FONTUR 2016
La corrupción asalta a la paz

Por Carlos Piñeros

Colombia tendrá paz real y estable solo cuando construya el bienestar general, pero eso será imposible mientras no se retire la vaca muerta de la corrupción que los colonizadores españoles plantaron en su territorio y que sus descendientes de cuello blanco han rociado con esmerada codicia hasta nuestros días.

La corrupción de hecho es una forma de violencia soterrada que le esquilma al erario y al consumidor más de cien billones de pesos al año: en el sector público con el clientelismo, los sobrecostos, las mordidas y los contratos que se cumplen y se incumplen, y en el sector privado con la cartelización de precios, pesas, medidas y calidades de bienes y servicios que abusan del mercado y con la elusión y la evasión de impuestos.

De entrada advertimos una falsedad en el dilema con el que la politiquería pretende desviar al electorado de los próximos comicios, cuando le dice que debe sufragar por la paz, con lo cual la corrupción seguirá campeando, o que si vota contra la corrupción, el gobierno y el congreso entrantes echarán abajo pilares del acuerdo de paz firmado con las Farc, y eso implicaría más violencia, delincuencia y postergación de soluciones a muchos otros problemas que obstruyen el progreso: ELN, disidencia de las Farc, paramilitarismo bajo el eufemista logo “empresarial” de Bacrim, extorsión, saqueo, falsedad, fraude, mentira,…

La paz en el subdesarrollo, como la seguridad, no se mantiene en el tiempo con más cárceles y policías si no con más empleo e ingreso: a mayor empleo menos gente con hambre expuesta a torcer su camino para sobrevivir. Y para mejorar el ingreso hay que multiplicar y elevar el nivel general de la educación. Construido así el bienestar común, se garantizará la estabilidad de la paz. No es fácil, pero sí factible. Corea en 1950 era tan atrasada como Colombia y antes del año 2000 logró salir del tercer mundo mientras nosotros seguimos hoy en las mismas.

En la hipótesis ética (¡iluso!) de que los recursos que se desvían hacia la corrupción se respetaran y fueran durante un decenio a la educación técnica, tecnológica, profesional, de investigación y científica, bastaría para darle con ellos bases sólidas al país en su objetivo de salir del atraso y tomar, por fin, la ruta de una sociedad aceptablemente justa.

El origen español del comportamiento tramposo del colombiano lo documenta la historia: mientras unos colonizadores adoctrinaban a los indígenas, los más violaban a sus mujeres, se apropiaban de sus riquezas, minas y tierras; si la metrópoli ibérica ordenaba respetar las reversas agrícolas para que los aborígenes produjeran su sustento, los invasores les imponían aquí tarifas de agio a los créditos de debían contratar los indios para producir sus cultivos. Era otra maña de los extranjeros para quedarse con sus tierras.

El indígena se veía entonces forzado a entregar su mano de obra a los encomenderos (terratenientes españoles y sus descendientes), una veces por un plato de comida; otras, sin salarios; las más, en condiciones de esclavitud y sin respeto de ningún horario laboral.

No les bastaba a los foráneos las grandes extensiones apropiadas durante una, dos o más vidas para su explotación: también corrían las cercas para reducir cada vez más las áreas destinadas al pan-comer nativo. Baste recordar que el distinguido hidalgo –para la literatura oficial—Gonzalo Jiménez de Quesada era un abogado que lideraba estas y muchas otras bellaquerías. Tubo inclusive la insolencia de robarse parte de las riquezas y de los recaudos acumulados supuestamente para la Corona.

La construcción de la paz pasa por quitarle a la corrupción las toneladas de dinero que ella le usurpa al erario y al consumidor, para financiar con eso la creación del empleo y la multiplicaron de la educación que demanda el plan de desarrollo de largo plazo por tantos años pospuesto para salir del atraso y de la injusticia.

No participar, no votar es seguir cohonestando estas conductas apátridas, este entorno incivilizado, es echar a la basura la oportunidad excepcional de darle un poderoso empujón a la paz sin retórica, con justicia social.

Venimos del mal hábito de elegir presidente con poco más del veinte por ciento de los votos de la gente habilitada para votar, porque más del sesenta por ciento no cumple su deber ni usa su derecho de participar es la escogencia del mejor (¿?) camino para el futuro nacional. Eso facilita a los traficantes de elecciones hacerse al poder. Y a eso llamamos democracia. Es evidente que no les conviene promover el voto obligatorio, por el peligro de que se les dañe su negocio.

Al cierre de estas reflexiones avanzaba la explosión de denuncias de corrupción contra los gobiernos Uribe y Santos y sus herederos políticos, sobornados por Oderbrecht, que enturbia aún más el río revuelto de la política y tiende a confundir peor al electorado.

Con cálculo anticipatorio Uribe madrugó a pedirle a su candidato Zuluaga hacerse a un lado mientras aclara “sus” entuertos, para despejarle así la candidatura a Ramos, excarcelado por dudas sobre parapolítica y ahora exhibido convenientemente como víctima.

Y el santismo trata de evitar un naufragio de su auto-aspirante Vargas Lleras, a remolque desde el gobierno con los planes de vivienda y los contratos de carreteras de mayor inversión en corto plazo de cuantos se han emprendido, frente a la creciente expectativa de que la mejor opción para reafirmar y proteger el proceso de paz es, precisamente, su negociador, De la Calle Lombana. Se lo ve como la posibilidad más cierta para que la pacificación no extravíe su destino, pero los egos personales aquí no hay modo de que cedan a las conveniencias generales. Salvo que Vargas se comprometa en serio con este tema y, ojalá, se alíe respetuosamente con De la calle.

La izquierda, mientras tanto, podría ascender históricos escaños si no fuera también por sus ambiciones personalistas, de grupúsculos, una evidencia más de la inmadurez doméstica de seguir imponiendo apetitos propios antes que abrirle paso a los planes de desarrollo en paz que tanto reclama la necesidad nacional de salir del atraso, la delincuencia y la informalidad.

¿Qué hacer?:  esperar que los patos se lancen al agua, confiar en que ofrezcan soluciones realizables, y ¡que cumplan! Tenemos que combatir la engañifa de que una cosa es la elección, en la que se ofrece los divino y lo humano, y otra muy distinta, la gobernación, en la que sin pudor se llega a ejecutar todo lo contrario.-