Rulfo

Víctor Hugo Vallejo

La primera vez que lo vio se asustó mucho. Con sus cortas piernas y sus pequeños pies corrió a la mayor velocidad posible hasta llegar a casa y contarle a su madre, con los ojos desorbitados. La segunda vez se estremeció, pero siguió su camino hacia la escuela. La tercera vez lo miró con un poco de repudio, pero su día no se alteró. La cuarta vez ya lo tomaba como parte del paisaje.

En esas visiones cotidianas de muertos colgados de los postes del telégrafo y las batallas en los llanos de Jalisco, con toda clase de armas, incluso hasta utensilios de cocina, se fue formando una mente de niño taciturno, solitario, de muy pocas palabras y con una timidez rayana en lo patológico que lo acompañó por siempre jamás.

El paisaje de la desolación de tantos enfrentamientos entre los mismos mexicanos que desde 1910 se empeñaron en una Revolución que se convirtió en una sucesión de movimientos caudillistas, en los que se triunfaba, se accedía al poder, se dejaba por fuera a alguien que también hubiese participado en la sublevación de turno y desde la mala distribución del poder se gestaba la siguiente rebelión, o las decisiones que se tomaban que no coincidían con los intereses generales que conducían a la siguiente revuelta sangrienta. Fueron tantas revoluciones dentro de lo que históricamente se denomina la Revolución Mexicana que va desde 1910 hasta 1930, cuando se logra la estabilidad a través de la creación de un partido político monopólico y sucesoral que apenas ahora en nuestros tiempos ha sufrido cuestionamientos serios como para perder el poder en ciertos espacios, que finalmente el resultado no fue el buscado por todos. En una de esas muchas revoluciones dentro de la Revolución se dio la denominada Guerra de los Cristeros.

Plutarco Elías Calles, quien accedió a la Presidencia de México como producto de su propia revuelta, consideró que el poder de la Iglesia Católica era exagerado entre los mexicanos y que era necesario controlarlo de alguna manera, sin eliminar dicha creencia de una vez. Fue por ello que se prohibieron los cultos públicos de los católicos. No solamente reaccionaron los de abajo, sino también los de arriba, como en la novela de Mariano Azuela. Ahora la lucha era en defensa de las creencias y al grito de “Viva Cristo Rey”, los hacendados católicos armaron a sus trabajadores y los llevaron a muerte segura en defensa de un culto. Y como en toda revolución se valían todas las formas de lucha y la paz se volvió a extraviar, una vez más, en México.

En la guerra de los cristeros se cometieron grandes atrocidades. Las tropas oficiales, defensoras de la institucionalidad de Calles, querían sentar precedentes y en nombre del Estado realizaron crímenes a diestra y siniestra. Para escarmiento colgaban sus víctimas de los postes del telégrafo y el escaso alumbrado, o simplemente los amarraban a un laso y los subían a lo alto de la copa de los árboles, les hacían heridas corto punzantes en el cuerpo para llamar la atención de los zopilotes (gallinazos), que en no pocas ocasiones estrujaban esos cuerpos al aire, los vaciaban de todos sus órganos internos y dejaban apenas la camisa y el raído pantalón con el que habían estado pobremente vestidos el día de la mala fortuna de encontrar a un grupo de soldados defensores de la medida de Calles y ellos defendiendo una creencia en un ser que era el destino de todas sus peticiones y de todas sus frustraciones. Morían con el grito de guerra en la boca y la convicción de haber entregado la vida en aras de salvar su alma que iría hacia la felicidad eterna.

En el Estado de Jalisco esa guerra de los cristeros fue especialmente intensa y cobró la vida de muchos mexicanos, de esos que el niño Juan Neponuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno vio en repetidas ocasiones cuando iba de su casa a la escuela de San Gabriel. Un niño con los ojos cada vez más abiertos y su boca cada día más cerrada. Apenas pronunciaba las palabras necesarias para saber de algo o hacer saber de algo. El mundo le era ajeno. Ese mundo violento y angustioso en el que unos pocos lo tenían todo y los demás no tenían nada.

Y el amor al silencio se le fue ahondando aún más cuando apenas a sus seis años su padre Juan Neponuceno Pérez Rulfo fue asesinado por ser uno de los hacendados que patrocinaba la revuelta popular a favor de la defensa de la causa de Cristo Rey. No entendió nada. Nunca había entendido nada. Las pocas explicaciones de lo que sucedía que le daba su madre, María Vizcaíno eran poco claras, allí estaban los conceptos divinos, los políticos, los económicos, los sociales, los humanos, los familiares, los laborales. Una mezcla demasiado pesada para un niño. Comenzaba a nacer en el menor la soledad de siempre.

Y esa soledad se hizo mucho mayor cuando a los dos años de muerto su padre, muere su madre, que no soportó tanto dolor en su costado, al verse sola luchando con una gran haciendo, cientos de trabajadores y cuatro hijos, el segundo de ellos Juan Neponuceno Carlos, quien sería conocido por el mundo entero simplemente como Juan Rulfo, al adoptar solamente su primer nombre y el segundo apellido de su padre, para dejar saber que esas vivencias de su infancia y juventud se podían contar en lenguaje sencillo y con las mismas palabras que oía de los trabajadores y de los vecinos en Apulco y San Gabriel.

Siempre hay razones, y muchas, para recordar a Juan Rulfo. En este año el motivo es que en mayo venidero se celebran los 100 años de su nacimiento, a los 31 años de su muerte. Y cada vez será posible intentar decir algo nuevo sobre quien con apenas un poco más de 250 páginas publicadas en forma de libro, pasó a la historia de la lengua castellana como uno de los máximos creadores literarios. Apenas fue un volumen de cuentos publicado en 1953, cuando Rulfo tenía 36 años, El Llano en Llamas (en algunas ediciones tiene 13 cuentos y en otras 15) y dos años después aparece su única novela, Pedro Páramo. Y eso fue todo. Tampoco menos.

En alguna ocasión el maestro Gabriel García Márquez dijo que no era su costumbre hablar de las siguientes publicaciones de los autores exitosos, y que en el caso de Rulfo después de haber escrito Pedro Páramo, no era necesario que escribiera más, porque superar lo dicho le sería imposible. Especialmente la técnica narrativa como novela.

Muchos de sus cuentos han sido llevados en adaptaciones al cine, en cuya fotografía se ha impuesto el blanco y negro o el sepia, por ser los colores que más se adaptan al ambiente, al espíritu y a la intención del novelista. Es un ambiente de espesura, de angustia, de soledad, de polvo reseco, de vientos huracanados que impiden abrir los ojos, que hacen difícil avanzar en caminos ya de por si muy difíciles. El mismo escribió el guión del Gallo de Oro (algunos lo presentan como su tercer libro, lo cual no es cierto, pues fue escrito propositivamente como guión, no como narración literaria), del que se han hecho varias versiones e incluso diversas adaptaciones para televisión.

Juan Rulfo nació en Apulco, Estado de Jalisco, el 17 de mayo de 1917, del seno de un hogar de dos ricos hacendados. Al poco tiempo se trasladaron a San Gabriel, donde permaneció hasta los 10 años, yendo a la escuela a aprender lo elemental. Fue el segundo hijo de un total de cuatro, primero estaba su hermano Severiano. Después de él vendría Francisco y finalmente la menor del hogar Pérez Vizcaíno, Eva.

Con la intensificación de la guerra de los cristeros, el cura párroco de San Gabriel debió enlistarse para el combate, lo que fue decisivo en la formación intelectual de Rulfo, pues en el ánimo de cuidar sus haberes, el sacerdote le pidió a la familia de Juan que le guardara su biblioteca en casa. Llevó todos los libros que tenía en su poder. El cura era el censor eclesiástico del lugar y tenia a su cargo la clasificación y calificación de lo que se podía o no leer por parte de los católicos y debía hacer los reportes a su diócesis de las obras que debían ser incluidas por la Santa Sede en el Índice, que no era otra cosa que el registro de los libros prohibidos, lo que se divulgaba en cultos desde el púlpito, bajo la pena de la condenación eterna y la excomunión y exclusión del credo católico. El cura decomisaba los libros y se los quedaba. Rulfo contaría alguna vez, en una de las pocas entrevistas que dio en la vida, pues no le gustaban, que se sorprendió cuando ingresó al cuarto donde estaban almacenados los libros, como quiera que esperaba encontrarse con sólo textos religiosos de orientación vocacional, pero se halló con obras de autores prohibidos como Víctor Hugo, Varlaine, Baudelaire, y muchos otros. Se los leyó todos y supo que quien no hablaba mucho, podía también contar cosas en el papel. Ese hecho marcó de alguna manera definitiva la vida del clásico mexicano.

Cuando tenía 10 años fue enviado por su abuela, quien había quedado a cargo de los hijos de Juan Neponuceno y María ante su ausencia definitiva, a un internado en Guadalajara y comenzó otra etapa de formación de su soledad, de su angustia, de su timidez extrema. Ese carácter taciturno recibió otro refuerzo en ese lugar, donde estuvo por cuatro años, al cabo de los cuales fue a vivir a México. Terminó sus estudios secundarios, como un joven retraído y alejado de todos. Eso si, convertido en un extraordinario lector, como que siempre padeció de insomnio y le era suficiente dormir apenas unas pocas horas. La noche era el tiempo de su lectura. Quiso entrar a la Facultad de Derecho de la UNAM y fracaso en el intento.

Se puso a trabajar al servicio del Ministerio del Interior y fue agente de emigración, encargado de cazar ilegales, especialmente en las fronteras mexicanas. Siempre se refirió a ese oficio de la manera más despectiva, al tomar conciencia de una labor en la que el respeto a los derechos humanos no es la distinción. Fue un exitoso vendedor de llantas, porque “las llantas se venden solas”, dijo alguna vez. Luego fue editor del Institutito Nacional Indigenista de México, donde se jubiló.

El escritor y editor Efrén Hernández fue fundamental en su formación como escritor. Fue el lector de sus primeros intentos de cuento, con resultados muy negativos, pues su amigo le corregía al punto de decirle que se olvidara del texto, conservara el tema y lo volviera a intentar. Lo obligó a que se ciñera a lo que sentía, a lo que había visto, a lo que había vivido, a ese gran fenómeno social que fue La Cristiada de los últimos años de la década del treinta en varios Estados mexicanos. Después de muchos intentos, de trabajo sin descanso logró un cuento que fue publicado en la revista PAN, dirigida entonces por el intelectual Juan José Arreola. Y desde entonces entendió que la tarea de escribir era dispendiosa y de mucho cuidado.

De allí nació la precisión de sus relatos. A Pedro Páramo no le sobra, ni le falta una sola letra, ni una coma, ni una oración, ni una expresión. Es la novela exacta en la medida exacta. Es la novela que no necesita de muchos cientos de páginas para contar una historia completa de la vida desarraigada, cruel, impositiva, dañina de un personaje al que no se ve, pero cuya sombra o fantasma recorre todo el libro y se ha metido en lo más profundo del cuerpo de todos y cada uno de los personajes. Todos se mueven en ese clima tórrido de Comala, un pueblo que no está en la geografía mexicana, pero que a la vez es cualquier pueblo campesino de ese país. Es una novela con la precisión maestra del “Viejo y el Mar” o de “El Coronel no tiene quien la escriba”.

Es la novela fundamental para cualquier lector de literatura. No es posible leer nada distinto en español si no se comienza por allí. Decir lo que se vive, lo que se siente, lo que se duele, lo que se piensa, lo que se anhela, lo que se pierde, lo que se gana, lo que se tiene, lo que no se tiene con las palabras precisas, exactas, sin decir más, sin decir menos. Es la mejor manera de decir en el buen decir, usando términos propios de unos personajes que son extraídos de las entrañas de la tierra árida y desierta, que sólo tristezas es capaz de producir en el lector. Se leen tantas angustias en los relatos de Rulfo, pero con la extrañeza de que no se termina triste, ni mucho menos nostálgico, sencillamente con la gran satisfacción de haber leído a un maestro de la palabra.

En El Llano en Llamas, su libro de cuentos, todos los personajes se mueven en el mismo ambiente sobre el cual luego construiría a su Pedro Páramo. Y no fueron procesos creativos rápidos, sino lentos, muy lentos, de reconstrucción por cientos de veces de oraciones enteras. De luchar con la colocación de una coma. De decir lo que el personaje siente, como lo siente, cuando lo siente y porque lo siente. Lo transmite todo desde el fondo del ser humano.

La enorme dificultad con la que construyó sus dos únicas y breves obras, lo llevó a un nivel tan grande de exigencia cualitativa que nunca más volvió a publicar nada. Fueron muchas las veces que para satisfacer las enormes inquietudes de sus conocedores dijo que estaba preparando un nuevo libro de cuentos que se llamaría “Días sin flores” y una novela que se llamaría “La Cordillera”. Ninguna de las dos llegó a ser una realidad.
En 1970, quince años después de haber publicado la totalidad de su obra, recibió el Premio Nacional de Literatura de México y luego el Príncipe de Asturias, máximo galardón de habla hispana. En 1985 la UNAM lo distinguió con el doctorado Honoris Causa en Humanidades. Todos esos premios le causaban una gran desazón. No podía con lo público.

En 1973 vino a Cali, al Primer Encuentro Internacional de Escritores, organizado por el alcalde Rodrigo Escobar Navia. Lo oímos con su tenue y lenta voz y su mano izquierda en gesto como de sostener su frente. Lo abordamos periodísticamente al final de la conferencia y le solicitamos una entrevista, con toda la admiración de siempre. Se negó. Le insistimos. Finalmente aceptó a que nos invitaba a un desayuno en el hotel donde se hospedaba y hablaríamos. Fue una charla de casi diez horas, con muchos tragos de whisky y cantidades de cigarrillos (fumó desde siempre ininterrumpidamente), pero con la prohibición expresa de no publicar nada de lo hablado. Nos contó que La Cordillera había sido escrita treinta veces y en las mismas fue a dar al tacho de la basura. En tono bajo, lentamente, profundamente hablamos de muchas cosas, especialmente de sus fantasmas de siempre: la soledad, la tristeza, la angustia y la timidez. Hablar en público siempre lo aterrorizó. El profundo respeto que le tenemos, hizo imposible publicar una entrevista de 10 horas, en la que no permitió ni grabar, ni tomar notas, ni tomar fotos.

El 7 de enero de 1986 el cigarrillo le acabó de pasar la cuenta y el cáncer que le generó en los pulmones lo llevó a la tumba de su cuerpo, jamás de su obra y de su nombre. A los 100 años es más joven que nunca. Se lee como el más novedoso de los escritores.