19 de abril de 2021
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Romero

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
4 de mayo de 2017
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
4 de mayo de 2017

Víctor Hugo Vallejo

Alfonso Romero Aguirre fue concejal de Cartagena, diputado a la Asamblea de Bolívar, Representante a la Cámara, Senador de la República, Contralor General de la República, casi candidato a la Presidencia de la República, hombre de fuerte carácter y voz de trueno, con enorme claridad mental de lo que es el liberalismo entendido en el más puro sentido filosófico de lo que es dicha ideología, que se hizo grande por su inteligencia y que por la misma poco a poco fueron relegándolo para salir de la incomodidad de su verticalidad en el ejercicio de la política.

Nacido en 1917 en la ciudad de Cartagena, del hogar formado por Alfonso Romero Montoya y Concepción Aguirre Jasso, en medio de comodidades y satisfacciones de quienes no afrontan las angustias de la escasez y saben administrar la abundancia, su temperamento se fue moldeando al amparo de la guía de su padre y la charla culta de sus amigos. Siempre serio, dirigido en sus conductas hacia la trascendencia. Una vez bachiller se fue a Bogotá y se hizo abogado en la escuela del maestro Fernando Hinestroza Daza en la Universidad Externado de Colombia, claustro en el que se consolidó su pensamiento liberal en el más puro sentido de lo que es ser liberal. Regresó a su ciudad y se volvió importante porque ya era importante, dando inicio a una vida que se fue haciendo a golpes de pensamiento y de verticalidad en lo que decía y hacía.

Fue el origen de una familia, unos hechos, unos seres humanos que vivieron una existencia a la par con la extraña vida que es Colombia, que todos los días deja la sensación de estarse desmoronando con cada hecho crítico que genera emociones de fin de mundo, que luego son sustituidas por otras del mismo tenor, sin que al final llegue el final, pues esto apenas va ocurriendo en la medida en que a cada quien se le va acabando su tiempo, ya que el país sigue ahí soportando tantas vejaciones de quienes lo han dirigido, lo dirigen y lo seguirán dirigiendo y de quienes han obedecido, obedecen y van a obedecer bajo la comodidad de la zona de confort en el criterio de que si nada cambia, es mejor que cada quien tampoco cambie.

Contar lo que se deriva de la vida de un líder nacional contra quien se hicieron todos los esfuerzos posibles para no dejarlo llegar a donde debió llegar por sus condiciones, sólo por el defecto de no ser delfín de nadie, termina siendo una gran historia del país mismo, que para ser entendida de la mejor manera es válido novelarla. Y eso es lo que ha hecho su nieto Ricardo Silva Romero que ha producido una obra esencial en la literatura moderna colombiana, con un contenido histórico que cuestiona la esencia de lo que somos y las muchas razones que se han dado para que seamos lo que somos hoy día, un núcleo colectivo en el que el poder se tiene distribuido con antelación y los de arriba saben que les corresponde, pero los de abajo siguen sobreviviendo por las migajas que les dejan para que sean los votantes de siempre.

“Historia oficial del amor” es la novela de Silva Romero publicada por Alfaguara en marzo de 2016 y con cuatro reimpresiones inmediatas ante la enorme acogida que ha tenido, por su calidad literaria y especialmente por el conocimiento que de la historia del siglo XX le ofrece al lector, todo contado desde la intimidad de lo que le ha pasado a una familia que fue originada en la cautivante personalidad de Romero Aguirre.

Aún no es fácil entender porque el Premio Nacional de Literatura 2016 no fue para esta obra o para “Volver al oscuro Valle” de Santiago Gamboa, que noveladamente se ocupan de la realidad que se ha vivido en los escenarios nacionales, en los que la constante ha sido la violencia, la trampa, los juegos sucios y la dominación de los de siempre, habiéndose preferido la colección de cuentos “Vida” de una escritora colombiana residente en Estados Unidos, que siendo de muy buena calidad artística no alcanza en modo alguno a lo logrado en estas dos novelas, que serán de trascendencia incuestionable para el conocimiento de la historia colombiana.

En “Historia oficial del amor”, Silva Romero anuncia que va a contar la historia al revés. Comienza la novela diciendo:

“Voy a contar hacia atrás la historia de mi familia. Voy a narrar al revés su destino, su karma y su suerte. Porque ha sido al revés, desde hoy hasta el principio, como he ido enterándome de nuestra trama. Y lo sensato es irse, primero, por las ramas, si lo que uno quiere es viajar a la semilla del árbol genealógico. Antes de reconstruir la lectura del tarot que me vaticinó que la mujer de mi vida era una mujer con un hijo y si, lo es, voy a poner en escena el día en que mis papás repararon la casa de todos. Antes de revivir aquel entierro inaudito en el hospital psiquiátrico, voy a recordar la brujería hecha de pelos y de cosas rotas y cenizas que un enemigo borroso e impreciso nos puso en el apartamento de la Gran Vía para separarnos. Voy a describir el crimen de 1976, el escándalo de 1969, el duelo de 1935 y, de paso, todas las persecuciones de tiempos de guerra que nos ha hecho sentir condenados a Colombia, pero después de relatar la noche de 1989 en la que por poco nos salvamos de la muerte”.

Escoge el modelo de diario ajeno. No para contar las cosas que le suceden al narrador, como es el método de los diarios personales, sino de los hechos que van marcando la vida de toda una familia que se va formando y consolidando con sus muchos entendimientos y no pocas contradicciones.

Es la historia de la familia Romero Silva construida desde la fortaleza de carácter de Romero Aguirre y la calma cierta de los Silva, venidos del Huila, que se unen en una síntesis de entendimiento y razonabilidad en un hogar en el que sucede de todo en lo externo, mientras ellos se fortalecen al interior.

De Romero Aguirre nace Marcela Romero Puj. Inteligente desde siempre. Capaz de confrontar a ese hombre de dimensiones enormes para la época. También dotada de gran carácter, quien un día entiende que sus apellidos son una especie de estigma del que debe liberarse para poder construir el proyecto vital que se ha propuesto. Se casa con el calmado profesor de física Eduardo Silva Sánchez, que construye conocimiento todos los días y entiende que el deber ser es transmitir sus saber todos los días en la Universidad. Mirándose al espejo decide que de ahí en adelante será Marcela Romero de Silva, como la conoce la historia de la que fue gran protagonista. El Puj, asociado al Romero, terminó siendo casi una condena, desde cuando su hermano Alfonso se hizo militante activo del partido comunista maoísta en Colombia, hasta cuando sus mismos correligionarios le quitaron la vida en cualquier calle de Bogotá. También ella se hizo abogada y desarrolló una tarea profesional con la lealtad y transparencia que demanda quien confía en el Derecho como instrumento de autoridad y no como elemento de negociación a las circunstancias instantáneas, por críticas que ellas aparezcan.

La novela gira, entonces, alrededor de tres personajes esenciales: Alfonso Romero Aguirre, Alfonso Romero Puj y Marcela Romero de Silva. Todos ellos personajes reales, históricos, con un espacio en la historia de Colombia, que vivieron hechos que han marcado muchos acontecimientos de esos que a veces nos hacen sonrojar.

Son 538 páginas que van hacia adelante, para contarnos una historia hacia atrás. Comienza con un jueves primero de enero de 2015 y termina con un viernes 15 de septiembre del mismo año, cuando el narrador da por concluida su historia, luego de haberse ocupado del último episodio de esa historia, ubicado en el viernes 15 de abril de 1932.

La novela de alguna manera asume el modelo de “A sangre fría” de Capote y cuenta la realidad con la libertad del lenguaje literario, pero sin dejar de lado que su tema central es la forma de ser de este país en el que cabe todo y quienes generan los males luego aparecen como los salvadores de las catástrofes y siguen cosechando aplausos.

El abuelo, la madre y el tío se van moviendo en las líneas y van dejando saber, a través de sus vidas, lo ocurrido en el país en el siglo XX. Marcela Romero de Silva deja saber de los grandes riesgos que corrió ella y su familia por mantenerse en la posición erguida en contra del narcotráfico y el terrorismo indiscriminado cuando fue Secretaria Jurídica de Virgilio Barco Vargas y no fue Ministra de Justicia porque no aceptó. Desde su posición de guía jurídica del gobierno se mantuvo firme y contó con el respaldo del Presidente que siempre confió en ella, por ser las más valiente de su gabinete, que muchas veces quiso negociar con quienes ostentaban el poder supremo del mal. Una jurista que respetó y acató el derecho, manteniendo la venia por la ley como enseña de un ejercicio innegociable de la honestidad.

Alfonso Romero Puj un convencido de la solución socialista desde el pensamiento de Marx y en la línea de Mao. No admitió dobleces, ni acomodamientos. No hizo parte del sistema a pesar de que su padre era parte del mismo. No se acomodó a las comodidades de los que todo lo tienen para abandonar la lucha de su pensamiento. Hasta que sus mismos colegas de pensamiento pensaron que era tan radical que estaba estorbando y un día de 1976 le dieron muerte a bala en una calle de Bogotá. Nadie vio nada. Nadie oyó nada. Nadie se enteró de nada. En este país puede pasar de todo y nadie sabe de nada. La investigación exhaustiva aún continua con gran dedicación de las autoridades.

Indudable que la narrativa la marca ese personaje central que es Romero Aguirre. Un hombre con pensamiento claro, metas ciertas y propósitos transparentes a favor de las mejores causas del país, que se hizo político por vocación y que nunca vio ese ejercicio como la manera de enriquecerse. Fue concejal brillante. Diputado con iniciativas útiles. Representante a la Cámara que dejó oír la verticalidad de sus posiciones y Senador trascendente que no tuvo el menor ánimo de duda para confrontar al intocable, por entonces, Laureano Gómez, quien se jactaba de acabar con todos aquellos que se atrevieran a pensar diferente a él, que era la caverna pura, tan pura como la del ex procurador Ordoñez, pero mas preparada e inteligente. Romero Aguirre nunca le tuvo temor. Lo confrontó discursivamente en grandes debates en el Congreso. Se opuso a no pocas de sus iniciativas. Y Gómez entendiendo la dimensión del cartagenero se alió en ocasiones con él, como cuando logró los votos necesarios para que Romero Aguirre fuera Contralor General de la República, en el pensamiento de tener un ente de control de bolsillo, lo que nunca fue posible, lo que condujo a un nuevo y definitivo distanciamiento.

Romero y Gómez eran como el agua y el aceite. Fuertes. Inteligentes. Preparados. De posiciones radicales cada uno en lo suyo. Gómez católico ferviente y defensor de la más pura doctrina, del Concordato y de la primacía de la Iglesia Católica, con su Concordato logrado en la era de Rafael Núñez, liberal de origen, conservador de conveniencia. Romero libertario, ateo, masón, defensor de la civilidad y la laicidad. Fueron dos tormentas políticas que no podían soplar en la misma dirección del viento.

A Romero Aguirre, de quien tanto se aprovecharon electoralmente los jefes liberales, ellos mismos lo detuvieron en su camino y jamás lo pensaron como una alternativa cierta para la Presidencia de la República. Era un peligro un hombre que se atrevía a pensar diferente a como lo hacía el establecimiento, el sistema. Le dieron los suficiente codazos para hacerle entender que le es era incómodo y debía hacerse a un lado. Abrió su oficina de abogado y se hizo un defensor de las mejores causas laborales. La vida le había dado honores, por lo que no reclamó ninguno otro adicional. En la masonería había alcanzado el grado máximo de Serenísimo Gran Maestro de la Serenísima Gran Logia de Colombia en Cartagena. Fue un masón convencido y murió como tal.

En el apartado que se fecha Sábado 9 de noviembre de 1960 se reproduce una entrevista en El Diario del Caribe con Romero Aguirre, en cuyas respuestas es posible dimensionar de cuerpo entero a este personaje de la política colombiana. De la página 407 a la 422 de la novela, es posible saber que nos ha pasado, que nos está pasando, que nos va a seguir pasando. Historia pura y dura.

Conocer la historia cierta de Colombia desde la agradable lectura de una novela, que se va yendo en el pensamiento de adelante para atrás hasta lograr en las líneas finales entender tantas que al comienzo no se logran concebir en el pensamiento. Todo está ahí. Es la historia bien contada, con la libertad de novelar, pero en cuya narración se obtiene mucho más de realidad que de ficción. Una obra esencial en el pleno conocimiento de lo que es Colombia.