9 de marzo de 2021
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Discriminación y violencia

Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
18 de agosto de 2017
Por Carlos Alberto Ospina M.
Por Carlos Alberto Ospina M.
Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
18 de agosto de 2017

Por Carlos Alberto Ospina M.

Al parecer, veintiún siglos, no han permitido la evolución de las creencias discriminatorias y la educación, tampoco, es garantía de respeto a las libertades individuales de pensamiento y de autodeterminación. Los fenómenos segregacionistas surgen por razones políticas, religiosas, económicas, étnicas, deportivas, culturales; dentro de un abanico de posibilidades que pretenden imponer una forma “universal” de anhelos e ideales, en algunas ocasiones, por encima de la naturaleza humana.

En el ámbito de los valores y el comportamiento individual, la injerencia externa y la necesidad de aceptación o de reconocimiento social, abren la ventana a las voces de pretendida superioridad, tal como sucedió en los disturbios de Charlottesville, Virgina, Estados Unidos. Los racistas necesitan un mínimo pretexto para exacerbar los ánimos e iniciar el ataque contra los que están por fuera de su doctrina. El retiro de la estatua de Robert E. Lee, general de los llamados Estados Confederados de América, enardeció los ánimos de cientos de nacionalistas blancos, ultraderechistas, que se enfrentaron a quienes luchan por abolir cualquier tipo de expresión de esclavitud y racismo. Los bandos en contienda trataron de imponer su filosofía por medio de la violencia, los insultos, los golpes y los motines. Las manifestaciones dejaron varios heridos y una mujer de 32 años, falleció, atropellada por un conductor energúmeno. El jueves 17 de agosto de 2017, otro rabioso Yihadista, arrolló y asesinó varias personas en el emblemático paseo peatonal de Las Ramblas en Barcelona, España.

En Colombia, a diario, se presentan hechos de intolerancia y radicalismo conceptual que, también, merecen el rechazo y la sanción al infractor. La humillación, la persecución y el matoneo en general, han causado más de 70 suicidios de jóvenes entre los 5 y 17 años de edad. De acuerdo con el Instituto Colombiano de Medicina Legal y Ciencias Forenses, el grupo más vulnerable se encuentra entre los 10 y 17 años, para un total de 40 episodios en lo que va corrido de 2017. El sentido discriminatorio y la escuela de la agresión, en cabeza de diferentes jóvenes, no parece tener techo. El acoso y la burla transciende la frontera del salón de clases y, a través de las redes sociales, continúa la persecución a aquellos que, supuestamente, no encajan con la ideología de género o viven por fuera de los parámetros de la belleza contemporánea.

El odio racial es una actitud común en ciertas organizaciones animalistas, “mascotistas”, que se creen de moral superior a los individuos que están por fuera de ese credo fundamentalista. Diversos activistas, consideran “un dilema ético”, salvar la vida de un bebé en medio de las llamas o rescatar una cucaracha. Así lo señala, sin aspavientos, Natalia Parra, quien reivindica “las facultades de los animales” en oposición a los derechos fundamentales y constitucionales de los integrantes de minorías partidarias de otras tradiciones culturales. Poca discrepancia existe entre el grupo supremacista, Ku Klux Klan, y las agresiones físicas, los hechos vandálicos, las injurias y las asonadas por parte de los citados antitaurinos en Bogotá y Medellín. No conformes con el acoso por redes sociales, impiden la libre movilización y lanzan bolsas con excrementos, a las asistentes a las plazas de toros. El respeto, a los seres humanos, no parece estar contemplado en la costumbre racista y violenta de esos “colectivos de odio”, denominados defensores de animales.

El radicalismo embiste con toda su fuerza irracional, fuera y dentro, de los campos de fútbol. Facebook, WhatsApp e Instagram son la antesala de los posteriores atropellos y enfrentamientos entre bandidos, no hinchas, que ponen en alerta roja a la fuerza pública con el objetivo de garantizar la asistencia a los estadios y el normal desarrollo de las actividades en la ciudad. ¿Cómo consentimos estos desmanes? Desadaptados sociales y delincuentes, camuflados, destruyen bienes públicos y, a veces, acaban con la vida del aparente contrincante. La provocación disimula engendra reacciones violentas. El pasado miércoles en el partido de Atlético Nacional frente al América, de modo absurdo e irresponsable, se permitió el lanzamiento de globos de látex con la figura de un fantasma y la letra B, en referencia directa a los años que el conjunto caleño estuvo en la segunda división. Esta destemplada mofa fue una incitación al desorden y un acto discriminatorio repudiable que amerita sanciones drásticas por parte de la Dimayor. Cero alcahueterías y nada de deferencias con las barras que se enfrentaron al termino del cotejo.  Esos sujetos deben ser individualizados y castigados a la luz del nuevo Código de Policía, la ley del fútbol y las demás normas legales vigentes. De la misma manera que se les debe prohibir el ingreso al estadio Atanasio Girardot, mínimo, por un (1) año, ¡ojalá!, de por vida. ¡No más vandalismo, terror e intolerancia! que emergen de la segregación y el racismo deportivo.

Desde la Colonia, las minorías étnicas padecen la expropiación, el abandono, la discriminación y el trato desigual a pesar de los preceptos jurídicos que las amparan como comunidad. El Acuerdo entre el Gobierno y Farc hace referencia a esa injusta condición racial, no para rehacer el tejido social y la equidad, sino con el fin de buscar nuevos adeptos y “ganar indulgencias con padrenuestros ajenos”. Este tipo de retórica comunista agita las masas con base en la ideología de la lucha de clases, la eliminación de la oligarquía y, por ende, de la propiedad privada. La anarquía y la desaparición del Estado de Derecho son el fin principal del sometimiento dogmático. La preeminencia y el aire de supremacía se constata en el resentimiento verbal de Gustavo Petro y la insolencia de Seusis Pausivas Hernández, alias ‘Jesús Santrich’, miembro de las Farc, quien se atreve a mandar a callar al Fiscal General de la Nación y a los magistrados de la Corte Constitucional. Ceguera y fundamentalismo no son viables, ni siquiera, en una democracia fallida.

Un recurso malogrado fue el plebiscito. La desteñida “superioridad jerárquica” del Ejecutivo, doblegó las demás ramas del poder. La discriminación surgida por, el Sí o el No, fue, y sigue siendo, una pelea de tirios y troyanos en medio de frases lapidarias y amenazas de guerra generalizada. Al final, la articulación y la conciliación a favor del país, no es posible, mientras la seudomoral y el radicalismo político pretenda ser más puro que el resto de los mortales.

Enfoque crítico – pie de página. Distintas organizaciones de taxistas atropellan a los conductores de la plataforma Uber, muchas mujeres mueren en clínicas de garaje en busca del ideal de belleza, centenares de divorcios se formalizan a diario, motociclistas exigen prelación en la vía, costosa visita del Papa a Colombia, Altas Cortes se salen del clóset sin control, Santos dice que le duele la corrupción, Uribe pide tumbar los fallos en contra ex funcionarios de su gobierno, terrorismo y barbarie en nombre de Alá; en suma, cada doctrina propugna por la imposición de su propio orden.