22 de octubre de 2018

Por los sueños de los niños

14 de junio de 2017
Por Diego Franco Molina
Por Diego Franco Molina
14 de junio de 2017

Diego Franco Molina

El Día Mundial contra el Trabajo Infantil se viene conmemorando en todo el mundo el 12 de junio y fue establecido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en el año 2002,  para destacar el movimiento mundial en favor de la erradicación del trabajo infantil, especialmente las peores formas.

Es importante destacar que Colombia cumplió la meta del plan de desarrollo, de  reducir anticipadamente el trabajo infantil, al pasar de un millón dieciocho mil (1.018.000) a ochocientos sesenta y nueve mil (869.000) niños trabajando, cifra que corresponde al 14.7% menos con relación al año 2016, lo que significa que ciento cincuenta mil (150.000) menores de edad salieron del mercado de trabajo y hoy están dedicados a estudiar, a leer, a practicar deportes, aprovechar el tiempo libre, a jugar, o a laborales que les permitirán su crecimiento y desarrollo personal, para enfrentar un mejor futuro y superar la brecha que los mantiene atados a la  pobreza. En el caso concreto de Manizales, debemos resaltar que es la ciudad con las cifras más bajas en materia de trabajo infantil en Colombia.

Este año, el Día mundial contra el trabajo infantil centrará su atención en darle importancia a la materialización de sus sueños de tener un menor porvenir, donde la importancia de una educación de calidad como un factor clave en la lucha contra el trabajo infantil, teniendo en cuenta que la Educación Pública de calidad, es el instrumento para garantizar la erradicación del trabajo infantil, por constituirse en la única oportunidad que  tienen las niñas y niños de estudiar y consecuentemente promover un estilo de desarrollo social con equidad y contribuir así a resolver la pobreza.

Una de las problemática profundas y persistentes que ha acompañado la historia de Colombia: es la del trabajo de niños, niñas  y adolescentes. La gran cantidad de niños trabajadores que nos encontramos a lo largo de las principales ciudades, nos muestran un terrible panorama hacia el futuro e incluso en el presente, toda vez, que estos niños se están saltando etapas de su vida, teniendo que asumir roles de adultos a temprana edad.

Un síntoma de su profundidad es la interiorización que hemos hecho de una práctica que no es admisible. En muchas ocasiones vemos el trabajo de los más pequeños en edad, como natural en su proceso de crecimiento, o formador de valores como la responsabilidad. O los vemos en sus trabajos y somos pasivos, tolerantes, permisivos e indiferentes en nuestras acciones.

Ignorarlo también es permitir que nuestra sociedad no vaya más lejos, no progrese y sea igualitaria. El trabajo infantil perpetúa la pobreza, hace que la informalidad permanezca.

Según la convención sobre Derechos de los Niños, su explotación económica, entorpece su formación, dentro de los múltiples derechos consagrados, está el de recibir educación gratuita y poder jugar, entre otros. El trabajo de los menores de edad no sólo es perjudicial y dañino para ellos e interfiere en su escolarización privándoles de esta oportunidad y obligándolos a abandonar prematuramente las aulas o exigiéndoles que intenten combinar  la asistencia a la escuela con largas jornadas de labor pesada, hecho que limita además su creatividad.

Otro de los efectos del trabajo infantil que desde esta instancia rechazamos, es que la mayoría de las veces vulnera el derecho a la educación integral, debido a que tienen que asumir responsabilidades laborales y familiares, viendo así entorpecido su ingreso o permanencia en las aulas, y aquellos que logran mantenerse vinculados al sistema,  tienen un bajo rendimiento académico, dado el escaso o nulo espacio y tiempo que pueden dedicar a estudiar y cumplir con las tareas asignadas, generando en ellos relaciones de exclusión, discriminación, subordinación y sometimiento.

En conclusión, los niños trabajadores generalmente abandonan la escuela, pero cuando permanecen en ella, su rendimiento no es el mejor; acompañan a sus padres en sus trabajos y terminan adquiriendo competencias que los van a condenar a ellos y a nuestro país a un círculo de trabajos improductivos, de baja remuneración, donde el sueño de una educación para el desarrollo se deshace.

Lo más grave no es esto, lo más grave es que el trabajo infantil les impide a nuestros niños ser quienes son: niños… El trabajo infantil no les permite vivir su infancia.

Para finalizar, el no contar con la implementación de  la Jornada Única, la poca pertinencia de los currículos escolares, la baja calidad del sistema educativo sobre todo en las áreas rurales, la falta de cupos escolares e instalaciones y las largas distancias para acudir a los centros educativos, hacen que tanto padres de familia como estudiantes no vean en la educación formal una alternativa de vida que satisfaga sus necesidades e intereses en el corto y mediano plazo. Ante esta situación, los menores de edad tienden a perder la motivación abandonando prontamente la escuela, hecho que aumenta la probabilidad  de su ingreso al mundo laboral en condiciones desfavorables para ellos.

En definitiva,  la prematura vinculación al trabajo es una dinámica perversa en la que el deseo de conseguir beneficios económicos momentáneos o de subsistencia aniquila de forma contundente el disfrute de una niñez presente y su preparación para una adultez sin frustraciones. La Educación permite superar la brecha entre la pobreza y las oportunidades, sino hacemos un gran esfuerzo en el sentido de cerrarle las puertas al trabajo infantil y procurar que los niños, niñas y adolescentes se integren al sistema educativo, como podremos entonces en  el futuro fortalecer el capital humano.