27 de febrero de 2021
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HÉCTOR

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
4 de agosto de 2017
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
4 de agosto de 2017

Víctor Hugo Vallejo 

El mundo quedaba muy lejos. Lo más cerca que se podía ver era en un mapamundi, de esos redondos con los que los viejos profesores de geografía enseñaban países, ríos, mares, montañas, ciudades, altitudes y climas. Desde ese rudimentario conocimiento se sabía que había muchos más allás, lejos, muy lejos.

En la incipiente televisión colombiana  lo más animado que se podía ver  eran los programas infantiles en las que se formaron leyendas como Pacheco y Gloria Valencia de Castaño. Hasta las noticas eran “enlatadas”, pues se pasaban noticieros que llegaban en cintas y que transmitían hechos sucedidos en tiempo atrás. Las películas eran ingenuas y se ocupaban de temas pueriles, en la convicción de que se trataba de un medio para ese segmento de la población.

Un día apareció un señor  que se subía a un avión, que se despedía y que al poco tiempo, en la siguiente toma, aparecía por allá muy lejos, hablando a manera de contador de cuentos de lo que estaba viviendo en alguna parte. Eran imágenes en blanco y negro, con las enormes dificultades de distinción de detalles y que se hacía necesario apoyar a través de la narración descriptiva.

Dejaba la sensación de que esa persona estaba hablando desde el lugar donde decía estar. Se le escuchaba  con ciertos defectos de sonido, que no pocos atribuían  a que estaba hablando desde tierras muy lejanas, pero que no eran más que defectos de la sonorización  de una cinta más. No eran programas en directo. Eran pre grabados que se hacían con muchos días de anticipación y que luego de muchas horas de grabación se hacía una edición para un espacio de apenas 25 minutos, en los que la capacidad de síntesis del reportero  dejaba la sensación de que nos había mostrado todo.

Todo indicaba que se trataba de programas para personas adultas, incluso por el horario nocturno, pero terminaron siendo para todos pues desde  el más niño hasta el más adulto tenía mucho por aprender en esos relatos de lejanías en las que sucedían cosas que asombraban y que llevaban a comentarios de curiosidades.

No fueron pocas las veces que los estudiantes se apoyaron en sus clases de geografía en lo que oían y veían en ese espacio de televisión en el que había un reportero que iba hasta las propias costumbres desconocidas para hacerlas conocer  de todos. Con un lenguaje sencillo, voz calmada, sin tono pontifical y simplemente contando lo que veía y valiéndose de su propia capacidad de asombro para asombrar a los televidentes.

Ese “Pasaporte al mundo” se volvió una cita ecuménica a la que acudían  los colombianos cada semana, para saber un poco más de muchos lugares a los que no habían ido, no ha ido y no van a ir.  Poco a poco se fue haciendo conocido el nombre de Héctor Mora Pedraza, que luego pasó a eliminarle el segundo apellido por factores de recordación y terminó siendo personaje universal como Héctor Mora, cuya mención era sinónimo de muchos viajes, de muchas historias, de conocer lo desconocido. El propósito del programa se volvió un común denominador en la vida de este periodista que antes había hecho otras muchas cosas, pero quien encontró en la pasión por viajar una manera de mantenerla y convertirla en su trabajo cotidiano.

Fueron 107 viajes con el conocimiento de igual número de países, todos ellos escogidos teniendo como punto de referencia  un hecho destacado que llamara la atención o desatara la curiosidad de los televidentes.

El programa se hizo muy rudimentariamente en los inicios, como todo aquello que se hace con el ánimo de aprender. Los productores tenían la idea del proyecto, pero carecían de la formación necesaria para hacerlo de la mejor manera. Fueron aprendiendo en el camino hasta cuando el mismo Héctor Mora se volvió el productor del espacio, abaratando costos y mejorando calidad, acudiendo a recursos que ya estaban disponibles en los países que visitaba y que los podía utilizar en la medida de las necesidades. Se trataba de que el reportero de cada una de sus visitas trajera una cinta para ser editada en Colombia, sin esos grandes desplazamientos de equipos y personal desde aquí, que en más de una ocasión atentaron contra su estabilidad. Se volvía imposible atender un producto tan costoso.

Esta la razón para que cambiara de canal, de nombre, de horario, de formato. Héctor ya estaba casado de por vida con la idea y nunca permitió que el programa se le fuera a morir en las manos. Lo sacaban de una programadora y se movía  en otras hasta encontrar quien lo apoyara y volvía con nuevo nombre y distinto esquema, pero con la misma argumentación. Primero fue “Pasaporte al mundo”, después fue “Cámara viajera”, luego “El mundo al vuelo”,  en otras ocasiones “Así es el mundo”.  Donde quiera que lo presentaran  los televidentes lo seguían. Frente a la pantalla y con Héctor Mora como reportero y presentador, la gente tenía la seguridad de que había mucho por aprender.

Más de uno se sentó durante uno o dos meses, libreta en mano y tomando apuntes para ver los programas de la temporada,  y destacar las razones por las cuales valía la pena viajar a esos lugares. Casi que para esas personas el programa era una especie de catálogo de vacaciones, en las que se seguía el libreto escuchado para conocer en persona todos esos hechos destacados que el espacio reseñaba.

En muchas oportunidades se organizaron grupos de viajeros que lo contactaban, lo invitaban y le pedían su compañía sólo por el gusto de que en los desplazamientos les fuera contando lo mucho que conocía de ese mundo tan lejano que a tantos millones de personas les enseñó a  través de una cámara.  Hizo de los viajes su vida.

Héctor Mora se fue de este mundo tan conocido por él, el pasado 26 de julio, a los 77 años en la Clínica San Ignacio, cuando debió ser atendido por un dolor  en su cuerpo, que identificó como algo pasajero, pues estaba arreglando maletas para el siguiente viaje en ese andar interminable que se propuso hasta el final de los días. Lo que no sabía era que el anterior era su último viaje, pues para él apenas era el penúltimo porque en la agenda ya estaba el siguiente. Este no fue posible. El recrudecimiento de una anterior dolencia del páncreas, le puso  fin a una existencia  que se pasó la mitad del tiempo metido en las entrañas de un avión y que se sometió a jornadas laborales en muchas ocasiones de 48 horas seguidas pues el presupuesto y los tiempos de programación no daban para más.

Con él se fue un verdadero símbolo de la televisión colombiana. Alguien que supo hacer un programa diferente, que le llegó a todos y que no tenía contradictores ni críticos, pues nadie se atrevía a cuestionar la manera elemental de enseñar a través de la diversión.

Esos muchos viajes que hizo le sirvieron, además, de base para escribir varios libros sobre el tema y uno que otro relato de ficción, que de pronto de esto apenas tenía la manera de contarlo, porque se basaban en esa múltiple realidad que tuvo a su vista desde siempre.
A Héctor desde muy joven le gustó escribir. No era de familia adinerada y en esa facilidad vio la manera de ganarse unos pesos  y ayudarse. Un día se presentó al periódico El Espacio, que resaltaba en el medio colombiano como un vespertino amarillista y de fotos impactantes, con el que la familia Ardila Casamitjana encontró un gran negocio. Era famoso el diario por su lenguaje escandaloso, su destacado uso del color y la “mona” de la penúltima página, que eran coleccionadas por zapateros y presos, para pegar en las paredes y tener motivos de inspiración en sus placeres ocultos y solitarios.

Le propusieron que hiciera unos breves escritos referidos al mundo de la farándula. Un periodismo de la mayor ligereza. En el que se contaran chismes de las rudimentarias estrellas del espectáculo. Le dijeron  que no firmara con su nombre, pues se trataba, también, de crear intriga frente al autor. Se llamó “Espartaco”, denominación que conservó hasta el final de sus días, pues así se llamó también la productora de televisión que  hacía los programas que tantas veces debió rogar para que se los produjeran.  Lo pusieron a escribir en la página, sino más  leída, más vista del periodismo escrito colombiano. Eran notas muy breves. No más de dos renglones, en una estrecha columna que se dejaba leer mientras con el reojo se daban miradas a la “mona”, que cada día tenía menos ropa.

Se puso a estudiar Derecho en la Universidad Libre. Seguía siendo periodista. Vivía de serlo. De la farándula pasó al cubrimiento político. Hizo excelentes relaciones con los políticos, hasta que lo nombraron Jefe de Prensa de la Cámara de Representantes. Tenía a su disposición un programa semanal de televisión para la divulgación de las tareas de esa corporación. Era el programa más mal hecho y tedioso de la TV.  Le comenzó a dar dinámica y le impuso su propio estilo. Con los Representantes debió viajar mucho y siempre llevando tras de si una cámara.

Un día decidió que eso que hacía en el Congreso, de manera tediosa y parcializada, se podía hacer sin dedicarle todo el tiempo a quienes tanto conocía y de quienes tan poco orgulloso estaba. Se fue a hacer TV como reportero y fue cuando nació  la idea de ir visitando el mundo y contarlo semanalmente de la manera más simple y atractiva.  Nunca más volvería a hacer nada diferente. Había encontrado su mundo. Un mundo para compartir con todos.

Continuó sus estudios de Derecho. Se graduó y fue abogado sin que jamás haya tenido la culpa.  Nunca supo que era consultar una norma y mucho menos intentar interpretarla. El periodismo viajero era lo suyo. En eso se murió.

Entre todos esos viajes  vivió muchos hechos anecdóticos. Resaltaba la enorme dificultad que tuvo de viajar a la China cuando este era un país completamente cerrado al mundo occidental. Fueron doce años tratando de entrar con las influencias de la Embajada en Bogotá, donde tenía muchos amigos. Al fin lo logró y la objetividad de sus informes le abrieron las puertas para siempre.

También le fue muy difícil conseguir una entrevista con la madre Teresa de Calcuta, a quien poco o nada le gustaba hablar, pues lo suyo eran los hechos concretos de ayuda a los que todo lo necesitaban. Lo logró. Le asignaron un camarógrafo inglés, quien la noche anterior se fue a dar un paseo por la ciudad, con la advertencia  de no trasnochar pues la entrevista estaba para primera hora y con un tiempo muy limitado.  No llegó temprano y no llegó en sus sanos cabales. Héctor lo levantó a trabajar. Se fueron a hacer la entrevista. Todo estuvo normal. Despedida de la madre Teresa y regreso al trabajo de edición. Examinan la película y carecía de sonido. La madre no se oía, se veía que hablaba. Regresó donde el sacerdote que le había conseguido la entrevista  y este le dijo: “Usted tuvo la oportunidad una sola vez en la vida de hablar con ella. Ya no es posible”. A Héctor se le ocurrió leer  los labios de la entrevistada. Le pidió ayuda al cura, que apoyaba una obra de sordomudos. Logró tener en papel lo que la madre dijo. Grabó una intervención sobre cualquier cosa de la madre. En español aparente traducción simultánea)  se fueron oyendo sus respuestas. El programa fue un éxito y merecedor del premio Simón Bolívar de periodismo. Esto lo contó muchos años después.  Un reportero jamás puede regresar sin la noticia detrás de la que iba.

Héctor Mora se ha ido a otro viaje. No llevó cámara y por tanto no nos lo podrá contar. Nos enseñó el mundo. Una pena que no nos pueda enseñar para donde se fue.