11 de abril de 2021
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Escala de valores (2): Amar al prójimo

11 de abril de 2017
Por Jorge Emilio Sierra
Por Jorge Emilio Sierra
11 de abril de 2017

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*) 

Recordemos de nuevo que junto al mandamiento del amor a Dios, Jesús hablaba de un mandamiento semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, aclarando que “toda la Ley y los Profetas se fundamentan en estos dos mandamientos” (Mt 22, 37-40).

El amor al prójimo es comparable al amor a Dios, tesis que provocó la indignación de los judíos, acostumbrados sólo a la primera parte del mandato, no a la segunda, en la que Jesús hizo más énfasis, cuestionando el comportamiento de su pueblo y, en especial, de los fariseos y maestros de la ley, según consta en múltiples pasajes evangélicos.

Dicho criterio fue constante en sus predicaciones. Así, en algún momento, mientras reclamaba hacer el bien a los demás, concluía, escandalizando también a sus coterráneos: “Todo lo que ustedes desearían de los demás, háganlo con ellos. Ahí tienen toda la Biblia” (Mt 7, 12). Dios nos exige ante todo amar al prójimo y hacerle bien, sin lo cual no puede haber un auténtico amor a Él, por más que se le rinda culto a través de los diversos rituales que se quedan, a fin de cuentas, en simple apariencia o en una actitud hipócrita, falsa.

¿Lo anterior significa dejar a un lado la Biblia, los mandamientos o la ley mosaica, que era la acusación habitual contra Jesús en su época? Al contrario, hay que cumplir la ley a cabalidad, con el máximo rigor posible, tanto que el quinto mandamiento: “No matarás” implica no enojarse siquiera con el prójimo, ni tratarlo mal por tildarlo de tonto o renegado. Pero -se aclara a continuación-, si vamos al templo a hacer una ofrenda y tenemos un disgusto con alguien, debemos primero “hacer las paces”, no sea que el asunto pase a mayores y se juzgue en forma implacable nuestra conducta (Mt 5, 21-24). Sin amor al prójimo no puede haber un sincero amor a Dios, el peldaño que acabamos de subir.

El prójimo es nuestro hermano. ¿Por qué? Reiteremos lo dicho antes: si nuestro Padre común es Dios, todos los hombres somos sus hijos y, por ende, todos somos hermanos. La hermandad cristiana parte de este criterio, fundamento de un profundo humanismo que valora a cada ser humano en tan alta dignidad, sin diferencias entre sí por motivos sociales, económicos, políticos, raciales, etc. Desde ese punto de vista, todos los hombres somos iguales, lo cual confirma asimismo el profundo sentido democrático del cristianismo e incluso cómo hasta él se remontan los orígenes de la democracia moderna.

Más aún: la hermandad trasciende los lazos de sangre, físicos, materiales, que tenemos por ejemplo con los parientes cercanos. La hermandad espiritual es superior a ésta, meramente carnal. “Todo el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12, 47-50), fue la respuesta de Jesús a quienes le anunciaban la sorpresiva llegada de la Virgen María y sus hermanos o parientes. Cumplir la voluntad de Dios, es decir, sus mandamientos, como hacían los  discípulos, a quienes con razón llamaba hermanos, unidos no por la carne sino por el espíritu.

Una hermandad tal que nos permite ser uno con cada hermano, por obra del amor. “Que sean -nos pide Jesús a todos los hombres, sin excepción- una misma cosa por la caridad (es decir, por el amor), así como nosotros lo somos en la naturaleza” (Jn 17, 21). De hecho, Dios y Jesús son una sola persona -junto al Espíritu Santo, que es el misterio de la Santístima Trinidad- y en forma semejante los hombres, como hermanos, debemos ser uno solo, unidos por el amor. ¿O acaso los seres que se aman no alcanzan esa unidad trascendental, superior, que todos hemos vivido? ¿Usted, querido amigo, no es uno con su pareja, cuando existe amor auténtico, pleno?

No obstante, en Jesús es evidente la preferencia por los pobres, por los más necesitados. Cuando en la sinagoga se revela como el Mesías al leer el célebre texto de Isaías, proclamó que así se cumplían las profecías, pues él se encargaría de traer buenas nuevas a los pobres, anunciar la libertad a los cautivos, dar la vista a los ciegos y vencer la opresión (Lc 4, 17-21), como sucedió en efecto. Pobres, oprimidos, ciegos, paralíticos, enfermos…, a ellos, en particular, estaban dirigidos sus mensajes de alivio, de esperanza, de paz.

Debemos amar al prójimo más desamparado, más necesitado, en peores condiciones de vida. El amor, en este caso, es fruto de la compasión, o sea, de padecer con él -con el pobre, el enfermo, el oprimido…-, haciendo suyo el sufrimiento, tendiéndole la mano, como hermano nuestro que es. He ahí la solidaridad, ese gran valor al que nos referiremos después.

Compasión como la del buen samaritano con el moribundo abandonado en el camino, quien fuera mirado con desprecio por un sacerdote y un levita (Lc 10, 25-37); como la que el mismo Jesús tuvo por la muerte de su amigo Lázaro, por quien “se conmovió hasta el alma” (Jn 11, 32-35), y como la que generan las llamadas obras de  misericordia: “Dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos”, según enseña el Catecismo de la Iglesia Católica.

La compasión es otro gran valor humano, indispensable para el debido cumplimiento del mandamiento supremo del amor al prójimo, el cual también nos exige perdonar y servir. He ahí los tres peldaños que intentaremos subir a continuación.

(Mañana: La compasión)

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua