26 de febrero de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

¡Duele, Duele!

Por Hernando Arango Monedero
11 de agosto de 2017
Por Hernando Arango Monedero
11 de agosto de 2017
Hernando Arango Monedero

hernando arangoDefinitivamente duele, y duele de veras. Sí, no puede ser de otra manera ante lo que están viviendo los venezolanos, quienes ven a su país destruido en manos de unos sujetos que un día llegaron como redentores a poner fin a los desvaríos de los partidos políticos existentes, y ante la degradación  de las costumbres y los valores nacionales frente al Estado y las comunidades.

No se puede decir que antes las cosas eran la gloria. No! Esa afirmación no cabe en realidad. Sólo puede decirse que el país, mal que bien, marchaba, y si bien no era de aplaudir, había pan en cada mesa y la pobreza era sin miseria. Pobreza nacida de la dejadez que trae consigo la riqueza, la opulencia y el derroche, porque derroche era lo que en Venezuela se daba y lo que permitía que fuera el Estado el que cubriera las necesidades de los muchos que esperaban, como oficio, que las cosas les llegaran.

De esa manera, las normas laborales eran, más que protectoras, alcahuetas de la falta de compromiso con el trabajo y con el desempeño de la empresa. Los funcionarios públicos, de ministros a porteros, tenían por objetivo esquilmar a quien requiriera de sus oficios. Así, mal que bien, la riqueza se repartía entre todos, los unos más, los otros menos, pero la miseria no era el problema porque el país y su futuro no requerían de afanes en ahorros o en provisiones. Si se hablaba de petróleo, sus reservas doblaban las de cualquiera otro país en la tierra. El hierro era posible como para establecer la mayor siderúrgica del vecindario. Si de aluminio se tratara, había otro tanto como para que nadie se preocupara por extraer más o menos, porque sus reservas son inmensas.
De agricultura ni hablar, al punto de que teniendo tierras y tierras, y tan vastas, cultivar no era atractivo, porque habiendo dinero de sobra, las importaciones y los subsidios hacían nugatorio el empeño en trabajarlas. La industria debía batirse entre la ineficiencia acolitada por la ley y las presiones sindicales y la libertad de importaciones sólo recargadas por las coimas a funcionarios de ministerios y de aduanas.

De esa manera Venezuela existía y subsistía. Había para todos, a unos más a otros menos, pero para todos.  ¡Y, llegó el salvador! Llegó el hombre que iba a salvar a Venezuela del desorden en medio de la riqueza. Llegó quién iba a organizar el caos habido y reordenarlo todo para que los ríos de leche y miel llegaran a la casa de cada venezolano.  Y en manos de un populista las promesas dieron campo a los votos y los votos al poder; poder que en sus inicios fue aplaudido por lo que de revancha tenía contra quienes hasta entonces dilapidaban lo que a sus manos llegaba, y mal usaban lo que el país tenía. Pero a poco, los cambios se volvieron contra lo que de una u otra manera era riqueza; riqueza trabajada y productiva. Riqueza que, para halagar a unos, les fue entregada y, estos, sin los conocimientos necesarios, la volvieron “haches y erres”. Y lo que antes era, a poco ya no lo fue y con ello las empresas fueron expropiadas o simplemente tomadas por quienes supuestamente las mantendrían activas generando beneficios. Pero no. Debieron cerrar y de esa manera llegó el desempleo y se requirió del subsidio y con ello llegó la esclavitud de quien lo recibía. Destruida la economía, más y más personas llegaron a la depender del Estado y fueron carnetizadas para poder controlarlas y así, a quien le dan un pan, a cambio le exigen aplaudir y cooperar.

De paso, lo que antes era paraíso y abundancia, llegó a ser calvario y dependencia. Esclavitud y silencio o cárcel. Así va la Venezuela de hoy. Recorriendo el mismo camino ya habido en Cuba, Alemania del Este, Corea del norte y de cuantos han creído en el socialismo redentor de dádivas y subsidios de la pregonada igualdad a cambio de libertad. Socialismo que va hasta cuando se agota lo que otros crearon e hicieron progresar. Socialismo que ahora es tiranía de la que disfrutan algunos menos, sólo los que más aplauden y que pueden apropiarse de lo que queda, haciendo posible la igualdad que pregonan, ahora constituida en pobreza y necesidades para todos. Todos iguales; todos dependiendo del favor de un redentor o redentores que distraen al vulgo imaginando enemigos afuera o adentro; enemigos que son los únicos responsables de la triste situación que hoy padecen las mayorías, mayorías  que, directa o indirectamente, por acción o por omisión, contribuyeron a entronizar al ayer redentor y hoy verdugo, al que son incapaces de relevar. 
Manizales, agosto 11 de 2017.