FONTUR 2016
La CÍA se desbordó

albeiro valencia

Una nueva película se viene desarrollando en el mundo del espionaje por cuenta del nuevo presidente de Estados Unidos y por las revelaciones de Julian Assange, fundador de WikiLeaks. Todavía recordamos que cuando Donald Trump era candidato presidencial sembró la duda sobre la afirmación que hizo la CIA, del ciberataque de Rusia, para ayudarlo a ganar las elecciones y desacreditó al organismo de inteligencia sobre los informes del año 2003, cuando aseguró que Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva, lo que resultó falso. Lo más grave es que hoy, ante los nuevos escándalos de la CIA por su incompetencia, gritó Trump a los cuatro vientos: “¡Amo a WikiLeaks!” y declaró que tenía más confianza en Assange que en la CIA, el FBI y todos los demás servicios de inteligencia del país. Dijo que eran incompetentes y que no los necesitaba, “porque soy una persona muy lista”. Hoy la situación es gravísima porque de acuerdo con un informe entregado por WikiLeaks la agencia tiene una red de archivos llamada Vault 7, compuesta por cerca de nueve mil documentos sobre informaciones captadas a través de un arsenal de hackeo, pero la CIA perdió el control de dichos documentos y el que los posea tiene la misma capacidad de espionaje de la poderosa CIA.

Algo de historia

La Agencia Central de Inteligencia se fundó en 1947, y tenía tanto poder que parecía un Estado dentro de otro Estado, pues podía realizar operaciones encubiertas y espiar gobiernos. Tres años después advirtió el senador John Stennis: “Acuérdate que vas a tener una agencia de inteligencia y deberás protegerla como tal. Cierra los ojos y recibe todo lo que se ha de venir”. Dicho y hecho; empezó un recorrido de logros y fracasos: la fallida invasión a Bahía Cochinos (Cuba) en 1961; el escándalo de Watergate (1972-1974), que produjo la renuncia del presidente Nixon; y los ataques del 11 de septiembre de 2001, cuando se comprobó la incapacidad de la CIA, porque no previó los atentados terroristas.

En la historia reciente está el escándalo que produjo la plataforma de filtraciones de WikiLeaks; los videos sobre la crueldad de la guerra en Afganistán y en Irak, conmovieron al mundo, y la publicación de los 250 mil cables del Departamento de Estado desnudó los secretos de la diplomacia mundial. En ese momento se decía que lo más grave de las filtraciones no estaba en los contenidos de los documentos, sino en el tamaño de la vergüenza, porque un hacker había logrado penetrar los secretos de la más grande potencia del mundo.

Después llegó el escándalo que protagonizó el ingeniero informático Edwar Snowden, en el año 2013, cuando le reveló al periódico inglés The Guardian sobre el programa ultrasecreto de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), conocido con el nombre de PRISM, que permitía el acceso a los servidores de Google, Microsoft, Yahoo, Facebook, Skype, Youtube y Apple. O sea que la agencia podía controlar correos, documentos, chats, audio, videos, fotografías y blogs, de millones de personas. Este joven estadounidense estuvo relacionado con el servicio secreto durante 10 años, primero con la CIA, en Ginebra, y después como consultor de varias empresas que colaboraban con la NSA; aseguró que entregó la información a los medios porque no le parecían correctas las prácticas del gobierno y quería que los ciudadanos supieran como se atenta contra su privacidad. Afirmó que la NSA “miente sistemáticamente al Congreso respecto a la magnitud de la vigilancia que ejerce en Estados Unidos. Captamos más comunicaciones electrónicas en el país que en Rusia. No se imaginan todo lo que se puede hacer, porque el alcance de sus capacidades es tenebroso”.

En esa época se decía que Estados Unidos practicaba un espionaje escandaloso; pero, además, el espionaje en el mundo globalizado se fue convirtiendo en una actividad legal. Por ejemplo, a mediados de 2015 fue hackeada la empresa italiana Hacking Team y se filtraron cerca de 400 GB de datos; esta es una poderosa compañía especializada en desarrollar software de espionaje digital para varios gobiernos y agencias de inteligencia de todo el mundo, empezando por Estados Unidos (FBI y DEA), Oman, Uzbekistán, Egipto, Sudán, Arabia Saudita, Colombia (Policía Nacional) y otros. Frente a los hechos dos medios franceses y WikiLeaks informaron que Estados Unidos había espiado las conversaciones de los presidentes franceses Jacques Chirac, Nicolás Sarkozy y Françoise Hollande, lo que desató una nueva tormenta diplomática.

En esta era del espionaje mundial salió a la luz el que se realiza entre amigos, pues se comprobó que las agencias estadounidenses vigilan a los regímenes más cercanos como Francia, Alemania y Japón. Así, WikiLeaks publicó documentos bajo el nombre de “Objetivo Tokio”, donde se comprueba que Estados Unidos espió a los más altos funcionarios y a empresas japonesas y que compartió esta información con Australia, Canadá, Nueva Zelanda y Reino Unido.

Otra es la situación en países que son muy amigos pero que tienen rabo de paja, como ocurre con Francia. De acuerdo con WikiLeaks el espionaje se hizo desde el techo de la embajada de Estados Unidos en París, cerca al Palacio del Eliseo. Esta revelación molestó al Consejo de Seguridad de Francia y un portavoz de la cancillería anotó que “Esta no es la manera de tratarse entre aliados.  Francia no tolerará acciones que amenazan su seguridad y la protección de sus intereses”. El presidente Obama aseguró a su colega Françoise Hollande que Estados Unidos no estaba espiando sus comunicaciones en el momento, y que respetaba el compromiso del año 2013, cuando emitió órdenes ejecutivas en las que pidió suspender el espionaje contra líderes aliados y estableció una serie de requisitos que impedían el acceso de la NSA a los metadatos de estadounidenses. Pero estas mismas órdenes establecen que las escuchas serían permitidas si llegan a considerar que existe una amenaza para la seguridad nacional. Sobre este bochornoso tema fue muy claro el parlamentario europeo Arnaud Danjean quien dijo que “la regla número uno del espionaje, incluso entre socios, es que todo está permitido mientras no sea descubierto. Pero a Estados Unidos lo descubrieron y por eso debe pagar”. En este asunto hay mucha hipocresía porque todos espían.

La incompetencia de la CIA

Este último escándalo se inició cuando WikiLeaks difundió datos sobre un programa encubierto de espionaje de la CIA que permite hackear teléfonos, aplicaciones de comunicación y otros dispositivos electrónicos y convertirlos en micrófonos para espiar a sus usuarios. WikiLeaks señaló que obtuvo los documentos cuando la CIA perdió el control informático sobre ellos; la colección llegó a manos de antiguos hackers del gobierno estadounidense y uno de ellos les proporcionó partes del archivo. Este arsenal de espionaje incluye software malicioso, virus y troyanos y dan a su poseedor un enorme poder para vigilar incluso desde televisores.

Todo esto lo explicó muy bien el australiano Julian Assange, desde la embajada de Ecuador, en Londres, donde está refugiado. Afirmó que la CIA perdió el control de sus armas cibernéticas y que éstas pueden estar en el mercado negro, al alcance de los piratas informáticos. Dijo en forma concluyente que “es el mayor arsenal de virus y troyanos del mundo. Puede atacar la mayoría de los sistemas que utilizan los periodistas, los funcionarios de los gobiernos y los ciudadanos. No lo protegieron, lo perdieron y luego trataron de ocultarlo”.

Este escándalo dejó a la CIA en ridículo y el presidente Trump está considerando cambios radicales en la Central de Inteligencia, pues cree que “los sistemas de la CIA están obsoletos y deben ser actualizados”.