Teoría del Desarrollo 

De Enrique Low Murtra

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*) 

Economía y Derecho

En Enrique Low Murtra primaba el jurista sobre el economista. Por esa razón fue ministro de Justicia, no de Hacienda, que para muchos de sus amigos y alumnos, dado su amplio conocimiento de los temas económicos, resulta incomprensible, cuando no absurdo.

Él, sin embargo, lejos de estar limitado por la miopía profesional de los especialistas, nunca separaba a la Economía del Derecho, ni a éste de la moral, haciendo reiterada alusión a la normatividad jurídica en que se inscriben los hechos económicos con la autoridad que le daba haber sido Consejero de Estado, al tiempo que sus concepciones económicas se regían por consideraciones éticas, de justicia social y equidad, distribución de la riqueza y necesidad o urgencia de luchar contra la pobreza, según consta en su libro Teoría Fiscal, escrito en coautoría con su más cercano alumno y también profesor universitario, Jorge Gómez Ricardo.

Partir de dichos criterios es fundamental y nos permite entender a cabalidad sus puntos de vista en torno al desarrollo, opuestos sin duda al modelo de apertura económica adoptado en América Latina durante los años noventa, a fines del siglo pasado. Pero intentemos precisar, sin mayores rodeos, sus planteamientos.

Crecimiento y Desarrollo

De hecho, Low Murtra empezaba sus reflexiones en torno a la ya clásica distinción entre crecimiento y desarrollo. “El desarrollo es crecimiento -eran sus palabras al iniciar su curso sobre Teoría del Desarrollo en la Maestría de Economía de la Universidad Javeriana- con distribución más equitativa y factores cualitativos, siendo el crecimiento una condición necesaria para el desarrollo, pero no suficiente”.

El crecimiento, en consecuencia, es cuantitativo, se puede reducir al comportamiento del Producto Interno Bruto, y hay diferentes modelos (especialmente los de Harrod-Domar y Solow) para conseguirlo, aunque sus resultados prácticos, concretos, son discutibles, según lo confirman las investigaciones empíricas de Kuznets y Denison.

El desarrollo, en cambio, trasciende al crecimiento expresado en el Producto Interno Bruto (PIB), incluye aspectos cualitativos y diríase que se refiere con exclusividad al Tercer Mundo, admitiendo de antemano que las teorías foráneas, en particular las que se proclaman como representativas de la ciencia económica (la clásica y la neoclásica, por ejemplo), no tienen plena aplicabilidad en nuestro medio, por poseer éste condiciones singulares, específicas, desconocidas en el mismo proceso histórico del mundo industrializado.

Dicho de otro modo, Low Murtra reclamaba para nuestras naciones un verdadero desarrollo, al cual concebía muy por encima del simple crecimiento de su producción, mientras desconfiaba, con base en sus resultados, de los modelos impuestos desde afuera, desde el extranjero, aunque fueran los provenientes de organismos internacionales como el Fondo Monetario (FMI) y el Banco Mundial.

En una palabra, era tercermundista en grado superlativo, latinoamericanista para ser exactos (lo que justifica con creces su respaldo a la doctrina cepalina de Prebisch) y, en definitiva, nacionalista, que es una posición más de orden político y jurídico que económico, es decir, una posición ética, naturalmente cuestionable entre quienes aún hoy se declaran partidarios de la llamada internacionalización de la economía.

Por los mencionados principios morales y jurídicos, fundados en el culto a la justicia social y en la valoración de la persona humana, de su dignidad y sus derechos, Low Murtra no dudaba en repudiar el círculo vicioso de la pobreza, según el cual la escasez de ingresos determina la escasez de ahorro, y ésta, la falta de inversión, la cual a su vez genera baja producción y bajo nivel de ingresos, en lo que consiste propiamente la pobreza de nuestros pueblos.

“Se es pobre –anotaba- porque se es pobre”. ¿Qué hacer? ¿Cómo superar, en fin, nuestra situación de atraso?

Como economista, él hacía depender la solución de la formación de ahorro, y si bien el citado círculo vicioso la impide, la frena, la corta casi de raíz, hay mecanismos que hacen posible tal generación de ahorro, al que distinguía en sus dos principales manifestaciones: el ahorro externo, expresado a través de la deuda externa y la inversión extranjera, y el ahorro interno, tanto público como privado. Detengámonos acá por un momento.

Deuda externa e inversión extranjera

La deuda externa, según Low Murtra, es un camino de financiamiento externo para el desarrollo de América Latina, dada su notoria escasez de ahorro interno. En principio, pues, la defendía, al igual que los programas de ajuste “sugeridos” por el Fondo Monetario y el Banco Mundial ante la crisis de la deuda desatada en la región durante los años ochenta, no sin poner en entredicho la inminente pérdida de autonomía en el manejo económico de nuestros países.

Si formulaba sus reparos al respecto era por el uso indebido de dicho mecanismo: el insoportable peso de la deuda externa, convertida paradójicamente en el mayor obstáculo para nuestro desarrollo; la concesión de créditos (que suele condicionarse a determinados niveles de déficit fiscal y al positivo crecimiento de las exportaciones por parte de los deudores) se había desbordado a manos llenas por fenómenos como los petrodólares en los años setenta, y, por ende, organismos como el Banco Mundial tenían también la culpa de hallarse en calzas prietas ante el riesgo de no recuperar la totalidad de sus préstamos.

Había, en síntesis, responsabilidad de los acreedores, sin que nuestros gobiernos salieran tampoco libres de toda inculpación en el juicio al impulsar proyectos que demandaban cuantiosas inversiones cuyo costo resultaba muy superior al estimado en un comienzo (como el caso de la hidroeléctrica del Guavio en Colombia, decía).

Y tampoco es que viera con simpatía a la inversión extranjera. Antes bien, luego de sostener que la célebre Decisión 24 del Pacto Andino desestimuló al máximo la presencia de los capitales foráneos en la región andina, señalaba, con criterios de clara estirpe cepalina, que tal inversión, a pesar de sus favorables efectos inmediatos y aún colaterales (generación de empleo, aumento de la producción, etc.), “afecta la balanza de pagos al igual que la deuda externa”.

Su explicación era la siguiente: dicha inversión se hace, como sucede en cualquier proyecto, con base en cálculos de rentabilidad, por lo cual se espera que sus beneficios sean mayores en el largo plazo que la inversión inicial, resultando así finalmente favorecidas las firmas extranjeras, no las economías nacionales, conclusión a la que se habría llegado en diversos estudios empíricos que registran “los efectos desfavorables de la inversión extranjera sobre la balanza de pagos”.

Ahorro interno público

Parece, por consiguiente, que Low Murtra era más partidario del ahorro interno que del externo para “dar el salto al desarrollo”. Y entre el ahorro público y el privado, prefería al público. Eran tres los argumentos que citaba en su favor, para justificar la escogencia:

  • La distribución de la riqueza, impidiendo así su concentración en manos de unos pocos, lo que torna inevitable la intervención del Estado:
  • La necesidad de impulsar proyectos de beneficio social, para favorecer a los sectores más pobres o desprotegidos de la población, en vista de que los particulares sólo invierten en proyectos de rentabilidad privada, personal, no social, y
  • En algunos casos el ahorro privado es insuficiente y es indispensable para alcanzar niveles de desarrollo superior, a la luz del modelo Harrod-Domar, una mayor inversión, que en tal caso es inversión pública.

Por lo demás, hay medios efectivos que contribuyen a generar ahorro interno, sea público o privado: fiscales, monetarios y de orden cambiario, que por conocidos sobra identificar.

Importa señalar, en cambio, que sus reparos a tal o cual instrumento los reducía al hecho de ser inequitativos, de favorecer en más alto grado a quienes poseían mayor volumen de renta (exenciones tributarias) o no favorecer a los trabajadores (ajuste por inflación), que ratifica con creces su culto indeclinable a la justicia social y cómo sus valores morales eran el faro permanente de sus convicciones económicas, que es una forma de expresar una vez más cómo en él se imponía el jurista sobre el economista. 

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua – [email protected]