Envilecida caricatura

Por Carlos Alberto Ospina M. 

El perdón no implica una relación ni beneplácito, y menos, cuando se trata de individuos cínicos, sanguinarios y desafiantes como lo es el genocida, Jhon Jairo Velásquez Vásquez, alias Popeye. El purgar una pena y recibir generosas rebajas, no le quitan el deshonroso título de sicario del Cartel de Medellín, ni lo autoriza para ser adalid de la “nueva moral” que pretende instaurar a través de las redes sociales. En ese espacio virtual encontró una vitrina retórica para abrogarse el derecho de despotricar de lo divino y de lo humano; corrijo, de lo diabólico y malvado. ¡Quien es, nunca deja de ser! A los múltiples problemas de carácter ético y las variadas estructuras de corrupción que padece el país, se suma la amnesia voluntaria, facilitada por el temor que producen los delincuentes camuflados bajo el remoquete de “pena cumplida”. Algunos bandidos conversos, aprovechan la desconfianza y la inconformidad manifiesta en amplios sectores, para utilizar un lenguaje basto y vulgar, con el fin de cautivar ese tipo de audiencia, sin trascender al ámbito argumental.

A esto coadyuva, por ejemplo, los irresponsables criterios de producción de contenidos de Caracol Televisión que exalta la vida y los nefastos planes criminales de quien se vanagloria de ser el autor material de más de 300 asesinatos y de coordinar los homicidios de otras 3 mil personas. Para el Canal, propiedad del Grupo Santodomingo, fue toda una celebración el free press y la promoción gratuita, estilo boomerang, que produjo la campaña en contra de la salida al aire de la serie Alias J.J. El morbo del público no tuvo en cuenta el dolor de las víctimas y mucho menos, consideró la endeble moral de cartón heredada del narcotráfico. El muerto al hoyo y el vivo al baile.  Esa misma laxitud de valores e intereses económicos fue la que hizo movilizar a decenas de anunciantes a la denominada franja Prime Time, con el argumento de “dónde hay sintonía, tenemos presencia de marca y mayores volúmenes de ventas de productos y servicios”. Aquellos televidentes y seguidores de las epopeyas delincuenciales de un lúgubre hombre, son los mismos que dicen estar fastidiados con “tanta corrupción en el país”. ¿Habrá alguna diferencia entre los unos y los otros? No. Esa complicidad con la visualización de contenidos televisivos denigrantes y pautar en espacios que elevan a la categoría de ídolos a ramplones sujetos, es aumentar el analfabetismo funcional de un auditorio ávido de acontecimientos desagradables; por lo tanto, anhelante de ver, hasta dónde llega la maldad humana. 

“Los medios están perdiendo el norte…Llamen a los dueños de los medios para influenciar en los contenidos”, dijo el presidente Santos, a un grupo de empresarios que se reunieron con él, para manifestar su preocupación por los altos niveles de desempleo, el descenso ostensible en las ventas, el estancamiento de la economía, la alta inflación, la inseguridad y los adversos efectos de la reforma tributaria, la cual sacó adelante incumpliendo la palabra “firmada” sobre el mármol del engaño estatal. ¡Oh, sorpresa! Esas destempladas palabras del Primer Mandatario, en abierta violación del artículo 20 de la Constitución Política de Colombia, no hacían referencia a las series televisivas sobre las atrocidades de terroristas, narcotraficantes, dictadores y guerrilleros, sino a las noticias e informaciones relacionadas con la actual situación del país, incluyendo los vacíos del acuerdo con las Farc. A propósito, en dicho pacto con la guerrilla, está contemplado el delito de opinión y la obligación del Estado de “velar por el buen nombre” de los subversivos. Los medios pasaron de agache ante semejante esperpento que autoriza la censura; así como la llamada Ley de tierras, viabiliza la expropiación al mejor estilo antidemocrático.

¿Qué se puede esperar de un país donde el Presidente dice “que se quedaron viendo un chispero”? Aún no distingo, a qué hacía alusión: a sus contrastes confrontaciones con la oposición o a la traición perpetrada con el desconocimiento del resultado del plebiscito. En definitiva, es igual de caricaturesco un político, que un pillo lanzándose a la política, como es el caso de alias Popeye. Este personaje del bajo mundo, ahora objeto televisivo y también, radial, quien para algunos “ya pagó sus deudas con la sociedad”, tiene una hoja de vida digna de rescatar:

Coordinó la explosión del vuelo de Avianca el 27 de noviembre de 1989 donde murieron 110 personas, en un frustrado atentado contra el entonces candidato César Gaviria Trujillo.

70 ciudadanos murieron y 600 quedaron heridos a causa de la explosión del bus-bomba frente a las instalaciones del antiguo DAS en Bogotá. Coordinador logístico del ataque, Jhon Jairo Velásquez Vásquez, alias Popeye.

Éste individuo le hizo un supuesto juicio y posteriormente, le propinó varios tiros en la cabeza al Procurador General de la Nación, Carlos Mario Hoyos.  Luego, llamó a Caracol Radio, para dar las coordenadas de dónde se hallaba el cadáver del funcionario. Hoy en día, el gatillero Popeye, hace parte de las parodias del programa La Luciérnaga.

En sus confesiones se vanagloria del magnicidio de Luis Carlos Galán, quien, dicho sea de paso, no tiene guardián en la heredad, debido a la falta de carácter y el oportunismo de sus 3 hijos varones. A las anti proezas de Popeye, se agregan el secuestro de Andrés Pastrana y el asesinato de Diana Turbay, entre otros crímenes anónimos. “Yo no mataba a una persona y empezaba a sudar ni a fumar marihuana; lo mataba, me iba para la casa, me bañaba, me ponía a ver televisión y vivía normal porque soy un asesino profesional”, aseguró en entrevista al periódico El Tiempo.

Por estas calendas, alias Popeye, emprendió una cruzada moral “contra la corrupción”. Acusa a diestra y siniestra de “sicarios morales” a varios dirigentes políticos. En el centro de los ataques verbales, calumnias e injurias se halla el concejal de Medellín, Bernardo Alejandro Guerra Hoyos, quien, al parecer, tiene una profunda divergencia con el comandante de la Policía Antioquia, coronel Wilson Pardo. El lugarteniente del extinto, Pablo Emilio Escobar Gaviria, sale en defensa del oficial, apuntando que “el concejal Guerra está mandando un mal mensaje a la juventud… de que cualquiera puede irrespetar y maltratar a la policía” (Sic). Jhon Jairo Velásquez Vásquez se jacta de los asesinatos de más de 540 policías, 220 de ellos en Medellín, y de activar 250 bombas que dejaron miles de heridos y centenares de muertos desperdigados por todo el territorio nacional. Éste es otro ejemplo de los efectos nocivos de las redes sociales, donde cualquier Robin Hood, habla de “posverdad” con una gran capacidad de sesgo, deformación y encubrimiento, abusando de su poder de intimidación como ex miembro del Cartel de Medellín.

Las “verdades reveladas” por alias Popeye, poco o nada tienen de novedosas, son de público conocimiento y algunas están en curso de investigación por parte de la autoridad competente. De igual manera, esos lugares comunes sobre la corrupción están muy lejos de un lenguaje del perdón y la conciliación entre víctimas y victimarios. Tratar de imponer su visión por medio de “los fierros”, a los que hace alusión en uno de sus mensajes, resta cualquier credibilidad y de forma peligrosa, trae el ingrato recuerdo del asqueroso olor a muerte en la época aciaga del terrorismo y la guerra entre carteles, y el Estado Colombiano contra aquellos. Velásquez Vásquez se encuentra en libertad condicional. El derecho a su libertad de expresión, también, tiene un límite, en especial, cuando de forma explícita señala “tener en observación y vigilancia al concejal Guerra Hoyos”, a quien a reglón seguido trata de “miserable, porquería, un ser despreciable, sin honra,” etc. ¿Es necesario agregar algo más al respecto?

El alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, la policía y la fiscalía tienen en su poder, mensajes interceptados a miembros de poderosas bandas, las cuales advierten que, alias Popeye, presuntamente está entregando las coordenadas de los cabecillas del Clan del Golfo, los Gaitanistas y en particular, la hipotética ubicación de Carlos Chata, alias Tom, por quien las autoridades norteamericanas ofrecen varios millones de dólares para dar con su ubicación y posterior captura. El asunto no es de menor cuantía. El Gobierno Nacional y el Fiscal General saben que hay aproximaciones para la entrega de algunos miembros de esas peligrosas organizaciones criminales. La situación es álgida y resbaladiza. Los mensajes de textos y los chats, vía celular, van y vienen, mientras las estructuras se compartimentan y realizan trazabilidad a las supuestas delaciones de Jhon Jairo Velásquez Vásquez, alias Popeye.

Nota pie de página – Enfoque crítico. El porcentaje de pantallas que, aparentemente, están viendo un programa, Share, parece ser el parámetro para medir las urgencias inmorales de la audiencia, en detrimento del principio rector, ya desgastado, de educar, entretener, informar y promocionar la cultura. Conseguir dinero es la norma y el fin de los grandes medios de comunicación masivos, los cuales pertenecen a “los verdaderos dueños del país”.

Alias Popeye, con la colaboración de un séquito de taxistas, cobra 200 mil pesos por una entrevista de 15 minutos a los degenerados turistas extranjeros. Los conductores de servicio público obtienen su coima o comisión por cada encuentro exitoso con quien se autoproclama, el general de la mafia.