FONTUR 2016
Guernica

Víctor Hugo Vallejo

Fue un golpe estremecedor que los dejó a todos paralizados en la posición en que se encontraban. Un ruido seco, fuerte, muy fuerte, que sonó como si el mundo se estuviera cayendo a pedazos. Todos quisieron estar atentos para tratar de identificar de que se trataba, pues era un ruido que jamás habían escuchado. Querían poner la mente en orden. Recuperarse. Pensar. Saber. Lo intentaban. En el intento se repitieron esos mismos golpes. Se multiplicaron, se hicieron un solo eco de golpes y destrucción. Nadie entendía nada. Los que pudieron correr, lo hicieron. Los que fueron alcanzados por lo fuerza destructiva quedaron allí mismo. Muertos. Los que quedaron heridos sin poderse mover, veían como todo se les venía encima. Todo se iba derrumbando. El polvo oscureció el día. Era como una gran noche. Y las explosiones no se detenían. El miedo había sido sembrado desde arriba por siempre jamás.

Fueron tres horas continuas en que los habitantes de Guernica- y Lumo sintieron que todo se acababa. Los que pudieron caminar a su paso sólo encontraron destrucción, muerte, sangre, llanto, angustia, dolor, mucho dolor regado en la calle. Todos sabían que estaban en una guerra civil, en la que la extrema derecha se imponía sobre los republicanos y los comunistas. La guerra la peleaban los que tenían intereses políticos. Los demás debían seguir luchando por su supervivencia. Ellos eran de éstos últimos. Trabajadores humildes, dedicados a tareas de producción del diario vivir. Eran ajenos al combate, aunque no a la guerra, pues las guerras no dejan a nadie alejado de lo que es el conflicto. La guerra era para dar combate. Ellos no estaban combatiendo. Estaban trabajando. O estudiando. O descansando. No iban a ningún combate, apenas al mercado. Ninguno era soldado. Los soldados estaban en las afueras de la población. Se preparaban para una nueva marcha de agresión hacia las tropas de la falange.

En esas tres horas el mundo de Guernica- y Lumo se vino a tierra. Los edificios se cayeron. Las paredes se destruyeron. Las casas dejaron al descubierto sus interiores. Las iglesias quedaron destechadas. Las escuelas se derruyeron. Todo se contaminó de polvo y mugre y un fuerte olor a pólvora que lo iba invadiendo todo. Ese olor se fue transformando en olor a muerte. El dolor, la angustia, el miedo, el terror lo invadió todo.

Luego vino un largo, muy largo silencio, en el que todos, los que quedaban vivos, estaban a la espera de la próxima explosión. En tres horas de repeticiones de estallidos, los oídos se hicieron a la idea de que enseguida habría otra. No hubo más. Esas tres horas fueron eternas. Como si de siempre hubiese transcurrido la vida en medio de explosiones aterradoras.

El silencio comenzó a ser cortado con quejidos, llanto, gritos, pedidos de auxilio, peticiones de agua, llamados hacia todos y hacia nadie. Algunos se pusieron de pie por sus propios medios, la mayoría de ellos con enorme dificultad, pues alguna parte de su cuerpo estaba lesionada. Los que recibieron ayuda no sabían a donde acudir. El hospital estaba destruido. Los pocos médicos y personal de enfermería del pueblo no alcanzaba a atender una mínima parte de los heridos. Se acabaron los elementos de primeros auxilios. Ese silencio se fue convirtiendo en un extenso dolor que hasta hoy le duele al mundo. Nadie ha asimilado la tragedia de Guernica- y Lumo de ese 26 de abril de 1937 cuando la irracionalidad del fanatismo puso fin a la vida del 20 % de esa población y dejó prácticamente destruida la bella villa de Vizcaya.

Cuando se habla de Guernica la mente asocia la idea con el famoso mural de Pablo Picasso que se puede ver en el Museo Reina Sofía de Madrid, pues se trata del más famoso de sus cuadros, en el que quedó plasmado todo el dolor, la angustia, el miedo, el horror, el terror, el llanto, el silencio y la muerte que se produjo en uno de los ataques más aleves que a la población civil se han hecho en medio de conflictos creados por ambición y en defensa de ideologías que finalmente lo único que pretenden es llegar al poder para hacerse a las ventajas y a los enriquecimientos que de mucho tiempo atrás es el significado esencial del ejercicio de la política.

Todos saben que Guernica es la imagen del dolor y del terror. Pocos saben que no se trató de la imaginación de un gran maestro de las artes plásticas como lo fue Pablo Picasso, sino apenas el testimonio de lo sucedido ahora hace 80 años, cuando al conmemorar el suceso la memoria retrocede hacia ese salvajismo civilizado, hacia esa agresión monumental del poder a los desarmados para ejemplarizar en adelante.

Picasso supo llevar a la pintura, usando apenas el blanco, el negro y matices de gris, pues el dolor no admitía color de ninguna naturaleza, lo que había sucedido en un lugar que nunca fue visitado por él, que nunca conoció y del que supo por las noticias que se dieron a conocer a cuenta gotas, con unas muy pocas imágenes de lo sucedido, ya que el recién ascendido régimen de Francisco Franco controló desde un comienzo el hecho, hasta cuando pudo montar el sainete de que la ciudad había sido incendiada por los mismos vascos rebeldes, con el fin de que cuando las tropas de la falange llegaran, no encontraran piedra sobre piedra. Una vez montada esta ficción de auto agresión, ya se pudieron conocer en detalle los horrores de lo que allí pasó. Para el momento en que Picasso emprende la obra, primeros días de mayo de 1937, la información era extremadamente fragmentaria. Pero dejaba ver el horror y el dolor.

Para esa época Picasso hacía vida marital con la fotógrafa Dora Maar que de alguna manera logró conseguir numerosas fotografías de lo que había ocurrido en Guernica- y Lumo. El maestro comenzó el cuadro apoyándose en las imágenes iniciales que se dieron a conocer en la prensa internacional. En la medida en que iba avanzando febrilmente, pues fue una de sus obras de más rápida elaboración, Dora le iba entregando las gráficas que conseguía, con ellas el mural se fue llenando de esos cuerpos destrozados, moribundos, madres que no logran acoger a sus niños, animales que lucen la angustia de sus ojos ubicados partes disimiles del cuerpo, cosas que se caen, el miedo pintado en todas las formas, el terror hecho pintura. Tardó apenas un mes para elaborar el cuadro de 349.3 centímetros de alto por 776.6 centímetros de ancho. Quedo exhausto. Como si la vida se le hubiera ido en esos pincelazos. El mismo se conmovió con el resultado final. Ese sería su aporte para representar a España en la exposición universal que se organizaba para junio en Paris, a la que había sido invitado con antelación, para que llevara alguna de sus obras. Fue esta.

El mundo se impresionó de inmediato. En la exposición se robó todas las miradas. Era un Picasso diferente al que todos habían conocido hasta ese momento. Estaban esperando los cromatismos de sus cuadros y se encontraron con el angustioso blanco, negro y grises de una tragedia.

El cuadro se fue a recorrer el mundo. Fue visto en muchos países, menos en España, donde Franco lo prohibió, sin que fuese necesario pues el propio autor había dejado en claro que Guernica no iría a España hasta que Francisco Franco no muriera y se hubiese restablecido la democracia en su patria. Después del periplo del cuadro por todo el mundo y cuando se escucharon rumores de que el franquismo planeaba una acción terrorista para atentar contra la obra, fue llevado al Moma de Nueva York, donde permaneció expuesto con las mayores medidas de seguridad durante 42 años, hasta 1981, cuando regresó por el aeropuerto de Barajas, embalado con el mayor cuidado y colocado en el mejor lugar del Museo Reina Sofía de Madrid, donde es posible verlo, inclinarse con reverencia en memoria de los muertos y los heridos y sentir dolor, mucho dolor por la irracionalidad humana.

Francisco Franco siempre negó ser el autor de esa masacre con un escuadrón aéreo. Los historiadores del régimen han defendido esta tesis y se atreven a presentar documentos con los que no se acredita una orden de hacerlo, pero tampoco se puede verificar una ausencia de decisión de defender su geografía de las agresiones alemanas, las que tomó en su favor para poder consolidar el triunfo infamante en la guerra civil y establecer la dictadura criminal que por tantos años sometió a un país de pensadores al sometimiento a un enano mental aferrado a creencias en las que se respaldaba su manera déspota de tratar al pueblo hispano.

Sobre el hecho ha habido numerosas investigaciones. Una de las más serias es la del profesor español Xavier Irujo, docente de historia de la Universidad de Nevada, en Estados Unidos, quien realizó en años recientes una minuciosa pesquisa de lo que pasó hace 80 años en Guernica y ha llegado a la conclusión de que fue obra de Francisco Franco en su afán desmedido de ganar la guerra civil, con la ayuda de sus dos grandes aliados de la falange, Hitler en Alemania y Mussolini en Italia. La prueba esencial es que Franco el 6 de noviembre de 1936 le había enviado un mensaje telegráfico al comandante militar de Baleares en que le advertía que ningún ataque al enemigo se podía hacer si no contaba con la previa autorización suya. Esta orden no había sido revocada y esa orden la dio censurando un ataque que días antes se había hecho por sus tropas a Alicante. Ese orden militar lo tenía centralizado el dictador. Sin su previa anuencia no era posible ninguna operación militar.

Firmado el Tratado de Versalles, que puso fin a la primera Guerra Mundial, a Alemania le quedó prohibido armarse y en especial conformar una fuerza aérea de defensa. Todos pensaron que estaba cumpliendo dicha prohibición. Eso no fue cierto. En secreto fue implementando un poder especial áreo para conformar la Luftwaffe, al mando del tenebroso Herman Goiring, con aviones capacitados para descargar bombas de gran poder. Se estaba preparando para una nueva guerra y el mundo no se dio cuenta, o no quiso darse enterarse.

El poder de esos aviones y de esas bombas no había sido probado. A la guerra no se puede ir con armas que previamente no hayan ensayado su poderío. Alemania necesitaba con urgencia un espacio donde probar la capacidad destructiva de ese arsenal. Fue así como con la anuencia expresa de Francisco Franco se permitió escoger una población inerme, abierta, aislada geográficamente, sin defensa antiáerea, sin aviones enemigos, sin riesgos para el agresor y con el fin, por instrucciones de Franco, de destruir un puente por donde pasarían las tropas rebeldes en su lucha con la falange, fueron enviados un total de 60 aviones que hicieron sobrepasos mortíferos descargando bombas de 250 kilogramos, para un total de 40 toneladas de bombas, durante tres horas sin tregua, destruyendo el 85 % de la superficie de la ciudad, matando al 20 % de sus 10.000 habitantes y dejando heridos el 90 % de los sobrevivientes, pues se aprovechó que ese día era de mercado y casi toda la población estaba en la calle. Fue el miedo sembrado desde el aire, llevando consigo la muerte y el horror.

La Luftwaffe había probado criminalmente su capacidad de destrucción, que usaría sin límites en el desarrollo de la segunda Guerra mundial, que tomó al mundo por sorpresa, por no haberse fijado en ese cabo de bigotito que se pensaba dios. Se sembró el miedo. Un miedo eterno. Un miedo sin fin.

La ciudad fue destruida, pero el puente que era el objetivo militar fijado por Franco quedó incólume, y por él pasaron dos días después las tropas vascas que eran la gran resistencia a esa derecha inmisericorde que se venía tras el poder. Alemania probó la eficiencia, suficiencia y criminalidad de su fuerza área. Franco miró hacia otro lado. Para explicar de alguna manera lo sucedido dijo que los mismos rebeldes habían incendiado la ciudad. La historia ha demostrado la veracidad. Fue la unidad criminal de la falange internacional en contra de un poblado desprotegido y que no estaba en la disputa de un poder que poco o nada les interesaba.

En ese momento Guernica- y Lumo quedó prácticamente borrada del mapa. Con los años se ha recuperado. Era una ciudad pequeña, pero de mucha fuerza productiva, pues desde 1913 había vivido un fuerte proceso de industrialización, con grandes medios de producción y una clase obrera de mucha capacidad, organizada en sindicatos que eran de la mira del odio de los falangistas. Por eso la tenían como un centro de disidencia de los propósitos de Franco.

Una Villa fundada por don Tello de Castilla, señor de Vizcaya, el 28 de abril de 1366, que nunca tuvo las grandes aspiraciones de convertirse en urbe de enormes proporciones, pues la vida sencilla y en paz les era esencial para ser ignorados de quienes disputaban todas las formas de poder.

Guernica- y Lumo poco o nada era conocida, por entonces. Los militares le vieron el valor estratégico y ese fue el crimen que les cobraron ese fatídico 26 de abril de 1937 cuando quisieron borrarlos y los hicieron inmortales al ser el motivo esencial de la gran obra de Pablo Picasso. El maestro hizo posible que la memoria fuera eterna y que 80 años después del horror, ahora la humanidad siga entendiendo que la única razón de la guerra –cualquier guerra- es el abandono de la razón por parte del ser humano.

Son 80 años de Guernica y el ruido de las bombas homicidas no deja de estremecer los oídos de la humanidad. Visualmente nunca será posible el olvido porque la obra maestra de Pablo Picasso dejó en blanco, negro y grises todo el miedo, el dolor y la tristeza patéticamente dibujados.