¿También sin fútbol?

Por: Mario De la Calle Lombana 

mario de la calleNo es que me enloquezca el fútbol. Pero cuando el Deportes Caldas fue campeón nacional en 1950, estuve con varios compañeros de la primaria del Colegio de Nuestra Señora en la terraza del edificio de la Industria Licorera de Caldas observando desde lo alto el desfile entusiasta de hinchas que celebraban en la Plaza de Bolívar el triunfo del equipo; y lo hice, no tanto porque ese deporte me apasionara, sino más bien por curiosidad y porque, ya en ese momento, me entusiasmaban y emocionaban los hechos que en mi mente de niño consideraba como éxitos de Manizales, esa ciudad que había acogido a mi familia, y a la que empezaba a querer profundamente.

Volví a tener contacto con el fútbol cuando se creó el Once Caldas, después de una temporada larga sin equipo profesional, que se había tratado de salvar con la frustrada aventura del Deportivo Manizales. Armado el nuevo equipo, empezaron a contratar conjuntos de las cercanías y del Ecuador, para que jugaran con el Once, con el objetivo de revivir ese deporte, proyecto que cristalizó finalmente con el ingreso del Once Caldas a la Dimayor; asistí asiduamente al estado (en esa época llamado el Fernando Londoño y Londoño), porque sentíamos en Manizales que se debía apoyar ese esfuerzo, ya que era conveniente que la ciudad recuperara su figuración en la actividad deportiva más importante que existía en el país.

Después de esa época, no volví a los estadios, y solamente me preocupaba por saber cada semana cómo le iba yendo al Once Caldas. Me pareció muy valioso para la ciudad el triunfo en la copa Libertadores de América, logro que, aparte del equipo de Manizales, solo ha alcanzado el Atlético Nacional. Pero con el tiempo decrecía más mi interés por el fútbol, por muchos factores conocidos de la historia de nuestro país, y también por causa de la cada vez más violenta participación de “hinchas”, de “barras bravas”, y de todo tipo de agresores, que han alejado a las familias y a los aficionados de este espectáculo. Como prueba, basta ver la soledad del Palogrande cuando en los noticieros de televisión alcanzan a mostrar pasajes de algún encuentro, antes de que logre cambiarme de canal.

Ese cariño mío por Manizales, esa satisfacción por lo bueno que la pasa a la ciudad y ese desagrado por lo malo que le ocurre, han sido una constante en mi vida. Por ejemplo, siendo un adolescente, a las dos y media de la mañana del memorable 25 de julio de 1958, salí a la calle y me encontré con centenares de manizaleños que calentamos con emoción la fría madrugada, para celebrar la noticia, llegada minutos antes desde la ciudad estadounidense de Long Beach (California), en la cual se daba cuenta de la elección como Miss Universo, de Luz Marina Zuluaga, manizaleña por elección propia, y también por adopción.

También participé en el paro cívico y las protestas de la ciudad cuando los pereiranos levantaron en su ciudad los rieles del ferrocarril y nos dejaron sin trenes. Me encontraba en la plaza de Bolívar presenciando la manifestación, cuando escuché que alguno de los promotores del paro se dirigía en público a Virgilio Barco, entonces Ministro de Obras Públicas, quien había llegado a la ciudad a tratar de resolver la protesta, lanzándole esta estúpida frase por la que siempre he sentido vergüenza ajena: “esta tarde comeremos carne de ministro”. ¡Qué horror! Barco nunca olvidó esa inaceptable amenaza y luego tuvo la ocasión de vengarse de Manizales y de Caldas, porque algunos años después fue elegido Presidente de Colombia y, a diferencia de Darío Echandía, él sí sabía para qué era el poder cuando de desquitarse se trataba. Por ahí guardo en viejos archivos amarillentos el inventario de las tastadas que le hicieron a Caldas durante el gobierno Barco.

Pero el tema central de esta columna es realmente la lamentable situación, el oscuro camino que ha emprendido el Once Caldas desde hace tiempo. Parecería que el equipo está empeñado en perder la categoría y verse reducido a la segunda división. Tal es la crisis, tanto financiera como deportiva, por la que atraviesa. Con un agravante: se queda toda la región de lo que fue el viejo Caldas sin un solo equipo en primera. Eso, después de haber tenido, cuando éramos un solo departamento, cuatro equipos profesionales. Claro que es historia antigua, pero es verdad: Once Deportivo, Deportes Caldas, Deportivo Pereira y Atlético Quindío. Tal cosa no ocurría a ningún otro departamento de Colombia. Y solamente Manizales, Bogotá, Medellín y Cali, formaban el grupito de ciudades que tenían dos equipos cada una. Eran, en eso también, las ciudades más importantes de Colombia.

¿Cuántos años llevan Pereira y el Quindío por fuera? Y eso que en Pereira, y de pronto en Armenia, hay dirigentes que a punta de esfuerzo podrían volver en algún momento a la primera división. Pero, si el Once sale de la primera, no ve uno a nadie con agallas suficientes como para lograr su regreso. A despedirse del fútbol. Otra disminución de la importancia que ha ido perdiendo Manizales en el concierto nacional. Ojalá me equivoque. Nos queda un consuelo: “Perder, es ganar un poco”.