22 de abril de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Violencia e Indolencia

Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
28 de abril de 2017
Por Carlos Alberto Ospina M.
Por Carlos Alberto Ospina M.
Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
28 de abril de 2017

Por Carlos Alberto Ospina M. 

Algunos sujetos aprovechan el camuflaje que obtienen al pertenecer a un grupo cerrado y excluyente, para atacar cualquier código o forma de conducta que no coincida con su dialéctica de violencia verbal, física, sicológica y emocional. La problemática de las denominadas Barras Bravas, parte de asignar un emblema intimidatorio y un estatus a quienes carecen de cordura para exponer su fanatismo. A reglón seguido, la falta de autoridad y de drásticas medidas coercitivas ha originado, de forma equivocada, un intento de diálogo entre dos actores con objetivos diferentes: los Clanes de aficionados y las administraciones municipales. El enfoque es erróneo, porque esas agrupaciones de entusiastas, en infinidad de ocasiones juegan a dos bandas. Por un lado, integran las denominadas Mesas Pedagógicas y de Convivencia en el Fútbol, las cuales buscan soluciones a los constantes conflictos y violencia en los estadios. Por otra parte, son activos intimidadores a través de las redes sociales, en las tribunas, en las comunas, en los desplazamientos y en las sedes de los equipos. Se consideran ciudadanos de primera categoría con derechos prevalentes sobre los demás hinchas, logrando gabelas que rayan con la alcahuetería.

Nadie cuestiona la obligación de los gobernantes de velar por la sana convivencia y la armonía al interior de los recintos deportivos. Sería inadmisible descalificar las inversiones por más de 6 mil millones de pesos en cámaras de video con análisis biométrico en 3D, tal como los equipos instalados en la Unidad Deportiva el Atanasio Girardot de Medellín para el proyecto “Estadio Seguro”. Lo absurdo, consiste en tener que blindar una ciudad y un escenario con 166 cámaras y un software, Zerta, para identificar y cruzar información entre la Policía Judicial, el Inpec y la Fiscalía en relación con los asistentes a un partido de fútbol, pasando de la Esencia Lúdica del espectáculo, a la cacería de desadaptados, delincuentes, prófugos de la justicia, ladrones y demás infractores. No obstante, éstas ayudas tecnológicas, persisten los hechos vandálicos por fuera y al interior de los estadios. En la mayoría de los desórdenes, intervienen varios integrantes de las Barras Furibundas, con el agravante, que ampliaron su radio de acción a las redes sociales y al ámbito familiar de jugadores, directivos, periodistas y funcionarios públicos.

Por eso, hablo del lenguaje de la hipocresía, de actuar en el marco de la doble moral y las artimañas. ¡No hay derecho! Que estos Combos de agresivos asociales se abroguen el imperio de modificar el horario de un juego o digan que no permiten el ingreso de hinchas del equipo contrincante. Para colmo de males, las autoridades ceden a dichas pretensiones, génesis, de los posteriores desmanes, con el falaz argumento de la “celebración del cotejo en paz”. Esas prerrogativas desencadenaron en las ínfulas, las exigencias, la censura y hasta el chantaje, por parte de unos cuantos dirigentes de las Barras, quienes exigen, por debajo de cuerda, el otorgamiento de contratos  para  “la supervisión y la vigilancia del comportamiento de sus agremiados”, abonos gratuitos, patrocinios de eventos seudo culturales, pago de desplazamientos, tiquetes aéreos y manejo de la logística; entre una lista incontable de “pactos por la paz”, que lo no único que falta, es que también exijan hacer parte del bloque de constitucional de las acuerdos entre el Gobierno de Santos y las Farc.

¿Estigmatizar a las barras por unos pocos? De ahí viene el error de tanta laxitud e incertidumbre moral. Los castigos son simbólicos y las individualizaciones mínimas frente a una problemática social, no deportiva, de sujetos violentos, feroces e irrespetuosos de cualquier principio disciplinario. Están prohibidas las bengalas, las armas cortopunzantes y los alucinógenos; sin embargo, los siguen entrando en las narices de la policía. Las grescas se inician por fronteras invisibles o porque alguien se sentó en la tribuna sin ser miembro del ghetto, diría, área exclusiva de fanáticos. Las riñas germinan como burbujas jabonosas, cuando el licor y las drogas hacen mella en el cerebro de paranoicos, depresivos, sicóticos, alcohólicos y adictos. Los desmanes no son la excepción; todo lo opuesto, parecen ser la norma de muchos individuos que se disfrazan de aficionados al fútbol.

La reticencia oficial da risa. Clasificar los partidos de fútbol por categorías de riesgo, cuando el hecho de asistir a un estadio, de por sí, es un acto temerario. Las raíces del problema son más profundas al abarcar el ámbito familiar, educativo, social, cultural y laboral. Del mismo modo, incluye la esfera de las manifestaciones violentas, la disociación, el resentimiento ciudadano, las patologías clínicas, el regionalismo, la antropología del arraigo, la vanidad, la baja autoestima, el fanatismo, la marginalidad, los desórdenes mentales, la intolerancia y las estructuras delincuenciales, entre otros tópicos de carácter socioeconómicos. Ningún lugar del territorio nacional se salva de las animaladas de algunos miembros de las Barras. Su actuar violento no respeta espacio ni frontera. Puede ser: un parador en el Alto de Letras o el transitar por un troncal, el túnel de comidas del estadio de Manizales o las sillas del Pascual Guerrero, la zona rosa de Barranquilla o el Metro de Medellín, la comuna o el parque, el tatuaje o la bandera, el desconocido o la foto de Facebook, los ojos verdes o el toples rojo; en definitiva, cualquier situación es un pretexto para el accionar violento de quienes se enmascaran tras el remoquete de Hinchas Fieles.

La conciliación y el diálogo no pueden ser óbice para adoptar medidas y leyes más drásticas con el fin de contener a los vándalos con camisetas y escudos de equipos de fútbol. El efecto Pigmalión asociado a la pasión desmedida por el balompié está perturbando los objetivos y los proyectos institucionales de distintos equipos. Las presiones de las Barras Furibundas van desde las arengas y los cánticos de estímulos a los jugadores y al cuerpo técnico, hasta condicionar la continuidad de aquellos, en razón a la mano negra del fútbol o la ausencia de empatía con los mismos. Este tipo de Cofradía, en su círculo de relaciones y comunicaciones utilizan herramientas desleales, lanzan rumores en calidad de afirmación, cuestionan el manejo de las contrataciones de deportistas y tumban directores técnicos. También silban e insultan en la cancha a los jugadores jóvenes, en lugar de auparlos para que superen el miedo escénico que produce el debut o llevar la camiseta de un equipo grande. Algunos miembros de las Barras, siguen como borregos, los comentarios de mala fe de distintos locutores y periodistas deportivos, quienes no elevar el nivel de análisis u orientación, más bien, proceden a realizar una apología de los yerros y destruir a aquellos que no sean de su hilo de afectos, sobornos y prebendas.

La vehemencia y los códigos de conducta de los diferentes miembros de las Barras Furibundas deberían circunscribirse a la magia, la diversión, el goce, la sana adrenalina y el placer de disfrutar un partido de fútbol, desde la perspectiva de cada quien, lejos de la agresión y la destrucción de la vida.

Nota pie de página – Enfoque crítico. Los garrotazos, al parecer, los reciben las autoridades y las denominadas Barras Bravas. Llegará el momento en que los dirigentes de los clubes y los futbolistas profesionales tengan que parar el espectáculo, cesar actividades o hacer huelgas, a riesgo de multimillonarias pérdidas económicas, con el propósito de manifestar su inconformidad y rechazo total a la violencia. «No hay nada menos vacío que un estadio vacío. No hay nada menos mudo que las gradas sin nadie». Eduardo Galeano.