FONTUR 2016
Hombres que miman su carro

 

Óscar Domínguez Giraldo

“Yo soy yo  y mi cachivache”, proclaman. Aceptan un mundo sin mujeres, sin celular, sin trago, sin democracia, sin viento, sin dudas. Pero no conciben la vida sin su carro que convirtieron en prótesis. En su otro yo, o alter ego que llaman.

Detestan los días sin carro. Ese día quedan sin norte, sur, oriente, ni occidente.

Le dan al vehículo tratamiento de mujer fatal. O de amante.  Lo miran como si fuera la primera novia. O la última. O la mujer del prójimo. O  su prójimo. O todas las anteriores.

Los hay que aman tanto su carro que gustosos lo invitarían a almorzar. O a un motel. Solo les falta morderle la oreja a su  “particular”. O llevarlo a azotar baldosa (bailar).

Lo limpian de vez en cuando a toda hora. Si no están con él, sueñan con él. Si no lo sueñan, lo sospechan todo el tiempo.

Muchos le tienen babero (carpa) para preservarlo de la lluvia, del sol. De la noche, del día.  De las miradas ajenas. Y obscenas. De los ladrones. De aquella gente que “primero se enriquece y después se honradece”. Sufre un rayoncito, algún pájaro viajero se extrovierte fisiológicamente sobre el capó y quedan de cardiólogo. Llaman a la policía.

Dan gracias cuando se dispara la  alarma del vehiculo en la madrugada. Lo interpretan como un feliz pretexto para recordar que no están solos entre los siete  mil millones de terrícolas. No, tienen carro. No importa que se despierte el vecindario con la alarma que suena y suena.

En la mañana, cuando se le acercan por primera vez, lo miran con curiosidad de paleontólogo. Entonces dan gracias a Dios por existir. Si son ateos, les agradecen a todos los dioses.

Observan si las cuatro llantas con las que lo dejaron anoche, antes de quedar en brazos de Morfeo,  están en el lugar adecuado. De paso le echan una mirada al kilometraje. Sospechan que de pronto su carro les puso  cuernos de noche y se fugó con algún Ferrari o con un Jaguar de mejor familia.

Ojalá no tuvieran que usar nunca el cacharro, mantenerlo virgen de caminos. Le dan tratamiento de osito, de mascota.

Miran su carro de cerca. Y como aprendieron que una obra de arte se aprecia mejor de lejos, toman distancia para admirar su posesión. Como si fuera la Mona Lisa.

Odian los aguaceros que estropean la lavada más reciente. Invierten semestres de su vida en mimarlo. Mientras lo polichan, que no falte el radio sintonizado ruidosamente en el FM de sus afectos.

Muchos consiguieron novia, mujer, hijos, nietos, gracias a su armatoste.

Si agarran  un hueco le mientan la madre a los últimos 20 alcaldes.

Quedan extasiados ante cada pieza que van embelleciendo: las puertas, el timón, el cigüeñal, el “pienso luego exosto”, el parabrisas. Encuentran erótico mirar su carro por debajo, con ojos golosos de Don Abundio.

Les preocupa que el aparato sume kilómetros. Asumen que es una lánguida forma de envejecer que no aceptan.

Cuando lo llevan al taller, llaman cada diez minutos al mecánico residente para preguntar por él. Si el aparato tiene que pernoctar en guardería (garaje) ajena, sobornan al celador para que les suministre partes tranquilizadores a lo largo la noche.

No le niegan nada: un cambio de aceite, una “liposucción” vehicular,  líquido para frenos. Un trasplante de motor. Si las pestañas (parabrisas) empiezan a titubear, las cambian, así sea en la informalidad del semáforo. ¿Que son robados los parabrisas? Doctores tiene la santa madre iglesia…

Sacan revólver, mínimo, cruceta, si alguien le pita en la nuca a su vehículo.

Por poco mandan su carro al jardín infantil. Les gustaría que los enterraran con él. Sus mujeres se contentarían con la millonésima parte de tantos arrumacos.   (El Volombiano)