7 de marzo de 2021
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Estados Unidos y el crecimiento del odio

28 de agosto de 2017
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
28 de agosto de 2017

albeiro valencia

El mundo se horrorizó con la movilización que realizaron los supremacistas blancos en Charlottesville, Virginia, el pasado 12 de agosto. En la víspera centenares de personas recorrieron las calles de la localidad, con antorchas, cantando consignas como “los judíos no nos reemplazarán”, “las calles nos pertenecen”, “Prometemos recuperar nuestro país”, “Un pueblo, una nación, terminemos con la inmigración”. Una de las disculpas para el estallido de odio fue el rechazo a la intención de la alcaldía de derribar una estatua del general Robert E. Lee, quien dirigió los ejércitos de los Estados Confederados, durante la Guerra de Secesión (1861-1865) y que hoy se convirtió en símbolo del odio racial.

La movilización fue bien preparada; el 12 de agosto centenares de personas desfilaron con garrotes, bates de Beisbol, cascos y escudos. Algunos llevaban camisas negras, pantalones caqui y escudos con símbolos alusivos a Hitler; otros estaban armados con fusiles de asalto y ondeaban banderas confederadas y pancartas con la consigna “Tierra y sangre”. Había líderes del Ku Klux Klan (KKK) que orientaban la protesta. En el parque de la Emancipación se encontraron con un grupo que los enfrentó con arengas como “No nazis, no KKK, no fascist USA”. El choque dejó varios heridos; un supremacista blanco, de 20 años, atropelló con su camioneta a un grupo de personas dejando a docenas de heridos y a una joven muerta.

En otra parte había una contramanifestación organizada por Solidarity Cville, una red de activistas religiosos de Charlottesville que convocó a rechazar el mensaje de los racistas y neonazis. Asistieron miembros del clero, defensores de los derechos civiles, estudiantes y activistas del movimiento Black Lives Matter. Después de muchas dudas, vacilaciones y consultas, el presidente Trump se limitó a decir en una rueda de prensa, en el lobby de la Torre Trump, en Manhattan, que “Había gente mala en un lado y también gente muy violenta en el otro”. Los disturbios “fueron culpa de ambos lados”, dijo a los periodistas.

El sangriento choque protagonizado por la “Supremacía Blanca” dejó un claro mensaje: la llegada de Trump al poder los impulsó. Se observa la unión entre los sectores de la derecha extrema y racista, que se ha venido fortaleciendo en los últimos 18 años. En 1999 había 457 grupos y en 2016 aparecen 917 organizaciones, la mayoría relacionada con el KKK y con el movimiento nacionalista blanco. Muchos de estos grupos reivindican la separación total de blancos y negros, se reconocen como antisemitas y proponen una nación blanca y otra negra.

El KKK fue creado en 1865 y con el tiempo se fue extendiendo por todo el país; sus afiliados profesan el odio a los negros, a los homosexuales y a los inmigrantes.

La posición del presidente

El terror racista en Charlottesville desbordó la copa y desesperó a sus habitantes. El Southem Poverty Law, una organización que investiga a los grupos que fomentan la violencia, informó que se trató del mayor encuentro de odio, en décadas, en Estados Unidos. Y el gobernador de Virginia condenó “todo lo que represente el odio racial” y decretó el estado de emergencia en la ciudad. Varios republicanos condenaron los escandalosos hechos. El senador John McCain planteó en su cuenta de Twitter que “no hay equivalencia moral entre racistas y estadounidenses en pie para desafiar el odio y la intolerancia. Eso es algo que el presidente debería decir”. Otros congresistas de ese partido, como Lindsey Graham, Marco Rubio y Cory Gardner, condenaron el racismo, anotando que el presidente se debía pronunciar; Bob Corker fue más allá porque dijo que no tenía la “estabilidad”, ni “las competencias” para gobernar. Los otros congresistas republicanos rechazaron el nazismo, y ninguno defendió a Trump.

Los directores y gerentes de varias multinacionales también se manifestaron contra las campañas del odio y el racismo, como JP Morgan Chase, Walmart, Pepsi, IBM, General Electric, General Motor y Boeing. Además, los comandantes del Ejército, la Fuerza Aérea, la Armada y la Guardia Nacional, utilizaron las redes sociales para criticar a los neonazis y al racismo.

El presidente ha recibido duras críticas por la ambigüedad de sus declaraciones y por su insistencia en igualar a los extremistas con los contra manifestantes, lo que se ha interpretado como un apoyo a los grupos de extrema derecha. Sobre este asunto dijo el exlíder del KKK, David Duque, después de escuchar los pronunciamientos del primer mandatario: “Gracias, presidente, por su honestidad y coraje al decir la verdad”.

Un pasado que se niega a morir

Este último estallido de racismo es un tema histórico en Estados Unidos. El mismo Abraham Lincoln, quien liberó a los esclavos, dejó un legado de ambigüedad entre esclavistas y rebeldes. Se dice que su doble moral alimentó el odio de los blancos contra la población afroamericana. Afirmaba que siempre habrá una raza superior y otra inferior, y “yo tengo por raza superior a la blanca”. Por eso el gran país se fundó “sobre el genocidio de los nativos y sobre las espaldas de los esclavos”.

Mirando la historia observamos que todavía faltan muchos años para que se cumpla el sueño de Martin Luther King, de construir un país para todos, cuando un día, “en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad […] un día allí mismo en Alabama, pequeños niños negros y pequeñas niñas negras, serán capaces de unir sus manos con pequeños niños blancos y pequeñas niñas blancas, como hermanos y hermanas”.

Pero ¿por qué hoy se oxigenaron el odio y el racismo? En Estados Unidos, gracias al neoliberalismo, fueron golpeadas la clase media y la media baja; millones de personas vieron como desaparecían el sueño americano, el país poderoso y la primera potencia económica del mundo. El pueblo cayó en el abandono, la frustración y el desespero.

En este punto apareció Donald Trump como el salvador, supo explotar el desprecio del pueblo por las élites de los partidos y se conectó con la gente común y corriente, con los olvidados. Se aprovechó de las contradicciones del sistema e inspiró nuevos niveles de ira y miedo dentro del país. Produjo un tornado contra las clases dominantes y por esto ganó las elecciones, porque prometió convertir a Estados Unidos, de nuevo, en la primera potencia económica y militar del mundo, devolver a los blancos nacionalistas y racistas el sueño americano, revisar el modelo neoliberal, los tratados de libre comercio y desarrollar una política de apartheid contra afroamericanos, latinos y musulmanes.

Por último, durante muchos años algunos grupos de la extrema derecha permanecieron al margen de la esfera política en Estados Unidos, pero la oleada de nacionalismos en el mundo los estimuló y los sacó a la calle. Es un hecho que la llegada de Trump a la presidencia está oxigenando a los extremistas blancos, porque su campaña electoral tuvo claras manifestaciones de racismo, contra latinos y musulmanes; su política para detener la migración es claramente xenófoba. La “Supremacía Blanca” seguirá alarmando a Estados Unidos y al mundo.