De la Calle NO habla de paz

Nacidos el 14 de julio: Humberto de la Calle

Óscar Domínguez Giraldo

Y no habla porque la entrevista que le hice para la revista Eje 21, de Manizales, le lleva cuatro días a cualquier solar de Manzanares, su terruño caldense. Reenvío la entrevista porque hoy, 14 de julio, día de Francia, cumple De la Calle cumple 71 años. Felicitaciones, así el senador y expresidente Alvaro Uribe lo haya vetado en twitter. La foto que acompaña esta entrevista corresponde a una entrega de premios de periodismo del CPB en la que este pecho fue finalista en la modalidad de columna de opinión. Me faltaron diez centavos para el peso. Al lado de De la Calle, entonces vicepresidente, está la primera dama, Jacquin Strouss de Samper, a “cuyo” esposo,  el caldense hizo todo lo posible por defenestrar. A su derecha mano, don Ramón  de Zubiría. (Al final una carta que le envié al exvicepresidente a propósito de una meada en first class):

Caldas tiene su Moisés

Para liberales, los conservadores de Manzanares, Caldas, tierra natal del ex vicepresidente Humberto de la Calle Lombana, quién vivió su primera escaramuza política cuando apenas tenía unos meses de nacido: por ser liberal, en plena época de la violencia, su familia fue expulsada del terruño. Al niño Humberto, un godito de amarrar en el dedo gordo, don Luis Carlos Giraldo, lo sacó cargado en un canasto convertido en un nuevo “Moisés andino”.

Desde entonces, muchos aguaceros han caído sobre los cafetales. El tiempo le ha rendido a De la Calle para ocupar los más altos cargos dentro y fuera del país. Es más, ha estado en “peligro” de ser presidente. Y nadie ha dicho que su ciclo se cerró.

Madrugó a ser desplazado, en Manizales estudió con curas, bebió en santo Tomás y san Agustín, se agarró con los célebres “Leopardos”, fue rebelde con muchas causas en su contestaria juventud manizaleña, ha sido abogado de alto turmequé, es  nadaísta vergonzante, médico frustrado, sicoanalista clandestino, escritor, improvisador feliz, pésimo jugador de golf, poeta de versos para el olvido, periodista por correspondencia. Y ateo feliz, de los de horas extras y jornada continua.

Fue soltero a distancia cuando su esposa trabajaba en la embajada de Colombia en Madrid) y él se daba la pela matinal y madrugaba a tirar línea bajo la batuta de Juan Gossaín en RCN.

Hace muchos aguaceros sacó tiempo de la nada para responder preguntas de la desaparecida revista Eje XXI, de Manizales, que dirigían con mando tendida y pulso firme Orlando Panetta Cadavid y el Topo Evelio Giraldo:

–       ¿Cómo se produce su despertar de niño que hace parte del planeta tierra?

–       Tengo un recuerdo brumoso de una breve época en que la familia vivió en Pereira, después de la salida forzada de Manzanares. Mi padre fue nombrado como delegado de la Licorera de Caldas. Vivíamos en la fábrica de Licores (que llamaba la fácara de manera balbuciente). Como era una edificación inmensa, digamos que mi primer recuerdo se centra en la infinitud de los espacios, el misterio del laberinto y la pasión por las máquinas, porque mi hermano mayor andaba todo el día en un triciclo desvencijado.

–       ¿Es más De la Calle o más Lombana?

–       No me ponga a pelear con alguna rama de la familia. Digamos, con Hegel, que hay una síntesis.

–       ¿Cómo se produce el éxodo de su Manzanares del alma?

–       Cuando yo tenía apenas meses de edad, la violencia politica convirtió a la familia, perteneciente al Partido Liberal, en una más de esa gran masa de desplazados. Por cierto, el profesor del pueblo, Luis Carlos Giraldo Marín, bastante godo, tuvo una actitud generosa y solidaria que nunca olvidamos. No sólo nos acompañó hasta Petaqueros, sirviendo como escudo humano, sino que me cargó en un canasto todo el tiempo. Una especie de Moisés andino, salvado por un recio exponente del Partido Conservador. No tengo, pues, recuerdo alguno de Manzanares en mi niñez.-

–       Cuáles son las primeras influencias que recibe el joven De la Calle

–       Mis primeras influencias se remontan al Colegio de Nuestra Señora de Manizales. Allí cursé tanto la primaria como el bachillerato. Era un Colegio de la Curia, regentado por sacerdotes, con una fuerte línea ortodoxa, una disciplina rígida y un altísimo nivel académico. Aunque suene a lugar común, es demasiado lo que le debo al Colegio. Clases como la de filosofía, por ejemplo, se hacían sobre las fuentes directas: Santo Tomás, San Agustín, Scoto, Spinoza. Tenían gran profundidad, universitaria, diría yo. Al promediar mi bachillerato vino la época de la rebeldía, el nadaísmo, todo lo demás. De modo que no recibí ninguna influencia de Los Leoporados, salvó la influencia dialécticamente negativa, porque los atacamos duramente. Mis padres, pero sobre todo mi madre, tenían una fuerte convicción católica. ¡Cuánto sufrió mi madre por mis lecturas! Un libro sobre materialismo dialéctico me lo expropió sin más ni mas. El efecto, como siempre, fue el de promover una mayor rebeldía.

–       ¿Cómo vivió el  “divino tesoro” de la juventud?

–       Manizales era quizás la ciudad más conservadora del planeta. Una fuerte jerarquía social y política, un periódico militante (La Patria) y una clase dirigente bastante cerrada. Allí también, por tanto, había espacio para incrementar la protesta. Pero nunca llegamos al radicalismo de la Universidad Nacional, porque siempre pesaba el control social. Con nuestra generación vino la modernización de la literatura, comenzó a hablarse el lenguaje de la reivindicación social, apareció la crítica frente a la tradición. También apareció el jazz. Es en ese ambiente en el que se desenvuelve mi juventud.

–       ¿Su vocación política cómo se define?

–       Al terminar mis estudios de derecho tuve un fuerte desencanto. Me pareció que era sólo artesanía y que lo dominante era la política. Pensé dejarlo todo y estudiar medicina, una pasión oculta que he tenido desde siempre. Leí sicoanálisis. Supuse que mi camino era otro. Pero vino el matrimonio, las afugias domésticas, la necesidad del ingreso y regresé entonces al derecho. Más adelante lo recuperé porque entendí algo: que es un formidable instrumento de cambio. Que la ley también tiene un papel en la pedagogía social. Como Registrador Nacional contribuí a dictar una serie de normas y comprendí que el derecho permite cambiar algunas cosas, aunque no todas. Durante la Constituyente, sabía que estábamos produciendo algo trascendental. Hoy tengo una visión equilibrada: la política, la tradición cutural son básicas. El derecho no hace milagros. Pero es una palanca formidable. No tengo el alma prendida a un inciso, por fortuna.

–       ¿Ha sido buen bogoteño, ese híbrido de provinciano con bogotano?

–       Pues he aprendido a amar a Bogotá, a la cual odiaba al principio. Claro que la Bogotá de ahora, la coqueta, es más fácil de amar. Y, también como amante, jamás olvido mi tierra y mis raíces.

–       Lo vemos disciplinado discípulo del kínder de Gossaín en RCN…

–       El periodismo ha sido también siempre una vocación aplazada. Cómo le parece que hice estudios de periodismo por correspondencia y tengo un diploma de una escuela de Nueva York. La experiencia con Gossaín ha sido inigualable. Él es un periodista inmenso y un hombre culto, un humanista. Eso se refleja en el noticiero de modo que me siento muy cómodo allí.

–       ¿Enamoró a doña Rosalba, su esposa, con su pinta o con su prosa?

–       Con ninguna de las dos: fue con la poesía. Le escribí versos secretos, por fortuna desaparecidos. Claro que no faltaron las serenatas, una arma infalible.

–       ¿Su mejor y su peor recuerdo como funcionario público?

–       Mi mejor recuerdo: el Ministerio con Gaviria. El peor: la Vicepresidencia (en el gobierno de Ernesto Samper)

–       ¿En qué político reencarnaría?

–       Mi político preferido es Disraeli. Por ahora estoy retirado de todo eso. Me parece, además, que por honestidad con los oyentes, no debo albergar aspiraciones políticas. Al menos, si algo surgiera, tendría que contarles de inmediato.

–       ¿Qué hace cuando no hace nada?

–       Tengo la manía del golf. Soy malito pero me divierto. Y leo sin pausa, varios libros al tiempo.

–       ¿Qué lecturas está haciendo?

–       Ahora estoy leyendo un libro de la derecha americana: Winning the Future, de Gringrich. Fundamentalista pero interesante. Regreso a las novelas de mi tiempo: Camus, Sartre. Javier Cercas tiene algo impresionante sobre la Guerra Civil española (Soldados de Salamina). Un poco de economía, algo de filosofía.

–       ¿Qué libro está escribiendo?

–       Con Planeta estoy enfocando un nuevo libro. Será, como Contra todas las apuestas, una mezcla de política, historia y ciencia constitucional. Algo por los lados del indulto. Vamos a ver.

–       ¿Los enemigos para qué?

–       Los enemigos son el verdadero acicate. Un político caldense me dijo: si no fuera por mis enemigos, hacía rato me habría retirado.

–       ¿Qué lo saca de quicios?

–       Soy impaciente. Me sacan de quicio los remolones.

–       ¿De qué le gustaría morir?

–       Un amigo dijo que lo difícil no es la muerte sino la morida. Antes, uno quería morir fusilado: algo rápido y honorable. Pero como ya no hay fusilamiento sino sicariato, eso de uno tirado por ahí en el asfalto tampoco es muy agradable. La tuberculosis producía una muerte dulce, pero ya se acabó. De modo que tengo que imaginar un poco más. Su reportaje me servirá para eso. (Revista Eje XXI)

Orinada en first class

Doctor Humberto De la Calle, que los dioses lo protejan y le conserve su ateísmo:

Aquí donde me ve con mi nadaito de perro pero la vida me dio la oportunidad de orinar en first class. Ya puedo desocupar el amarradero. Confieso que he vivido. Y meado.

Ese privilegio no lo han tenido Madame Camila, su anárquica bull dog francesa, ni el actor francés Gérard Depardieu, a los que su persona les dedicó buena parte de una dominical columna en El Espectador, para descansar de arideces leguleyas.

Aclaro: no pagué esa primera clase en Lufthansa. No hubo superávit de ricos en ese vuelo entre Francfurt y Bogotá, y como éramos chicos de la prensa, el piloto ordenó pasar a primera. Eso de estar arriando first class a toda hora es una jartera.

Usted que no se baja de esa primera clase, sabe bien que uno se sienta y de una le están las azafatas le están embutiendo trago. Ese día me decidí por un trago de cuyo nombre no quisiera acordarme (¿Americano?).

Era algo así como gasolina para aviones en el buche de un montañero nacido en un pueblo feo, faldudo y frío. Y también como Manizales, construido en la montaña, “contra la expresa voluntad de Dios”.

En par minutos este ateo de fin de semana que se desasnó algo con los Agustinos Recoletos de la Linda, a una jaculatoria de Manizales, estaba “volando”.

No me tocó hacer pipí a lo Depardieu, o sea, donde lo agarraron las ganas cuando iba camino del baño. Tampoco hice pipi como su perra Camila: sobre algún tapete comprado por usted en e Harrods londinense, o en El Corte Inglés, de Madrid, adonde lo mandó el presidente Samper para calmarle sus ganas de defenestrarlo. (Es lo que dicen los samperistas, incluido Daniel, en una columna dominical en el santoral, donde le clava par banderillas en todo el morrillo, mientras usted hablaba del mear como derecho constitucional).

Me dieron ganas de hacer pipi y tranquilo agarré el camino del baño. Aproveché para mirar despectivamente a los pobretones de clase económica, mis hermanos de clase. (Quién los manda a no tener pilotos amigos. Los arribistas somos así).

Pero no contaba con que era la primera vez que entraba a un baño de primera clase y me demoré más de la cuenta en descubrir cómo abrir la puerta.  Finalmente lo logré pero ya estaba como Depardieu. O como Camila. El riñón acosaba.

Entré y me encontré con una dificultad adicional. Nada que encontraba el apartico ese para prender la luz. Y aquello (la meada) acose que da miedo.

Como no soy tan brutico –eso pensaba- al final logré dar a tientas con lo que creí era la taza del inodoro. Y empecé la evacuación de la gasolina para aviones que me habían servido la valquiria de Lufthansa.

Solo que a veces las cosas sucede lo que no se  espera. Lo que creí que era la tasa del inodoro era la pared. Lo sentí en los pies: claro, el producto de la meada empezó a regarse por todo el piso. En segundos tenía las medias mojadas.

Doctor De la Calle: creo que sentí el bochorno que experimentó usted cuando Samper le dijo que la embajada en España tenía otro dueño. La miada me pareció eterna. Y así fue.

No quiero alargar el chico porque usted tiene muchos clientes qué defender: pero salí del baño, con las medias empapadas y dejando marcados mis pasos que me llevaron a mi silla en first classe cerca de Luis Alberto Moreno,  presidente del BID, y quien en ese entonces era un simple vendedor de comerciales de televisión.

La travesía desde Alemania apenas empezaba. Como pude me deshice de mis medias, me puse las que regalan a bordo y traté de desaparecer como ese oscuro personaje de Dostoviesky en “Pobres gentes” al que se le cae un botón y le gustaría morir.

Muy desafortunado mi debut en first class. Desde entonces, me dejé de arribismos y no salgo de clase económica ni de fundas. Es más fácil que usted vuelva a acompañar a Samper en alguna fórmula.

Cordialmente, od