Cuando alguien tan cercano se va.

Víctor Zuluaga Gómez

Hace mucho tiempo cuando visitaba un pequeño pueblo de Chocó, me llamó poderosamente la atención la inscripción que había en una de las tantas lápidas que existían en el cementerio del pueblo. Decía: “Nadie muere realmente mientras lo amen y recuerden”.

Esto seguro que es lo que ocurre con Diego Gómez Mejía, un hombre nacido en el pequeño pueblo de Marulanda en donde su padre Carlos ofició como alcalde. Diego haría sus estudios universitarios en Bogotá en donde obtuvo el título de Economista, oficio que desempeñó en la antigua Caja Agraria y en el Comité de Cafeteros en Manizales.

Formó un hogar con Laura y de la unión nacieron Adriana y Mónica, orgullo paterno y materno al verlas convertidas en exitosas profesionales. Si duda alguna que podríamos afirmar que Diego fue un hombre feliz porque en general lo son aquellos seres humanos que entregan de sí lo mejor en todos los roles que les corresponde desempeñar. Ese fue Diego, hijo, padre, esposo, hermano y amigo incondicional y generoso.

Diego se marchó de este mundo de una manera silenciosa pero sin mediar previo aviso. Hecho luctuoso sin lugar a dudas, doloroso para quienes compartimos su presencia y de eso bien puede dar testimonio mi primo, su primo Rodrigo Gómez quien fuera más que primo hermano, un hermano.

Para Laurita, sus hijas, hermanos y hermanas nuestras sentidas condolencias y al mismo tiempo decirles que lo recordaremos como un ejemplo de trabajo, constancia, generosidad y sobre todo de pulcritud en su desempeño en los diferentes cargos en los cuales se desempeñó.