Escala de valores (8): La oración

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*) 

Jesús oraba mucho, sobre todo en la noche o en la madrugada (Lc 6, 12), “cuando todo estaba muy oscuro”, y en lugares solitarios, para estar a solas con Dios, su Padre (Mc 1, 35). Oraba a cada momento, como también les pedía a sus discípulos que lo hicieran (Lc 21, 36). Era un ser orante, en comunicación permanente con Dios, que es lo que espera igualmente de cada uno de nosotros. La oración es el siguiente y último peldaño que debemos subir.

“Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20), nos dice Jesús no sólo para ratificar su condición divina sino para indicarnos cómo la oración es la manera de hacer realidad esa presencia efectiva de “Dios con nosotros”. Al orar estamos con nuestro Creador, con nuestro Padre, cuya omnipotencia es puesta así al servicio de nosotros, sus amados hijos. Veamos cómo.

La oración nos sirve para alejarnos de la tentación, del pecado, según lo declaró el Maestro (Mt 26, 41) en Getsemaní, donde manifestó asimismo que su encuentro personal con Dios nos permite superar incluso el temor a la muerte, a los peores sufrimientos, y nos sirve para sacar el mal o expulsar demonios (Mt 17, 21), pero especialmente para obtener lo que pedimos, lo que necesitamos por imposible que parezca, confiados en que así se repitan muchos de los milagros que narran los evangelios al darnos buena salud, mejorar las condiciones económicas, gozar de la armonía familiar, laboral, etc.

La oración de petición, en efecto, fue sobre la que más recalcó Jesús en sus predicaciones, según es fácil confirmarlo en múltiples pasajes. Y aunque orar no sea sólo pedirle a Dios –porque también debemos alabarlo y darle gracias, por ejemplo-, esto sin duda es algo esencial al diálogo íntimo con nuestro Padre.

De hecho, no es preciso decirle a Dios qué necesitamos, pues Él lo sabe por su conocida omnisciencia o sabiduría. En la oración, además, estamos en su presencia y Él, que nos conoce mejor que nadie, como ni siquiera nosotros mismos nos conocemos por ser obra suya, escucha nuestras peticiones sin que las hayamos pronunciado. No obstante, el llamado cristiano en este sentido es a no multiplicar las palabras en el momento de pedir, o sea, no hacer una lista interminable de peticiones, ni mucho menos repetir y repetir oraciones en forma mecánica, “como loros”, cosa que por desgracia es bastante usual entre los creyentes (Mt 6, 7).

De todos modos, Dios nos da lo que pedimos. “Todo lo que pidan al Padre en mi nombre, Él se lo concederá. Pidan y recibirán” (Jn 16, 23-24), nos dice Jesús, aclarándonos de inmediato que dicha generosidad es el resultado obvio del amor, el amor del Padre a nosotros, sus hijos. “¿Quién da una piedra a su hijo –se preguntaba- si le pide pan?” (Mt 7, 7-11).

Y hay que pedir con insistencia, hasta el cansancio, una y otra vez, sin desanimarnos porque nuestros deseos aún no se hayan cumplido. “¿Dios no les hará justicia a sus elegidos si claman a Él día y noche?”, interrogaba Jesús tras narrar la parábola de la viuda que de tanto suplicar al juez fue atendida, recibiendo justicia (Lc 18, 1-8). Hay que pedir, pedir y pedir, hasta que se concedan nuestras peticiones, pero pedir siempre con fe, con una confianza tal que hasta creamos haber recibido ya cuanto pedimos en la oración. “Todo lo que pidan en la oración, crean que ya lo han recibido y lo tendrán” (Mc 11, 24), leemos en el Evangelio de San Marcos.

En verdad, hay otras condiciones que Jesús identifica para que la oración sea efectiva. En primer lugar, tener recogimiento espiritual, encerrándonos en nuestras habitaciones si es preciso, para compartir los secretos con nuestro Padre (Mt 6, 6); de igual manera, orar en el templo, que es casa de oración por ser la casa de Dios (Lc 19, 46), y ante todo perdonar a quienes nos han ofendido, sin lo cual tampoco Dios nos perdonará: “Cuando se pongan de pie para orar –advertía-, si tienen algo contra alguien, perdónenlo para que Dios los perdone” (Mc 11, 25). Al fin y al cabo la oración –recordemos- es entrar en contacto con Dios, que es amor, y no podremos lograrlo mientras haya odio en nuestras almas.

La gran síntesis de lo anterior es el Padre Nuestro, la plegaria proclamada por Jesús cuando sus discípulos le pidieron que les enseñara a orar (Mt 6, 9-13). En efecto, además de la alabanza inicial a Dios –“Santificado sea tu nombre”-, se hacen las correspondientes peticiones, comenzando por atender a nuestras necesidades materiales y espirituales –“Danos hoy nuestro pan de cada día”- y librarnos del mal –“No nos dejes caer en tentación y líbranos del mal”-, hasta perdonar nuestras ofensas o pecados con la condición de que también nosotros perdonemos a los que nos ofenden.

Y mientras declaramos aceptar la voluntad de Dios, cualquiera sea: “Hágase tu voluntad, así en la Tierra como en el Cielo”- formulamos la mayor petición: que venga a nosotros su Reino, ese reino de amor, paz y justicia al que llegamos tras el empinado ascenso de la escala de valores cristianos (FIN).

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua – [email protected]