, poesías, cuentos, crónicas, historias y muchas canciones en las que la base fundamental era el tiple y el requinto.

A ese programa fue que llegó en cierta ocasión el cuento inconcluso de Gregorio Martínez, que condujo a la decisión de Jorge Veloza de ir hasta su lugar de residencia para saber  de cómo era el fin de “Sebastián y la princesa”, que llevó a tantas horas de “conversa” y el intercambio de saberes de dos boyacenses orgullosos de serlo.

Cuando ya había egresado de la Universidad Nacional y del Conservatorio, viviendo en Bogotá,  sin que se diera cuenta, como sucede en todos los casos, se le perdió la cucharita de hueso, que lo conmovió pues tenía un aprecio especial por ese regalo humilde, lindo e inútil, pero pegado a sus más altos afectos. Los artistas cuando se emocionan al extremo no tienen alternativa diferente a decirlo con su propia creación, la letra y la música y hacer conocer el hecho de todos, que apenas toman el producto final, pero en muy pocos casos indagan por la historia que puede haber detrás de una canción.

Con sus compañeros  de Conservatorio ya había tomado la decisión de formar un conjunto musical que se dedicaría a hacer las notas de lo más propio de su tierra natal y de allí nació “Los Carrangueros de Báquira, en honor a su pueblo natal, famoso por la venta de los caballitos de barro cocido que se consiguen en todas sus calles, exhibidos en tiendas de múltiples colores y con otras muchas artesanías salidas de las manos fabriles de quienes crean sin intentar consagrarse en nada, apenas para tener productos que les permitan la sobrevivencia  de quien limita sus necesidades a lo elemental.

Los nuevos artistas se jugaron una carta casi utópica: hacer conocer la carranga, que no iba a ser mirada más allá de  los campesinos de pueblos y montañas que la tenían como suya, pero con pocas probabilidades en el mercado nacional y mucho menos internacional. Era una apuesta de soñadores que pensaban hacerse oír con su canto sencillo y descomplicado, festivo e invitante al baile, pero desconocido de manera general.

Se dedicaron a la divulgación de la carranga. No de cualquier carranga. De la que eran capaces de hacer ellos mismos y Jorge se dedicó con fervor a componer todos los temas de sus primer trabajo discográfico. Allí iba “La Cucharita”, la historia de ese pequeño elemento  que un día se le perdió en Bogotá.  Fue como un amor a primera vista de todo Colombia. Se enamoraron de la canción, la bailaron y la siguen bailando en todos los tiempos.

El conjunto se disolvió pero Veloza mantuvo su decisión de seguir en esa tarea de divulgación de lo propio.  Se fue haciendo figura. Desaparecieron “Los Carrangueros de Ráquira” y aparecieron “Jorge Veloza y los hermanos Torres”, con el mismo esquema e iguales ritmos.  Este también se disolvería y de allí se dio paso a la actual agrupación que es “Jorge Veloza y los Carrangueros”, en asocio con  Jorge Eliécer González, José Hernando Rivas y Manuel Cortés.

El mundo ya conoce la carranga. La baila. La canta. La sigue con los pies. Le gusta. La disfruta. Es la obra de un intelectual boyacense definido como uno de los mejores conversadores del mundo, con posiciones  firmes respecto de lo propio y quien se ha hecho a un nombre como cantante, como compositor, como músico, como actor, como promotor cultural y por quien muchos millones de colombianos  estuvieron bastante preocupados  el pasado mes de julio, cuando debió estar internado en la Clínica Reina Sofía de Bogotá por cerca de una semana.  Fue una “maluquera maluca”, que ya pasó. La Carranga y Colombia necesitan a Veloza por siempre.

Ya son más de veinte trabajos discográficos y conciertos que se cuentan en cifras de miles, en múltiples escenarios  de todo el mundo. Son más de cien canciones compuestas por él, en las que se canta a cosas sencillas como una pirinola o en la que se dice ingenuamente que a “Julia, Julia, yo te quiero mucho, más que a mi camión”, que en el oído de una campesina colombiana suena a gloria eterna.

En 1981 la Carranga se vistió de lujo en el Madison Saquear Garden de Nueva York, sin destellar, porque era con  ruana y sombrero de ala corta, con el mismo tiple, requinto, guitarra y guacharaca y las letras simples de las cosas simples que son las que hacen la vida de la mayoría. Al escenario debieron llegar en Taxi, porque cuando la limusina que estaba encargada de recogerlos en calidad de estrellas del espectáculo llegó al hotel, se encontró con cuatro “ruanetas” de sombrero, que jamás podrían ser pasajeros de semejante lujo. La presentación del conjunto le hizo dar una gran vergüenza al conductor del vehículo, que a la salida les cargó hasta los instrumentos para tratar de salvar un poco la culpa de su pésima lectura  de una vestimenta.

Veloza hizo propio y le dio toda la dignidad merecida a un aire típico de la región andina colombiana y ha hecho honor a su origen boyacense cuyo acento posee  bien marcado, sin muchas ganas de modificarlo, porque es como su sello personal. Este conversador interminable nacido en Ráquira en 1949, es un creador de lo que nos debe enorgullecer a todos.

Esas “maluqueras” no le pertenecen, porque cuando llegue el final de lo físico –la inmortalidad ya la aseguró con su música y su vida- debe ser de “repente”, como le llegara  a su progenitor y él siempre lo desea.

La dignidad de la carranga, se le debe a Jorge Veloza. De lo que no hay duda.