11 de abril de 2021
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MOCOA, UNA TRAGEDIA GLOBAL

2 de abril de 2017

Una vez más las fuerzas de la naturaleza causan una tragedia en Colombia. Más de 200 personas murieron por la avalancha que arrasó una parte del casco urbano de Mocoa luego de una torrencial lluvia que produjo el desbordamiento de varios ríos y quebradas. Las escenas eran dantescas ayer en la capital del Putumayo, en donde todo era dolor y desolación. La dimensión de la catástrofe sólo se conocerá cuando termine la remoción de toneladas de lodo, piedras, troncos, escombros y demás material que fue arrastrado por la fuerza de las aguas. Lo que sí está claro ya es que a la par de las decenas de pérdidas de vidas humanas y una gran cantidad de heridos, la infraestructura vial, energética y de servicios públicos sufrió graves daños que no será fácil reparar en el costo plazo.

¿Su pudo haber evitado la tragedia? Esa es la pregunta que siempre surge cuando una inundación, derrumbe, avalancha y otro fenómeno asociado a la naturaleza, pero con margen de acción para mitigar el riesgo, se produce en el país. En principio habría que decir que las alertas tempranas funcionaron, pues algunas autoridades locales dicen que se alcanzó a dar aviso a muchas personas de los barrios afectados para que salieran de sus casas y se pusieran a salvo. Sin embargo, fue tal la cantidad de agua que cayó sobre la ciudad y sus alrededores que no sólo se rompieron los récords históricos de pluviosidad, sino que hizo imposible evacuar a tiempo los sectores en mayor riesgo.

Ahora bien, es claro que los planes de prevención y atención de emergencias tanto en Colombia como en muchas partes del mundo tienen que ser constantemente ajustados por cuenta de los efectos del cambio climático. Los niveles de riesgo de la población ante contingencias de la naturaleza como inundaciones, deslaves, incendios forestales y otros eventos son progresivamente mayores por cuenta del desequilibrio que está causando el calentamiento global. Cada vez son más impredecibles las variaciones climáticas, como lo prueba el hecho de veranos que marcan records en materia de calor, e inviernos en donde el volumen de las lluvias no tiene antecedente.

Es precisamente allí en donde entran en juego las estrategias de adaptación al cambio climático, que son un conjunto de redefiniciones de los mapas y tipologías de amenazas a que están expuestos los habitantes de determinada región, con la correspondiente reformulación de los planes de contingencia para prevenir emergencias o mitigar el daño posible.

Por ejemplo, días atrás el Ideam reveló un mapa actualizado de la amenaza por inundación a nivel departamental y municipal. De acuerdo con dicho estudio, cerca de 12 millones de colombianos están en riesgo por esta causa ya que las zonas inundadas periódicamente alcanzan un 12 por ciento del territorio nacional, pero en épocas lluviosas ese porcentaje se eleva a un 28 por ciento. Esto significa, según esa entidad, que el 28 por ciento de la población está expuesto a un alto potencial de inundación y el 31 por ciento a una amenaza alta y media por movimientos en masa, asociados a crecientes súbitas.

Igual puede decirse en torno a las zonas con mayor riesgo de derrumbe, ya sea por fenómenos asociados a la deforestación, uso del suelo o incluso a la urbanización desordenada y tugurial que día tras día crece en el país, sobre todo en las áreas periféricas de ciudades grandes o intermedias.

Es claro que tragedias como las de Mocoa difícilmente se pueden prever y ello, precisamente, es lo que hace más urgente ajustar la estrategia de adaptación al cambio climático en Colombia. No hay que olvidar, por ejemplo, que la temporada invernal, que apenas arranca, no está impactada por un fenómeno climático excepcional como el de la Niña, a diferencia de años anteriores en donde sí se registró tal circunstancia, sin que por lo mismo se produjera una catástrofe como la de la capital del Putumayo. Pero lo cierto es que la sola noche del viernes llovió en esa ciudad el equivalente al 30 por ciento de lo que normalmente se presenta en un mes. De esa dimensión es el desorden climático al que estamos expuestos en el país y todo el planeta.

Por lo mismo un alto funcionario de la ONU advertía ayer, en relación a lo que pasó en Mocoa, que el cambio climático provoca «resultados tremendos» en los desastres naturales, sobre todo desde el punto de vista de su intensidad, frecuencia y magnitud. Precisamente por ello es que los gobiernos deben determinar las mejores arquitecturas institucionales con el fin de que las comunidades tengan herramientas más eficaces para enfrentar y prevenir este tipo de eventualidades.

Visto lo anterior, es evidente que Colombia, al ser uno de los países con mayor vulnerabilidad a los efectos devastadores del cambio climático (la semana pasada se denunció que apenas quedan 37 kilómetros cuadrados de glaciares y que estos podrían desaparecer en menos de 30 años), debería redoblar esfuerzos para que los planes de adaptación a este fenómeno se aceleren en su implementación y tengan una constante revisión de niveles de riesgo potencial. No hacerlo, a lo único que llevara es a que, lamentablemente, tragedias de la dimensión de la registrada en Mocoa se tornen más frecuentes.

EDITORIAL/EL NUEVO SIGLO