MATIZ

Víctor Hugo Vallejo

Tenía 23 años y un deseo inmenso de ver el mundo con sus propios ojos, pero verlo de cerca, recorriéndolo poco a poco, sin afanes, pudiendo hacer tomas fotográficas a la salida del sol, cuando este estuviera en su punto más alto, cuando se oscureciera, con luna llena, con media luna, sin luna. Con mucha luz, con poca luz. Ir mirando todo, pero especialmente a la gente, sus rostros, sus expresiones naturales, sin pedirle a nadie que le posara, sencillamente tomando fotos que iba guardando en sus rollos a blanco y negro, sin saber en el momento del clic si habían quedado bien o no. Sería la sorpresa, positiva o negativa, del laboratorio de revelado, cuando comenzara a ver a trasluz de las lámparas lo captado. Las fotos apenas iban en su imaginación. No las veía hasta mucho después.

Todo lo fotografiaba en forma espontánea. Había aprendido que no se trata de sorprender al espectador, sino de hacerle conocer la misma realidad que su ojo había percibido a través de un lente de cámara de fotografía, que debía obturar conforme a la disposición de luz que tuviera a mano, tratando de usar lo menos posible la ayuda de luces artificiales o destellos de flash.

Ya eran diez años de estar pegado a una cámara de fotografía, desde cuando lo hizo por primera vez y a un gran periodista le impresionó la oportunidad de captación del suceso, al punto de atreverse a aconsejarle que dejase a un lado la tinta de los dibujos y las caricaturas y explorara ese mundo de la imagen real que se iba perfeccionando en la medida en que la tecnología avanzaba a pasos acelerados hacia la posibilidad más inmediata de poder guardar en imágenes todo lo que pasaba en la existencia de los seres humanos.

No fue fácil desprenderse de la plumilla que debía introducir constantemente en el frasco de tinta para dibujar figuras en las que sin desvirtuar lo que quería transmitir, lo hiciera con un estilo personal y con el contenido sutil de la crítica acerva que lo es más cuando es sobreentendida. Del dibujo y la caricatura se había nutrido desde cuando decidió que no tenía ni la disciplina, ni las ganas, ni la vocación para irse a los bancos de una Universidad a escuchar tantas repeticiones del mundo del saber, pero tan pocas provocaciones para ser creador. Lo suyo era crear. Y no estaba dispuesto a irse en el mismo tren de repeticiones que se convierten en saberes de muchas cosas que otros han dicho, pero que nada ofrecen como oportunidad de ser creador. El miraba el mundo mucho más allá de las repeticiones y no se quería repetir nunca.

Cuando Enrique Santos Montejo, “Calibán”, lo llamó a su despacho de jefe de redacción del diario El Tiempo, a felicitarlo por la calidad de la foto que le habían publicado en la edición de ese día y le dijo que valdría la pena que ensayara a ser reportero gráfico del diario, para lo que se le dotaría del correspondiente equipo, no dudó un solo segundo en aceptar la sugerencia. Vio la vida entera en fotos a blanco y negro. . Había llegado como dibujante y caricaturista. Era reconocido. Se codeaba, con su gran juventud, con figuras de la intelectualidad bogotana. Avanzaba la década del treinta del siglo XX. Iba por buen camino. No lo pensó dos veces. Aceptó el consejo del veterano periodista, le hizo caso a su enorme intuición de reportero nato y se fue convirtiendo poco a poco en fotógrafo, aprendiendo por su propia cuenta los secretos del oficio y en especial consagrándose al pleno conocimiento de las características técnicas de los equipos que iban llegando al mercado. Lo aprendió todo en fotografía. Supo que debía partir del principio de estar “en el momento preciso”, no antes, no después, que alguna vez formulara André Bresson. De ahí dependería su éxito o su fracaso. Nunca tuvo duda que sería lo primero.

El mundo que salió a buscar desde Santa Marta, cuando decidió irse a detectar la vida, iba apareciendo y era mucho más amplio de lo que lo había imaginado. Sería el universo entero el que debería quedar en sus registros. Iría hasta donde fuese necesario para captar la imagen buscada, sin imposturas, sin poses, sin prefabricación de escenas, sin montajes, sin retoques, sin artilugios, sin engaños.

Con los caminos recorridos y las imágenes captadas se iría conformando su carácter fuerte, innegociable que determinaba las circunstancias de su trabajo y no admitía acomodaciones y/o modificaciones de terceros. Lo que hacía ,lo hacía a su manera. Era la de él. Si lo buscaban a él, era para aceptar lo que hacía, no para ponerlo a hacer lo que los demás querían. Lo de ver era como él lo veía.

Se llamaba Leo Matiz, el reportero gráfico más importante en la historia del periodismo colombiano y un verdadero artista tras la lente fotográfica, con la que registró el mundo entero, yendo de un lado para el otro, no dejándose sorprender de nada, simplemente conociendo, mirando, captando, haciendo clic y luego llevando esas impresiones al laboratorio de donde salían grafías que eran capaces de hablar por si solas, sin darles explicaciones adicionales, en atención a aquel viejo criterio de que una buena imagen vale más que mil palabras.

Había nacido Leonardo Martínez Espinoza, en un caserío llamado Rincón Guapo, del Municipio de Aracataca, en el Departamento del Magdalena, el primero de abril de 1917, en el hogar conformado por Julio Martínez y Eva Espinoza, quien fue la encargada de darle las primeras instrucciones educativas, hasta cuando se hizo necesario formalizar la academia, yendo a la escuela pública en Ciénaga, avanzando hasta en lo posible y el límite de escolaridad, viajando luego a Santa Marta para recalar en el Liceo Celedón, de donde se hizo bachiller. Desde niño era diestro con el lápiz y capaz de reproducir todo lo que veía a su paso. No sólo lo reproducía, podía, también, distorsionarlo para dejar un mensaje gráfico de opinión, con lo que descubrió la caricatura, siendo objeto de sus primeras expresiones en este sentido sus docentes.

Con el lápiz en la mano y un papel en blanco era capaz de construir un mundo, el que quedaba en sus retinas. Sus padres y profesores le orientaron hacia diferentes profesiones, pero ninguna de ellas era capaz de satisfacer sus ansias de creación. Para él el mundo no era de reproducciones, sino de creaciones. Buscaría la vida con esa gran facilidad de transcribirlo todo desde la tinta.

Muy joven se fue a Bogotá, buscó trabajo en El Tiempo como dibujante y caricaturista y tuvo la aceptación de quienes de alguna manera dirigían la opinión pública, hasta que le dio por tomar una foto en la calle, la enseñó en el diario, la publicaron, la vio el jefe de redacción y de ahí en adelante se comenzó a forjar el gran fotógrafo.

Entendió desde el comienzo que para retratar al mundo era necesario vivirlo lo más cerca posible. Por eso en 1940 decidió irse a pie para recorrer todo Centroamérica e ir hasta México, donde se quedó por varios años. Allí estuvo hasta 1947. No se metió a las academias a aprender fotografía, se pegó de los grandes maestros del arte gráfico y fue así como trabajó al lado del cineasta Manuel Álvarez y del gran fotógrafo Gabriel Figueroa. Este fue, en esencia, su gran guía en el manejo del blanco y negro en la fotografía.

De allí se fue a Estados Unidos. Se quedó en Nueva York y la Revista Life, que se publicaba en varios idiomas, sabía de su capacidad gráfica, como que en 1945 en México lo habían declarado el mejor reportero gráfico del año. . Lo vinculó y lo envió a muchos lugares del mundo donde se daban acontecimientos que quedaron plasmados en la gran oportunidad visual de Matiz. Un día, en abril de 1948, lo enviaron a Bogotá a cubrir el desarrollo de la IX Conferencia Panamericana y se encontró de frente con uno de los movimientos más representativos de la eterna violencia que ha vivido Colombia, el 9 de abril, cuando mataron a Gaitán y se armó el denominado Bogotazo, del cual existe el mejor registro gráfico en los archivos de Life, pues en sus calles, durante muchas horas continuas, su reportero se paseó haciendo repetidamente clic, captando el horror, el miedo, el silencio, el dolor, la muerte, la sangre, mucha sangre. Siendo un corresponsal extranjero, cubrió en su país uno de los sucesos más determinantes en la historia nacional.

Como reportero gráfico mexicano vivió un hecho inolvidable para el mundo occidental, como fue la liberación de Paris el 25 de agosto de 1944, cuando las tropas alemanas fueron objeto de expulsión y hubo el regreso de la autonomía de los galos, que habían sido humillados ante la cobardía de muchos de sus dirigentes que se plegaron a las ideas imbéciles de un loco que se pensaba dueño del mundo y que casi se hace dueño de verdad, de no ser por la lucidez de seres como Churchill y De Gaulle.

Luego iría como observador de la ONU al medio oriente, para saber del conflicto entre judíos y palestinos. Ambos bandos lo tuvieron retenido y privado de su libertad. Finalmente lo salvó su calidad diplomática.

En su tiempo de vida en México hizo un mundo gráfico de una de las figuras más atractivas en la historia azteca: Frida Kahlo. A ella la retrató en todas las poses, si así puede denominarse, el haber captado con su lente, en blanco y negro y en bellos colores, toda la belleza y el enigma que esta dama irradió, irradia y seguirá irradiando por siempre jamás. Con fotos de ella existe uno de los 13 libros que entre 1951 y 2006 publicó Matiz, con todo el trabajo gráfico, especialmente aquel con referencias etnográficas, de las que se apoderaba con la facilidad de quien es capaz de convivir con comunidades humildes, en sus mismas condiciones y sin andar en plan de descubrir nada, simplemente retratando la realidad.

En México también vivió la amarga experiencia del enfrentamiento con el muralista David Alfaro Siqueiros, quien en su mural “Cuauhtémoc contra el mito”, usó imágenes de fotos tomadas por Matiz, por lo que este lo demandó por derechos de autor, a lo que el irascible pintor mexicano reaccionó con insultos y mandándole a quemar su laboratorio de fotografía. Fue una pelea de artistas que trascendió las fronteras.

Leo Matiz se integró plenamente a los movimientos de los grandes artistas del siglo XX de Colombia y América. Fue un excelente amigo del escritor Álvaro Mutis, con quien compartió muchas ideas, reuniones, tragos y sueños. Tanto como que Matiz hizo a Mutis padrino de bautizo de su hija Alejandra. Cuando el novelista era el jefe de relaciones públicas de la Esso en Colombia, el fotógrafo era Matiz.

Por Mutis se supo que Matiz nunca negoció el precio de su trabajo. Cuando le encargaban alguna obra o cubrimiento periodístico, fijaba una cifra en dinero. No admitía negociación alguna. Si le pedían rebaja, decía no lo hago. Y no había fuerza humana capaz de moverlo de esa negativa. O le pagaban lo que pedía o no contaban con su genialidad como fotógrafo.

Su obra está regada por el mundo, en museos, universidades, bibliotecas públicas y privadas y en los archivos de los grandes medios de comunicación masiva. Ya son obras de culto. Identificar una obra gráfica de Matiz es tan simple como analizar la naturalidad, la transparencia, la espontaneidad y la ausencia de pose de la figura para saber que es del cataqueño.

El pasado primero de abril se cumplieron 100 años de su nacimiento. No hubo el enorme despliegue mediático que procura hoy día la muerte accidental de cualquier cantante de moda, pero la obra gráfica del maestro Leo Matiz, que un día se fue a pie a fotografiar el mundo, está ahí, como ejemplo de lo que es y debe ser el periodismo gráfico. Los grandes no son estrellas de farándula, son seres inmortales. Por creadores.