¿Viejo yo?

cesar montoya

Algunos rústicos, que no me quieren, pretenden acoquinarme  con el calificativo de “viejo”. Me lo lanzan como un puñetazo bastardo, buscando que me desharine en razón de los años que tengo acumulados.

Ciertamente soporto los desastres de los calendarios. Un personaje en la tragedia “Los Suplicantes” escrita por Eurípides, exclama: “Vejez cómo te odio”. El balance es ruinoso.   Despareció la hermosa cabellera juvenil; los ojos cegatones demandan  antiparras; imprescindibles los audífonos para los oídos que tienen los tímpanos gastados; la boca auxiliada por las  prótesis; cirugía para recomponer la circulación de las arterias; cuatro infartos y, de encima,  un marcapasos. Y el corazón ahí, transmutado en muladar de amores insepultos. ¿Fatalidad? ¡No! Esa es la secuela natural de un almanaque irreversible.

Contra esa catástrofe de los días que comienzan a sobrar, debe hacerse el rebusque de una filosofía elemental: hay que vivir como si no se fuera a morir nunca. No pensar en la guadaña de la muerte, ni amanecer con la tortura de los quebrantos. Gritar, vertical y retador, “la vida comienza mañana”. Es necesario no rumiar metafísicas. Sabemos que la eternidad existe, pero no tiene esos contornos aterradores que prefiguran místicos locatos. No hay tal océano de estiércol, ni  existen hachas filudas  para tronchar cabezas, ni tampoco los réprobos están encadenados en una paila de temperatura calcinante. Esa literatura tremebunda va dirigida a los aterrados  zoquetes que ven en el más allá un desastre insoportable. Dante en  “La Divina Comedia”, para asustar beatas,  pinceló con un negro espeso ese averno macabro. Lo que escribe sobre el segundo círculo de los lujuriosos, produce escalofrío : “El infernal torbellino, que no se aplaca jamás, arrebata en su furor los espíritus, los atormenta revolviéndolos  y golpeándolos; y cuando llegan al borde del precipicio, se oyen el rechinar de los dientes, los ayes, los lamentos, y las blasfemias que lanzan contra el poder divino”.

Tampoco es cierto el mundo etéreo de cítaras pulsadas por músicos divinos, ni aquello de los ángeles que navegan en cuadrilla por las inmensidades, ni esa coreografía de vírgenes que rezan sin cesar. Juan Pablo II, hoy en los altares, dijo categóricamente que el cielo y el infierno, como espacios concretos, no existen.

¿Viejo yo, sometido a la disciplina de las madrugadas; con incansable digestión, de día y de noche, a libros que mastico y que  jamás sacian;  caminando a zancadas cuando la naturaleza apenas se despereza de sus maratónicas jornadas nocturnas; flotando en aguas purificadoras; respirando profundo para abroquelar los pulmones, y degustando, exprimiendo, paladeando, consumiendo los alimentos terrestres   porque el cuerpo es una caldera de renovadas energías?

¿Viejo yo que absorbo el aire y lo diluyo por todo el organismo para sentir sus estímulos creadores; que me quedo perplejo ante una infinitud espacial allá, crepitante y de un fulgor furioso aquí, con  la explosión indescifrable de sus misterios;    que le pongo el caracol del oído al crecimiento insensible de los árboles; que me tiendo horizontal para penetrar en el milagro de las raíces que alimentan el flamear de las  montañas; que bordeo cañadas y mojo los pies en torrentes espumosos; que me extasío con el verde de todos los colores; que descifro horizontes para viajar por entre los acantilados de las nubes; que me acerco confianzudo a Dios  para tutearlo como un amigo parcero que todo lo perdona?

Viejos precoces sí, los amargados, esos que valoran la existencia como un desastre, que caminan sobre las ruinas de un devenir sin sentido. Viejos los eunucos, los castrados de ilusiones, los que carecen de imaginación. Viejos los que tienen vacíos los aposentos mentales, los que   desconocen la piel amorosa de las palabras, incapaces de cohabitar con las musas.

Viejos los que tienen un corazón en abandono, convertido en un erial de fracasos. Los que no saben  de nostalgias, ni acumularon experiencias sobre  los desamparos sentimentales. Los que no saben de telescopios para seguirle la ruta a las estrellas. Los que no han podido exprimir el borbollante manantial de la felicidad que a diario nos sorprende con su caudal de bellezas.

Qué grato es supeditar los años a la explosión permanente  de la  vida. Tener mente lúcida para los ensueños, garganta vibrante para las tribunas, pluma para las crónicas, dulzura para enamorar, tacto ardiente para los pecados, olfato para detectar los perfumes que nos persiguen. Sentir que este entorno es nuestro, -mío- otero vanidoso para las jerarquías mentales. Salmodiar con Neruda : “Confieso que he vivido”. O escuchar un mensaje más hondo, en  labios de Napoleón : “Más valdría no haber vivido, que no dejar huellas de la propia existencia”.

Y tener siempre un mañana. Recibir las ráfagas de la aurora como una bendición, beber en copa imaginaria el elixir de la eternidad. Somos unas criaturas privilegiadas los viejos jóvenes, con pulmones inoxidables y con amazónicos destellos de felicidad.

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