25 de febrero de 2021
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El pueblo elige los gobernantes que se merece

18 de agosto de 2017
Por Marco Uribe
Por Marco Uribe
18 de agosto de 2017
Marco Uribe
“Cada nación tiene el gobierno que se merece” – Joseph de Maistre.

Prefiero decir: El pueblo elige los gobernantes que se merece, como se titula este escrito. Por lo tanto, si el presidente o algún parlamentario resulta corrupto o regular o malo en el desempeño de sus funciones, la responsabilidad recae en primera instancia, como en el caso colombiano, en esa franja minoritaria de electores oportunistas o gilipollas o famélicos que se dejaron convencer y traicionaron su conciencia mellando su dignidad por el ofrecimiento de dádivas a cambio de su voto, resultando electos los más incapaces, y en segunda, por los obcecados abstencionistas que permitieron el triunfo de esa aberrante elección, en detrimento de la democracia.

Estamos a siete y nueve meses de las elecciones parlamentarias y presidenciales,respectivamente, y todo apunta a que el eterno error histórico de la escogencia se repita, si es en la presidencial, catapultando al menos indicado, y si es en las parlamentarias, reeligiendo a los mismos corruptos de siempre, así nuestra democracia se siga resquebrajando y su participación en la contienda política electoral sea cada día más excluyente y de difícil acceso, y, todo, gracias al funesto legado que nos dejó el Frente Nacional y que dio lugar al nacimiento del ignominioso “clientelismo”: auxilios parlamentarios (ya proscritos), cupos indicativos, tráfico de influencias para acceder al sistema de la contratación oficial y a la repartija burocrático, etcétera, etcétera.

No es que los políticos se vuelvan delincuentes, sino que elegimos delincuentes para que se vuelvan políticos. El clientelismo, hoy liderado por los “cupos indicativos”, es la condensación de la corrupción en el sentido lato de la palabra, es la perfecta manipulación de la política excluyente que termina girando en beneficio de unos pocos, con tasas de retorno o réditos inconmensurables para el incremento desaforado del poder político y de su patrimonio personal; siendo éste el común denominador que prevalece en la mayoría de la actual clase política, y quienes tienen el “privilegio” de contar con la connivencia e impunidad de algunos miembros que conforman las Altas Cortes.

Colombia en su larga vida republicana ha tenido más presidentes mediocres e ineptos que sobresalientes, y muchos, poco cumplidores de sus obligaciones y deberes constitucionales, distinguiéndose algunos por su megalomanía, su displicencia, sus veleidades, su mitomanía y su felonía, prevaricadores camuflados y protegidos por su fuero y, ante todo, otros que han destilado un inmenso desprecio hacia los gobernados; además, a esta situación vergonzosa le tenemos que adicionar el comportamiento inicuo y corrupto de la mayoría de los parlamentarios desde hace treinta años a la fecha, y quienes también son protegidos por su fuero y por la “ayuda incondicional” de sus jueces naturales, razón por la cual los anaqueles de las altas cortes están atiborrados de sendos expedientes en estado de inercia.

Hasta para el más inocente e ingenuo de los colombianos, los dos periodos de gobierno del presidente Santos han sido patéticos y vergonzosos, con excepción del reconocimiento, mas no el extremo y genuflexo agradecimiento, por su gestión para alcanzar una “paz parcial”, por cuanto esto es inherente a sus deberes y obligaciones constitucionales, lo que sí se le abona es su gran habilidad y destreza para el manejo de algunas situaciones que requieren tener piel de paquidermo, una alta dosis de cinismo y una desvergüenza extrema para defender y justificar su pésima administración y sus constantes desaciertos, que han servido para demostrar inequívocamente su impacto negativo en las clases más vulnerables y la carencia de gobernabilidad, tal es el caso de la “promesa a los pensionados” de rebajar los aportes a la salud.

El presidente Santos, ha sufrido varios fracasos rotundos en las reformas vitales para la estructura estatal y para recomponer el país, no obstante haber tenido mayorías aplastantes en el congreso para sacarlas avante, lo cual deja en claro su desidia y su falta de voluntad política y responsabilidad, y todos con un silencio cobarde, empezando por los grandes medios de comunicación. Aparte de lo anterior, se ha dejado manipular y manosear por ciertos “voraces” legisladores, bien conocidos por la opinión pública, y que se creen los garantes de la gobernabilidad; sin lugar a dudas, Santos ha sido el presidente más clientelista que se haya tenido, y, como si fuera poca la corrupción que tenemos que soportar, se ha encargado de fomentarla de manera sistemática, hipócrita y descarada a través de los “cupos indicativos”.

¡Qué gran daño, señor Presidente, el que usted le está haciendo a Colombia con esta mermelada!, y el que le hizo con torpes decisiones de gran impacto por su efecto nocivo en la vida institucional, como fue la postulación de Eduardo Montealegre para fiscal general, a sabiendas de que era el Abogado defensor de la EPS más defraudadora de la salud, habiendo recibido como honorarios la suma de seis mil millones de pesos, los cuales hacían parte de esa expoliación; su extremado y negligente silencio frente a la perjudicial y ominosa reelección del procurador general Alejandro Ordoñez; dar el espaldarazo y mantenerlo en el cargo como ministro de Hacienda, a Mauricio Cárdenas Santamaría, no obstante haber sido señalado por el Contralor General como participe en el desfalco de Reficar y Dragacol. O el haber nombrado ministro de Defensa a Luis Carlos Villegas, quien permitió que la familia Cárdenas Santamaría, la misma del ministro de Hacienda, se “robara” un crédito de 3.000 millones de pesos a la Corporación Financiera de Occidente, cuando se desempeñó como Presidente de la Junta y Director Ejecutivo de ésta.

La última vez que el presidente Santos dio muestras de su inmensa “chispa” fue en la alocución televisiva celebrada el 1° de julio de 2015, cuando, sin sonrojarse y sin tartajeos, lanzó esta perla: “En este Gobierno no ha habido un solo señalamiento a ninguno de mis ministros, a ninguno de los funcionarios y así seguirá siendo, porque la lucha contra la corrupción y el buen uso del tesoro público ha sido, es y seguirá siendo una prioridad”. ¡Cinismo extremo!

El presidente Juan Manuel Santos, pasará a la historia por sus innumerables desaciertos, por sus acostumbrados “reversazos”, por sus pusilánimes reacciones en las controversias con Uribe, por su silencio timorato frente a los “insultos”irrespetuosos del presidente y canciller venezolanos respecto a su dignidad y a nuestra Patria, por su gabinete ministerial tan inepto e insignificante, por no haberle hablado claro y con franqueza al pueblo sobre los arcanos que encerraba los Acuerdos de Paz celebrados en La Habana.

Presidente, no olvide la frase de Abraham Lincoln: “Se puede engañar a parte del pueblo parte del tiempo, pero no se puede engañar a todo el pueblo todo el tiempo”.

Apostilla: Al oído de Sarmiento Angulo, de López Caballero, de los Santodomingo y de otros amos de los medios que no he escuchado sus nombres: Lástima que tengamos dirigiendo a importantes medios de comunicación, a personas pusilánimes, abyectas, arrodillados y serviles, quienes con su silencio coadyuvan a la impunidad y, por ende, a la corrupción.

Manizales, agosto 18 de 2017.