24 de febrero de 2021
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Darío Jaramillo o la pasión de escribir

30 de julio de 2017
Borges, Darío y Alfredo

Óscar Domínguez Giraldo

A los 70 años que cumplió el 28 de julio, el poeta Darío Jaramillo ha leído y escrito tanto que puede bailar en una sola pata, la artificial, que lo acompaña y que lo convirtió en un personaje binacional (¿¡).

Lo cuenta  en “Historia de una pasión”, su autobiografía por entregas, que no se agotó nunca ni se vendió en edición pirata en el semáforo. Su libro es una delicia que está capando reedición. Y lectores.

Si la buena literatura sabe a algo rico, la de Jaramillo, y perdón por el prosaico paralelo gastronómico, nos recuerda los pandequesos y chorizos obispales de la fría Santa Rosa, su terruño. Su septuagésimo anivesario es un buen pretexto para volver sobre el libro de 63 páginas.

Sin ínfulas, en tono menor pero con la exigencia y sapiencia de quien ha hecho de la escritura no un oficio sino una pasión, el monópodo ex subgerente cultural del Banco de la República, va desgranando su vida y milagros.

Como el azar también se da sus licencias, otro 28 de julio, estrenó su primera pierna artificial. La suya es la única prótesis con poema: “Sin pie, mi cuerpo sigue amando lo mismo”.

Activista del signo cáncer nació el mismo día que personajes tan disímiles como Hugo Chávez y Jaqueline Kennedy, Jim Davis y Alberto Fujimori, Alfredo Pérez Rubalcaba y Luis Aragonés, Marcel Duchamp y Curro Girón…

En su autobiografía, el sectario hincha del poderoso DIM, va revelando claves de su destino,  “ese oficio solitario (escribir) que se agota en sí mismo porque dentro de él está el placer que entrega. El placer de la imagen, de la historia que nace dentro de ti y se apodera de tu mano para volverse palabras”.

Despertar a la lectura

Debe su vocación literaria a las tempranas lecturas que le hacía su padre, don Alfonso. Así empieza el libro mencionado: “En uno de mis recuerdos infantiles más remotos, yo tengo cuatro o cinco años. Mi padre me lee de un libro. Un texto maravilloso sobre la muralla china”.

En su formación cultural también ayudó su condición de hijo único y la circunstancia de vivir en el centro de Medellín. Sostiene Darío.

En sus viajes a la Villa para reabastecer su chuzo en Santa Rosa de Osos, don Alfonso compraba “todo libro, cartilla o revista de colores con motivos infantiles que encontraba para jugar con Darío”.

Su vástago optó por la escritura en sus múltiples advocaciones cuando descubrió que no había suficiente fútbol en los pies para ejercer como puntero derecho del Independiente Medellín al que le guarda fidelidad canina.

“Y puede que no sea literalmente cierto que hubo un día en que yo cambié al DIM por la poesía. Pero sí sé que hubo un día en que supe que era la poesía lo que más me importaba, lo que más me importaría en la vida. La poesía en su sentido más amplio y desaforado, la ebriedad sin tiempo de una boca amada, el aroma de un eucaliptus, el laberinto interno de tu reloj de cuarzo, de procesador de datos, un atardecer, un gol, un sorbete de curuba, una voz familiar, Mozart, el galope de un caballo”.

En la única charla que tuvimos me contó don Alfonso que al advertir que a su hijo Darío le dictaba más la literatura que el sueño le aconsejó estudiar otra cosa porque “en Colombia  el que escribe para comer, ni come ni escribe”. Pragmático, el poeta se inscribió en ingeniería civil pero terminó de doctor en derecho y economía de la Javeriana, en Bogotá. Solucionado el “modus comiendi”.

Despertar en jueves

La primera parte de su autobiografía va hasta mayo del 87. En ella  confiesa que prefiere “asumir la pasión de escribir como una afiebrada y regocijante actividad no profesional”.

Lo dice el autor del mejor poema escrito en Colombia en un evento denominado “La poesía tiene la palabra” realizado en el Centro de Convenciones de Medellín. Allí se anunció, sostiene Daríojaramillo, “el verso ganador en la encuesta pública acerca del mejor de amor de la poesía colombiana”. El segundo fue un tal José Asunción Silva.

El poema triunfador empieza y termina: “Ese otro que también me habita, acaso propietario, invasor quizás o exiliado en este cuerpo, ajeno o de ambos…. ese otro también te ama”.

Fue casi ganador del premio “Rómulo Gallego” de novela. Terminó segundo, después de que su principal promotor, Juan Gustavo Cobo, otro de sus grandes amigos y colegas, no logró convencer al jurado de las bondades de la novela de su camarada. Ganó el argentino Tomás Eloy Martínez.

En sus confesiones niega que haya escrito “obra” pero notifica que seguirá garrapateando cuartillas “mientras siga teniendo a la gente que amo…  No me parece esencial que Baudelaire los escuche (sus poemas), pero si de entrometido lo hace, quisiera que también le gustaran”.

En su autobiografía por entregas, lamenta tres muertes irreparables: Germán Germán,  Fernando Martínez Sanabria… y su pie derecho. De sus dos amigos, sus críticos de verdad, evoca su sentido del humor, su afecto, su olfato, y se declara seducido por “la manera tan personal e indisoluble como cada uno unía la ética y la estética”.

Cuando pisó la ajena bomba en  febrero 1989, “me acosté en domingo y me desperté en jueves -¿o viernes?- y varios días después me amputaron el pie derecho debajo de la rodilla. Tengo, pues, como cualquier moribundo, un pie en la tumba. El humor y el amor: Esas dos cosas me mantuvieron con el ánimo bastante alto en aquellas ocho semanas de clínica… El afecto de mis padres, de mis amigos, de mis compañeros de trabajo, sostenido con paciencia y risas, me enseñó a aceptar sin demasiadas dificultades la pérdida de mi pie talla cuarenta y dos”.

Considera que sería un insulto llamar “pata de palo” su prótesis construida en Miami por su amigo Steve con metal del proyecto Apolo de la Nasa. A partir de la prótesis, Jaramillo se considera 83% de Santa Rosa y un 17% de Miami.

En sus inicios fue imitador del panida León de Greiff del que sería antologista, otro de sus oficios. También es suya una certera antología de crónicas. “Cuando un periodista escribe bien está haciendo literatura, así esté redactando una simple noticia”, dejó claro en otra de las tantas entrevistas que ha concedido, un “poco muy mucho” a regañadientes porque no es de los que ama estar fatigando linotipos, dicho con un dejo arcaico.

Ha ejercido como columnista, ducho y hacha en el arte epistolar, reseñista de libros en Cambio 16, novelista y otros “istas”, incluido el de subgerente cultural del Banco de la República que ejerció por espacio de 22 años hasta su jubilación.

Fines de semana festivos y puentes, se liberaba de su condición de burócrata para darle gusto a su pasión. En sus sabáticos de fin de semana escribió, por ejemplo, su novela La voz interior: “Me divertí toneladas. No cambiaría uno de esos fines de semana ni por un campeonato del Medellín”.

Darío, redactor

Como no puede dejar las falanges quietas, suele disparar por correo electrónico noticias culturales… Lo encuentran enwww.lunalibros.com. «Gozar leyendo» es el nombre de su columna virtual.

A sus 70 años sigue haciendo lo mismo sin pensar en que mañana tendrá que triturar horarios: leer, leer, leer, escribir, escribir, escribir. Y seguir el desempeño del DIM en los estadios, editar libros, o inventar su propio léxico: “Dicciondario”, se llama la obra, impresa en España, donde se lo pelean para volverle libros su imaginación.

Se trata de una sobredosis de exquisito, original y demoledor humor en mínimas cápsulas. Un botón de muestra: “Lutiérnaga: cocuyo amoroso”.

“Bogotá mía”, es un bello libro a cuatro manos que tiene la poesía en blanco y negro del fotógrafo Hernán Díaz y las imágenes del santarrosano. “Bogotá lujuriosa, borrosa Bogotá, Bogotá bella, oscilante como un ahorcado”, canta el hombre que lleva casi 50 años viviendo en la capital de los cachacos.

La foto con Borges

Antes de iniciar el período bogotano, sacó tiempo para hacerse bachiller y dejarse deslumbrar por Borges en su primera visita a Medellín en 1965. Sugiere preguntarle al siquiatra Alfredo de los Ríos, su compañero de entrevista, por lo que les dijo Borges (foto).

”Acaso Alfredo de los Ríos , escribió, que tiene una memoria prodigiosa, además de ser un talento excepcional, recuerde algo de esa entrevista. Aparte de un afecto eterno, a Alfredo y a mí nos une una cosa que es pertinente mencionar, y es que la profesión de Alfredo de los Ríos, el psicoanálisis, y mi pasión, la poesía, son las dos únicas formas de magia que todavía no solo toleran sino que patrocinan las universidades”.

Se lo pregunté a De los Rios, solo ocho días más viejo que Darío, y me dijo que Borges, quien acababa de entrevistarse con Sartre en París, les anticipó que estaba escribiendo El informe de Brodie, libro que sería publicado 5 años después, en 1970. Otra confesión de “el último delicado”: No había leído Cien años de soledad.

Démosle mate a esta líneas que incluyen estruendosas felicitaciones a los contemporáneos Jaramillo y De los Ríos en sus cumpleaños, con otra declaración de amor por la poesía.“Procuro que en toda mi literatura haya poesía, porque la poesía es una necesidad vital, una forma de respirar, y lo que determina si algo es bueno o no”.

(Fotos El Colombiano y El Espectador)