FONTUR 2016
Me encontré en la vida con el Papa Juan Pablo II

En la foto, en Armero, julio de 1986, los enviados de Colprensa a cubrir la visita del papa. De izquierda a derecha, Chepe, el tomamonos, el pitufo Vargas, el prolongado Saldarriaga, director de Colpresa, y este pecho.

Óscar Domínguez Giraldo

Ya que en septiembre el papa Francisco compartirá su agenda unos días con nosotros, contaré cómo conocí a uno de sus antecesores, Juan Pablo II.
Ocurrió durante la fugaz visita de médico que hizo hace 31 años a Armero, Tolima, donde caminó mientras sonreía a una jaculatoria por segundo.
Durante esa visita, cuando el Papa miró hacia donde yo estaba en mi condición de reportero que cubría la noticia, asumí que me había dado, para mí solito, la exclusiva mundial de una mirada y de una sonrisa pontificias.
Me recordó la ausente mirada que me dedicaba el Corazón de Jesús de la sala de mi casa. Y la de la infiel Gioconda, de Van Gogh, cuando le presenté mis respetos en su sancta sanctórum del Louvre. (Bueno, dejemos quieto a Van Gogh. Señor Da Vinci, perdone que lo haya despajado dos segundos de la paternidad de la Monalisa).
Lo malo de encontrarse con Papas es que ellos nunca se encuentran con uno y jamás nos vuelven a “distinguir” entre los 7.000 millones de seres que contaminamos lo que hemos dejado del medio ambiente.
Esa mañana sobre las ruinas de Armero, el peregrino Woytila surgió de entre una nube de polvo levantada por el helicóptero, con su pelo blanco al viento que hacía juego con su ropa pontificia y unos zapatos rojos, chéveres, de camaján, como para tirar paso. De esos zapatos ya no se ven en el Vaticano. Francisco acabó con tales accesorios, quebrando más de un almacén de los que alimentaban la vanidad del clero del gajo de arriba.
Recuerdo como si fuera esta mañana que la polvareda arruinó el traje inglés del expresidente Alfonso López, la pinta Chanel de la ministra de comunicaciones Noemí Sanín, el monótono vestido azul conservador a rayas blancas del canciller Augusto Ramírez (“soy arrogante hasta en la forma de amarrarme los pantalones”, decía su padre, el Leopardo), y el uniforme de fatiga con los inevitables tres soles del general Miguel Vega Uribe. (En realidad, son cuatro soles, incluido el que alumbra para todos).
Con su físico de atleta del decatlón, el Maradona de Dios caminó unos cien metros repartiendo bendiciones desde su teológica sonrisa tocada de santidad.
A su lado, como haciendo el empalme para algún futuro papado, estuvo siempre el cardenal Alfonso López quien nunca daba puntada sin dedal.
Del fallecido López Trujillo decían de él los curas de Medellín, a quienes les maltrató hasta que san Juan agachó todos los dedos: “A este le faltó ternura de mujer”.
Me tocó una vez de vecino en un vuelo de Avianca Bogotá-Medellín. Al ver su anillo, lamenté no haber terminado la carrera del papado. Creo tener la sensación de que a Nos Alfonso lo incomodó mi intensa mirada “sobre” su anillo y montó guardia para no quedarse sin él. Ya le perdoné su sospecha.
Solo se me ocurrió una imbécil pregunta como para romper el hielo y avanzar en una posible entrevista: “Cardenal, a usted no le da miedo montar en avión?”. “No, lo utilizo como oficina”. Y siguió escribiendo delicadas esquelas con su letra pegada de cardenal. O de monja de clausura. O de ambos. Como soy discreto, no traté de ver qué estaba escribiendo y a quién. Mi vista es pésima, básicamente.
En alguna ocasión fui invitado por el ELN a una rueda de prensa en Medellín. El objetivo era hablar pestes del cardenal López Trujillo.
Retomemos el hilo. Visto de cerca, el papa Juan Pablo daba la impresión de estar tocado de divinidad. De tener celular e internet directa con Dios. Fue un Papa-Telecom que unió a los colombianos.
El día que visitó Armero, en la babel de la partida, de regreso a Bogotá en helicóptero, vimos al Papa ponerle la primera piedra a una lágrima por Armero. Y por Omayra, la niña a la que le faltó un milagro anticipado suyo para salvarla.
Su emoción en Armero era tan grande, como la de quienes mejoramos la hoja de vida conociendo a un Papa. Pontífices no vienen todos los días.
La chicaneada de “mi encuentro” con su polaca santidad ha terminado.