20 de abril de 2021
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Vidas para lelos: dimas y gestas

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
16 de abril de 2017
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
16 de abril de 2017

Óscar Domínguez Giraldo

No resucitaron al tercer día pero, bueno, murieron bien acompañados.

En vida, a Dimas le decían el buen ladrón. Era lo que hoy llamaríamos un “ladrón honrado”. Hurtaba  para saciar, siguiendo el mandato de los Proverbios (6,30). Lo que le hacía falta lo repartía entre los pobres. Fue la cuota inicial de Robin Hood. Siempre fue generoso con lo que no era suyo. Habría sido capaz de hacer la revolución con la plata ajena.

A Gestas, su colega de manos brujas, fáciles, robar se le había convertido en tic. Solo repartía lo que le sobraba. Allí estaba la diferencia de talante con su colega Dimas. A los que roban así, por inercia, les dirían después cleptómanos. Dimas era distinto. Tomaba las cosas en préstamo. Era de la familia del ladrón “que se había robado las llaves de la noche”.

Son los únicos ladrones recordados cada año en Semana Santa. Los cuatro evangelistas se ocupan de ellos. Ninguno los menciona por sus nombres. Después se supo que se llamaban así.

Dimas era un ladrón sin estrés.  Donde estaban las dracmas ajenas, allí estaba su corazón. Y sus manos: la izquierda, con la que robaba; la mano derecha la utilizaba para darle palmaditas en la espalda a quien le había robado. Pedía disculpas. Era su oficio.

Gestas, más mundano, alegaba que a sus hijos también les gustaba la ropa de marca e ir a la escuela. Con lo caros que estaban los ábacos… Quería que estudiaran para que no tuvieran que ejercer su arduo oficio de caco.

Más que ladrón, Dimas era un poeta con las manos. Con sus dedos habría sido un gran pianista. Tenía manos de voyerista. Con cierto arte, hacía cambiar las cosas de dueño.

Gestas robó en venganza por la cara de pocos amigos que le quedó para siempre después de un estornudo. Freud lo habría entendido, aunque se le robara el sofá.

Era tan bravo Gestas que en plena crucifixión le dio por regañar a Jesús. Hasta le exigió que los salvara a todos.

Dimas era un encanto de tipo. Era de los que agarraba el arpa en las fiestas y arrancaba a cantar. Su truco favorito para que le mantuvieron la copa llena. Al final, se iba a dormir con la más casquifloja. Era “todos los domingos del año”, como decían de Chaplin.

Preferían no pisarse las mangueras. El oficio de ladrón también tiene su ética. Y su estética. Eran colegas, pero no trabajaban en llave. De pronto juntaban la plata para irse de parranda. Eso sí, cuando la suerte no sonreía al uno, el otro le prestaba. Luego no se pagaban la cuenta: ladrón que roba a ladrón…

Fueron a dar juntos al Calvario, al lado de Jesús, porque, sin proponérselo,  el viernes que los colgaron, coincidieron en sus pilatunas en casa de Pilato.

Los pillaron con las manos en la túnica de varios escribas. Se les fue la mano en tratar de pescar en río revuelto. Y por allí derecho los tiquetiaron para la crucifixión. Como robaban de día les cayó el Éxodo encima (22,2): el que robe de día «será reo de homicidio».

Dimas es el patrono de los carteristas decentes de antes: aquellos que aligeraban con delicadeza al dueño de su billetera sin que se diera cuenta. Si se daba cuenta, le ofrecía disculpas y hasta lo invitaba a almorzar.

Encarnaban dos escuelas distintas unidas por el cordón umbilical del amor por lo que era del prójimo.

Al final, los dos se salvaron. Dimas silenció a Gestas convenciéndole de que en el cielo había mucho pobre con plata y mucho rico sin ella.  Logró que Jesús les perdonara sus blasfemias. Ambos andan arriba haciendo bellezas.