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SUESCUN

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
28 de abril de 2017
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
28 de abril de 2017

Víctor Hugo Vallejo 

Murió muy joven a los 80 años. Su mente estaba tan lúcida, sus ideas tan frescas y renovadoras, su mirada tan cierta en lo nuevo y tan alejada de lo antiguo que su edad siempre corrió en vía contraria a lo que le iba pasando en el cuerpo como peso del paso de los años. Estaba más joven que nunca. Todos los que lo conocieron y tuvieron contacto personal con él, siempre hablaron de que cada vez lo encontraban más rejuvenecido y lleno de pensamientos novedosos que exponía con enorme lucidez.

Si la composición biológica de los seres vivos no se desgastara con el tiempo, este hombre tendría que haber vivido otros mil años. Es que nunca fue viejo. Siempre fue joven. Sus ideas se renovaban con cada hora. Tenía muchas ideas a la vez y demasiados planes para sacar adelante. Su intelecto iba por el lado nuevo de la vida. Su cuerpo le jugaba la mala pasada de que iba con la fuerza de la naturaleza por el mismo camino de fenecimiento que todos llevamos consigo. Y el 14 de abril ese cuerpo le dijo que hasta ahí traía esa mente. Cuando estaba más joven.

Nicolás Suescún, uno de los grandes poetas colombianos del siglo XX, el gran traductor del francés y el inglés, en ambas vías, de esos idiomas al español y de este a esos idiomas con autores colombianos a quienes hizo conocer en el exterior como es el caso  de Raúl Gómez Jatin, a quien tanto admiraba por la profundidad de sus versos, el director de la Revista Eco que le dio la oportunidad a nuevos literatos colombianos como Oscar Collazos  para que comenzaran a dar a conocer sus obras, el brillante jefe de redacción de la Revista Cromos durante varios años, cuando las revistas tenían más contenido  y menos liviandades de extensas crónicas que hablan de los cinco minutos de embarazo de la actriz que debuta con un papel no protagónico, pero luce una figura espléndida,  el diseñador gráfico  que ideaba dibujos que fuesen capaces de transmitir sustancialidades, no meros anuncios de atracción visual, se fue  de la vida en pleno abril, cuando le faltaban 21 días para arribar a 80 juveniles años.

No fue precoz para escribir. Siempre fue sumamente exigente con cada palabra y solamente cuando adquirió la madurez suficiente se atrevió a llevar a las letras sus ideas, todas ellas pensadas y re pensadas de tal manera que las expresiones fueran las precisas. No es el escritor de quien puede decirse que a los pocos años de edad se dedicó a producir obras de gran contenido. Primero se maduró en la lectura profunda de toda clase de autores, pues el camino del conocimiento lo inició apenas descubrió la gran alegría de saber leer.

Nicolás Suescún nació el 5 de mayo de 1937 en Bogotá, donde se le acabaron los días físicos el 14 de mayo de 2017, luego de haber llevado una vida de constante dedicación a la literatura, la mejor literatura, pues apenas pudo aprender a leer a muy corta edad en el Colegio de La Presentación de las Hermanas de la Caridad, una tarea esencial fue comenzar a leerle a su abuelo ciego  “Don Quijote de la Mancha”, de cuyo contenido se enamoró. Era la excusa de consolidar su relación con el abuelo, pero por encima de todo la oportunidad de aferrarse a lo que fue su vida entera: los libros. No podía entenderla sin tener a mano uno o muchos libros. Nunca supo cuantos leyó. Lo hizo en español, inglés y francés.

Cierta vez contó que fue feliz durante diez días que estuvo preso en la cárcel La Modelo, por haber girado unos cheques sin fondos. Fue feliz porque no hacía nada, tenía comida y dormida y tuvo todas  las horas disponibles para leer. No le gusto mucho que le dieran libertad.

En su casa no había muchos libros. No habían muchos recursos económicos, ni muchas ganas de su padre de “malgastarse la plata” en libros. Se leyó los pocos que había. Se iba a la Biblioteca Nacional, en la calle 24 con carrera 5, leía los que podía en un día, solicitaba otros prestados y circunscribía su vida al saber, una manera bien diferente a lo que podía hacer un niño de su edad. Ese era su mundo.

Cuando tuvo en sus manos unos pocos pesos sólo pensó en comprar libros. Se iba a las librerías del centro de Bogotá, miraba y miraba, se quedaba leyendo algunas páginas, miraba el precio y se decepcionaba de que ese libro tan bueno que hojeaba no pudiera ser suyo. Compraba los más baratos, especialmente aquellos de segunda.

Cierta vez, en una librería de la calle 15 se encontró con  “El concierto  de Juan Alfonso de Baena”, un cancionero de poetas en español  del siglo XIV. No resistió el dolor de mirarlo, leer algunos versos, cerrarlo, ponerlo en el estante. Seguir caminando por entre libros. Volver al cancionero. Volver a leer otros tantos versos. Seguir mirando otros libros. Hasta decidir vigilar al librero para saber de sus movimientos, calcularlos y tener el instante preciso en que saldría apurado, sin correr, con el cancionero debajo del brazo, tarea nada fácil, pues era un libro grueso, de 750 páginas. Salió a paso afanado por la carrera 8. Ya estaba sin aire, por la huida y el peso del libro para alguien tan joven. Miró hacia atrás. Nadie lo perseguía. Paró. Descansó. Tomó aire y siguió hasta su casa, donde en días y noches continuos se devoró el poemario, del que dijo en alguna entrevista reciente, que aún tenía en su biblioteca.  Y ese no fue el único hurto de libros que haya reconocido. Hubo otros.

Hizo estudios universitarios en filosofía y literatura. Luego fue a Estados Unidos y Francia donde  hizo mayores profundizaciones en la academia. Trabajó en distintas oficinas, donde se aburría a morir por la ausencia de lecturas ciertas. Hasta en bancos trabajó, que debe ser la mayor rutina económica de saberse manejando muchos millones ajenos.

Los libros  los combinaba en su vida con el cine. Cada que podía se iba a ver cine de toda clase.  Especialmente aquellas cintas que tuviesen fundamento argumental  en los grandes autores de la literatura universal.

Siempre sostuvo que la mayor influencia literaria  la tuvo de Fedor Dostoievski, de quien le impresionó la profundidad humana con  que asumía el autor ruso a todos y cada uno de sus personajes. De cómo los explicaba desde adentro, para hacerlos amar u odiar del lector.  Fue fundamental en su formación intelectual y en su conducta como ser humano. Fue el gran amigo de sus amigos y no hizo motivos para tener enemigos, pues estaba lejos, muy lejos de las vanidades que llegan con el prestigio. Su prestigio se lo gastaba  en seguir investigando, estudiando, leyendo.

Su obra se resume en: 4 libros de cuentos, de lenguaje contundente, preciso, concreto y claro, ceñidos a la realidad de lo que contaba en lo que por encima de todo estaba el hombre y su ser. El primero lo publicó en 1971 y el último en 1996; 7 libros de poesía, el primero de ellos en 1986, cuando tenía 49 años  y la madurez intelectual para no cantar las mismas expresiones de romance por las que es común que comiencen los poetas, él siempre fue a lo concreto, a la realidad, que la cantó con su dureza;  2 novelas completan su producción. La primera “Los cuadernos de N”, en 1994, en la que en un lenguaje  sobrio, escueto y pesimista va dando cuenta de lo que dice N, de cómo vive, de lo que es real y de lo que no es real. Una novela que enamora a los jóvenes que encuentran en ella lo que no es o lo que es.  Suescún la presentó siempre como una contra novela.  Llama la atención en su estructura de lenguaje, la enorme economía de vocablos, llevados al mínimo que sea capaz de describir las situaciones.  La segunda fue “Opiana” en 2015, sin mucha repercusión.

La esencia de Suescún se encuentra en su poesía, en la que es capaz de decir verdades durísimas con palabras precisas. Reclamar un diálogo imposible con el padre, lo pone en versos así:

“Con usted no puedo hablar de nada

a pesar de que mis ojos

y mi nariz sean suyos

-eso me han dicho-

o de que yo haya sido

su mayor imprudencia

-me lo han dado a entender-

y de que en cierto modo

sea usted quien camina

-soy yo quien lo sospecha-

cuando voy por la calle”.

No es necesario decir más para lograr entender que fue una relación en la que las muchas palabras que tenía el poeta a la mano, no encontraban respuestas en los grandes y graves silencios de su padre.

El sarcasmo y el humor negro no le fueron ajenos en un país en el que han cabido siempre los más grandes contrastes:

“¡ Que dicha vivir en este país tan bello

donde la gente ama tanto los toros

-y la sangre en la arena-

 

¡ Que bella la sangre, tan roja ¡

 

¡ Que bueno vivir aquí

donde los policías juegan a la ruleta rusa

no apuntando el revólver

hacia su propia cabeza

sino hacia la cabeza de los adolescentes,

donde los asesinos ríen al matar

y acumulan cadáveres

que tiñen los ríos de púrpura

y nos cubren con velo bermejo ¡
¡ Que hermoso país es este

con tantos matices del rojo,

aunque la sangre con el tiempo

se vuelve negra, y aunque nuestras fiestas delirantes de alegría

las presida y clausure

el esqueleto del capuchón y la guadaña ¡”

Un retrato que habla de tantas cosas que pasan por los días de los colombianos, en ocasiones sin que las miremos o en otras con rostros de sorpresa, dolor o nostalgia.

Esa constante violencia que ha caracterizado la historia del país no podía ser ajena a la sensibilidad profundamente racional de un poeta con muchos tintes de filósofo. No dudó en cantar:

“ Jamás tantos muertos

rondaron la casa de los vivos,

jamás tantos vivos

habitaron la casa de los muertos.

 

Nunca se oyeron tantas voces,

nunca tanto silencio,

nunca se fue al traste tanta cosa,

y se pudo más y se hizo menos.

 

Siempre que hemos vivido tanto tiempo

que uno ya no se pregunta que sería de la tierra

sin el peso gravoso de los hombres

y que sería de los hombres sin la tierra.
Ahora son las diez de un martes o de un muerto

y mi sangre corre, como la de los vivos

a dieta de sopas de sangre de sabores diversos

y huesos enlatados, cadáveres en polvo

todo el corpus delicti de la A a la Z”.

Hizo de la palabra la razón de vivir. Vivió entre las palabras desde siempre. Nunca escribió nada que previamente no estuviese lo suficientemente razonado, Como para dejar una poesía adulta, seria, responsable, real, ajustada a la vida misma, a pesar de la enorme juventud que siempre estuvo en su intelecto y que el cuerpo le traicionó  el 14 de abril, cuando estaba tan cerca de esos juveniles 80 años de vida bien leída.