FONTUR 2016
Serenatas

Óscar Domínguez Giraldo          

Voceros de los enamorados, los serenateros viven en eterno septiembre, mes del amor y de la amistad en muchos países por decisión de los comerciantes, empeñados en escurrirnos la bolsa. Mientras haya amor, desamor, alegría, pánico, habrá serenateros.

Las serenatas son los editoriales con música de novios. O  de  maridos que incumplen con la cuota erótica doméstica. O la depositan en lecho distinto al oficial. Entonces llevan serenatas a manera de imposible desagravio.

También las serenatas funcionan como grafitis madrugadores con guitarra. Suspiros profundos con ganas de convertir la amistad en noviazgo, o éste en epístola. Una serenata es una maternidad en camino. Un romance desacuadernado encarrilado otra vez. Un cumpleaños con ritmo de bolero.

La serenata es un best seller en do, re, mi, fa, sol mayor, que circula en la madrugada. Una buena serenata -y no las hay malas- es un desfacedor de entuertos del corazón.

Toda serenata provoca una luz furtiva que se enciende detrás de una ventana que se hace rogar para abrirse.

Las serenatas son sombras en piyama caminando de aquí para allá, nerviosas, con culillo (otro de los nombres del miedo), sobre todo cuando las solteras son muchas y mamá  no las ha podido casar a todas, como en la célebre novela “Orgullo y prejuicio”.

Una serenata incluye conciliábulos de másteres en achaques cardíacos, para definir las canciones. En ese momento, los serenateros, dueños y jefes de relaciones  públicas del amor del prójimo, entran en acción. (¿Y al amor de los serenateros quién los ronda? ¿O entre ellos no se cobran los boleros?).

Así como la empleada de un almacén tiene el calzado preciso para ese callo disidente, el serenatero encuentra fácil la horma del zapato musical para el “aguacate” (enamorado) que paga por gritar su amor desolado ante una ventana romántica.

Pocas cosas hacen la dieta suficiente para pasar por debajo de la puerta de una casa. Entre ellas están los periódicos y la tarjeta en las que van escritas las canciones de las serenatas.

Generalmente son cinco, máximo seis, con la encimita,  porque el resto es parranda de tiro largo, según la jurisprudencia creada por expertos en la materia.      

Jaime Llano González, maestro colombiano consumado intérprete del órgano, recuerda que tocó con un famoso conjunto, el Dueto de Antaño. Para ahorrarse el guitarrista, el maestro Llano  – una tertulia que camina- tocaba este instrumento, en trío con Camilo García y Ramón Carrasquilla. Después le puso cuernos a la guitarra y se largó con  su órgano y todo para Bogotá. (Año 1952).

Para reinventar el amor a través de un bambuco madrugador, la gente de Jaime R. Echavarría, mandacallar en Sayco-Acinpro, le ha vuelto a dar estatus a la serenata que venía con un bajatus tremendo.          

El propio Echavarría es un prolífico compositor que domestica la inflación con bambucos y torbellinos.          

Recuerda que la serenata nació con  los serenos españoles que ejercían de noche sus labores de vigilancia y simultáneamente (¿para orientar a los ladrones?) cantaban diversas  tonadas.          

La instrucción de Sayco-Acinpro es contundente: el que tenga tienda que la atienda, pero el que tenga su  serenata que la envíe bien grabada, porque hay dinero y fama de por medio.          

Hay enemigos agazapados de la serenata advierte Jaime R. La  inseguridad, en primera instancia, porque a un músico se lo pueden llevar con todo y sus boleros.          

El urbanismo es el otro enemigo: las  ventanas de los edificios quedan muy lejos de la calle, la llanura de los novios, lo que complica las cosas. Entonces, hay que subir “hasta con el celador”, advierte don Jaime Rudesindo, para instalarse en el piso y ante la puerta que es.          

La ventana, como materia prima de la serenata, ha sido remplazada por una puerta asexual que nada sabe de amor. Ignora, por ejemplo, que el amor arranca cuando dos ojos que no se buscan, se encuentran.          

El maestro Llano González explica que se recurría a la ventana  porque los padres de antes, ariscos y celosos, impedían a toda costa el abordaje de sus hijas, porque encontraban feíto al  aspirante, de pronto hasta niguatero y en todo caso, sin  suficiente pedigrí o ínfulas económicas.          

En todo caso, como “se oye un rumor lejano, de serenata”, y “fue para tí solamente, mi sentida serenata”, la consigna es: serenateros y enamorados del mundo, uníos.