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Escala de Valores (4): El perdón

13 de abril de 2017
Por Jorge Emilio Sierra
Por Jorge Emilio Sierra
13 de abril de 2017

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*) 

Dios, por amor, perdona nuestros pecados. En efecto, así se le representa en el padre que perdona al hijo pródigo, quien tras caer en el pecado se arrepiente y vuelve a su hogar paterno, diciendo: “He pecado contra Dios…”. De hecho, el padre se compadece de su sufrimiento y le abre los brazos (Lc 15, 11-32).

Dios perdona por amor, pero también cuando el pecador se arrepiente y vuelve a Él. O sea, el arrepentimiento es condición básica para el perdón de los pecados.

Más aún, es tanto el amor de Dios que va en busca del pecador, sin esperar siquiera a que éste lo busque. “He venido para invitar a los pecadores a que se arrepientan” (Lc 5, 32), proclamaba Jesús en sus predicaciones que hacían eco al llamado de Juan Bautista hacia una auténtica conversión. Es como si el padre, a diferencia de la célebre parábola, no esperara el regreso del hijo sino que fuera tras él tan pronto lo abandonara, rogándole con insistencia que vuelva al hogar.

Es Dios quien nos llama. Si lo encontramos es porque Él nos ha buscado primero, desde un principio. Y cada vez que caemos, nos tiende la mano para levantarnos. Tanta generosidad o entrega se explica por su amor infinito a nosotros, sus hijos, en especial a los pecadores. Fue lo que Jesús puso de presente en algún encuentro “con pecadores y cobradores de impuestos”, cuando declaró que él no había venido “a llamar a los justos sino a los pecadores” porque “no son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos” (Mc 2, 17).

El perdón

Y ese perdón, como el que Jesús manifestó hacia la mujer adúltera que estaba a punto de ser lapidada por su pecado, se explica asimismo por una razón elemental, sencilla: porque todos los hombres, sin excepción, somos pecadores, desde el momento de nuestro nacimiento (el pecado original, que llaman). “El que no tenga pecado, lance la primera piedra” (Jn 8, 7), dijo a quienes la condenaban a muerte, viendo la pelusa en el ojo ajeno –como dijo en otro pasaje- a pesar de tener una viga en su propio ojo (Lc 6, 42). Nadie, entonces, tiene derecho a condenar al prójimo por sus pecados, tarea que está reservada a Dios, el juez supremo, juez compasivo y misericordioso.

Ahora bien, cuando nos reconocemos pecadores y nos arrepentimos atendiendo al llamado del Padre celestial, éste se alegra, como el pastor que encuentra a su oveja perdida. “Habrá más alegría en el cielo –concluía Jesús al exponer su parábola- por un solo pecador que vuelva a Dios que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de convertirse”, agregando a continuación: “De la misma manera hay gozo entre los ángeles de Dios por un solo pecador que cambie su corazón y su vida” (Lc 15, 3-10). ¡Qué tanto amor el de Dios! ¡Cuánta alegría por nuestra felicidad, por nuestra paz, por nuestra verdadera libertad!

Y es que el pecado esclaviza, mientras la verdad libera. “Si guardan siempre mi palabra –nos dice Jesús-, conocerán la Verdad, y la verdad los hará libres”, pues “el que comete pecado, es esclavo del pecado” (Jn 8, 31-34), una máxima que nos cae como anillo al dedo en esta época, cuando por doquier se reclama la libertad absoluta y cada quien dice poseer la verdad en medio del relativismo imperante, sin importarnos para nada el pecado, ni el arrepentimiento, ni el perdón de Dios, ni Dios mismo…

Además, Dios nos perdona pero también nosotros debemos perdonar a quienes nos ofenden, según decimos al rezar el Padre Nuestro. Dios nos exige no sólo la plena conciencia del pecado y nuestro arrepentimiento sincero, sino perdonar a nuestros semejantes como expresión del amor al prójimo, sin el cual –insistamos- no tenemos un verdadero amor a Dios, primer mandamiento del Decálogo.

“Si ustedes perdonan las ofensas de los hombres, también el Padre celestial los perdonará. En cambio si no perdonan las ofensas de los hombres, tampoco el Padre los perdonará a ustedes” (Mt 6, 14-15), insistía Jesús luego de enseñar a sus discípulos la oración por excelencia. O sea, que yo perdone a los demás es condición básica igualmente para conseguir el perdón de Dios por nuestros pecados, siendo la falta de perdón uno de los pecados más graves por no amar al prójimo, por no amarlo como a mi hermano, hijo del mismo Padre.

“Todo lo que aten en la tierra, el Cielo lo tendrá por atado, y todo lo que desaten en la tierra, el Cielo lo tendrá por desatado” (Mt 18, 18). No perdonar tiene el terrible costo de no ser perdonados por Dios, aunque oremos y nos declaremos arrepentidos, dándonos golpes de pecho. “Cuando se pongan de pie para orar –decía y aún nos dice Jesús-, si tienen algo contra alguien, perdónenlo, para que el Padre del Cielo, Padre de ustedes, les perdone también sus faltas” (Mc 11, 25). Si no perdonamos, de nada nos sirve orar.

Y si no perdonamos de corazón a nuestros hermanos –nos advierte-, recibiremos el castigo del rey al empleado aquel que no perdonó, por falta de compasión, una pequeña deuda a su compañero, a pesar de haberse favorecido antes con el perdón de la suya por parte del monarca (Mt 18, 23-35). Si no perdonamos, tampoco seremos perdonados; si juzgamos, seremos juzgados, y si condenamos, seremos condenados (Lc 6, 37-38). Meditemos por un momento en las graves consecuencias de negarnos a perdonar.

Pero, ¿cuándo debemos perdonar? Siempre, señalaba el Maestro a Pedro, quien lo interrogaba acerca de si eran necesarias unas siete veces: “No sólo siete veces, sino hasta setenta y siete veces” (Mt 18, 21-22), como hace Dios con nosotros que pecamos y volvemos a pecar, sin cansarse de perdonarnos.

Digamos, por último, que el perdón por amor se extiende a nuestros peores enemigos, a quienes más daño nos hacen y pueden incluso amenazar nuestras vidas y causarnos la muerte. Recordemos al respecto la lección de Jesús en la cruz, cuando imploraba a Dios el perdón a sus asesinos, o cuando le ordenó a Pedro, en Getsemaní, que no atacara con la espada a los soldados romanos: “Vuelve la espada a su sitio –fueron sus palabras, rechazando así la antigua Ley del Talión que ordena la venganza y la guerra-, pues quien usa la espada, perecerá por la espada” (Mt 26, 52).

En síntesis, el perdón conduce a la paz, mientras no perdonar conduce a la guerra. Y como en este viaje avanzamos rumbo hacia la paz, situada al final de la escalera…

(Mañana: El servicio)

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua – [email protected]