FONTUR 2016
Primer paso, por el río, por el agua, por el aire, por el verde

Por Hernando Salazar Patiño

Quiero volver a tierras niñas; 
llévenme a un blando país de aguas.
En grandes pastos envejezca
y haga al río fábula y fábula.
Tenga una fuente por mi madre
y en la siesta salga a buscarla,
y en jarras baje de una peña
un agua dulce, aguda y áspera.

Me venza y pare los alientos
el agua acérrima y helada.
¡Rompa mi vaso y al beberla
me vuelva niñas las entrañas!

“AGUA”  Gabriela Mistral

Es solo el primer paso. El debate inicial. El Concejo Municipal tuvo conciencia. Se dio cuenta de que su responsabilidad no es únicamente con el hoy, con la ciudad del presente. Pensaron en el porvenir,  en la Manizales que esperan para sus hijos, la que merecen las nuevas generaciones. No se trata de enfrentar a una empresa constructora, ni a unas personas en particular. No importan los nombres.

Se trata de detener, de una vez por todas, lo que se ha hecho desde hace varias décadas. Construir, para todos los estratos, y con el fin de satisfacer intereses de toda índole,  limitados, y en la medida de la historia, a corto plazo, para grupos de personas, sin pensar en nadie más.

En pleno siglo XXI, se trata de construir a muy largo plazo, con el fin de satisfacer las necesidades de la sociedad de hoy, de modo que no carezcan de ellas las sociedades del mañana, y conservar lo que se debe conservar, para siempre, pensando en la comunidad como un todo, en la que es y en la que será, y solo en ella.

Manizales no puede ser la última en enterarse, de que el cambio climático está modificando la idea de progreso que viene de la Revolución Industrial del siglo XIX, que involucra el progreso material y las obras mismas de los que lo procuran. Porque esas obras,  implican también unas conductas para con el patrimonio histórico, y con más veras, para con el patrimonio natural.

Por eso la lucha tiene que ir más allá de lo jurídico, de los incisos, de lo meramente técnico. Y hay que mirar hacia atrás,  en la historia de nuestras pérdidas, de nuestros descuidos, de nuestros derrumbes. Entre éstos, está la que es quizá, la mayor erosión que en las últimas cinco o seis décadas hemos padecido en esta ciudad, la del espíritu cívico. De antiguo, un terreno fértil, en el que florecían las ideas y fructificaban todos los propósitos, por el amoroso riego de altruismo y civilidad. No puede continuar yermo para los renuevos.

Esa mirada hacia la historia de lo que hemos sido o tenido y de lo que tenemos, va más allá del reciente desastre invernal del 19 de abril, y de las muchas tragedias que lo antecedieron. Mucho más allá, hacia donde estamos y hacia donde vamos, hacia el calentamiento global, hacia el patrimonio ambiental, hacia los pulmones de la ciudad, hacia la belleza de la naturaleza, hacia la poesía, o lo que es igual, hacia la vida, hacia los seres humanos, y hacia los niños de hoy y los del mañana. Se han cometido muchos errores, para que los conscientes de ahora, nos expongamos a ser inferiores a nuestra obligación con el porvenir.

Por la Reserva Río Blanco, se ganó la liza inicial. Se sigue en la

lucha. Es apenas un combate en el que se ha logrado salir avante.

Pero es parte apenas de la primera batalla. Vendrán muchas más.

Las armas de empresarios y asociados, enemigos de la naturaleza, son muy poderosas, sofisticadas y letales, que se disparan casi siempre desde arriba, con mejores perspectivas, más sólidos sostenes y generales diestros en manejarlas. En los campos de la ambición no es fácil ganarles, porque no tienen escrúpulos que les pesen o estorben, son de clase y pura plata sus apoyos, que saben hacer uso de las trincheras, ya planeadas, calculadas, construidas, para prevenir los ataques que puedan hacerles, sean ambientales, cívicos, éticos o de consenso ciudadano.

Acostumbrados a engañar a los potenciales enemigos con posters o espejismos que los hagan creer que están de parte de ellos, que les van a servir, la sorpresa y la habilidad para eludir, les ha dado una experta pericia para superar todos los obstáculos. Aunque situados a la intemperie, sin el utilizado y conocido pero atemorizador armamento de clase, podemos vencer entre todos, por el mayor número, la solidaridad de los manizaleños, ojalá total, las alertas nacional , ambiental y mediática, la constancia de acciones simbólicas y de pequeñas pero decisivas lides, con los férreos escudos del civismo, el paisajismo, los recursos naturales, los rituales, los jóvenes y los niños herederos de la riqueza común, vale decir, con el acompañamiento de las nuevas generaciones, más el hundimiento en la tierra, la sangre y la memoria de los abuelos, para excavar la raigambre del perdido o enterrado amor por la ciudad, aceptaremos los retos, daremos la batalla definitiva, y tenemos que vencer, porque el trofeo a ganar, es el FUTURO.