FONTUR 2016
Fannor

Víctor Hugo Vallejo

A Fannor se le pegó el nombre a la piel. No se podría haber llamado de otra manera, porque es la marca que lo distingue. Poco o nada se requiere de su segundo nombre y mucho menos de sus apellidos, para saber de quien se está hablando. Especialmente en el Valle del Cauca, aunque en las esferas del poder público a nivel nacional, no es extraño, como que muchos de los que lo ostentan en algún momento han tenido contacto con él.

Es un personaje que se ha dedicado a construir personajes hace muchos años. Desde el ejercicio de una temprana vocación de periodista, se ha convertido en lo que ahora modernamente se denomina asesor de imagen y que él modestamente ha ejercido como una manera de saber presentar los hechos, las circunstancias y las personas, siempre con el ánimo de construir, sin necesidad de causar daño a terceros.

Nació Fannor sin que sus padres le hayan dado la explicación del origen de su nombre o sencillamente porque nunca se las pidió. Le parece tan natural llamarse así y que esto le haya permitido convertirse en el ser humano de las altas calidades que posee, hasta el punto de que se le conocen demasiados amigos, pero no es posible identificar los enemigos, o malquerientes, porque todo indica que no los tiene.

El Valle del Cauca lo reclama como suyo. No es que ninguna ciudad lo reclame de en particular, aunque por muchos años fue creencia de que era natural de Roldanillo, sino que todos estarían satisfechos de servirle de patria chica.

Hasta sus amigos más cercanos en ocasiones han caído en el error de saberlo de otros lares. El lo aclara. Nació en Cali, cuando esta era una pequeña ciudad. Ubica la casa de su nacimiento en lo que hoy día corresponde a la nomenclatura urbana de la carrera primera con calle 15, un hervidero de gente, tráfico y comercio organizado y desorganizado. Muy lejos del paisaje bucólico que debió ser cuando llegara al mundo.

Su padre fue un machista redomado que anduvo en constante desavenencia con su madre. A esta le correspondió el gran esfuerzo de sacar adelante a dos hijos, con la magra y a veces muy accidental ayuda del progenitor, por quien ella siempre tuvo calificativos que no correspondían a los más positivos, por su gusto por el licor y las mujeres bonitas. Era el hombre elegante, de vestido entero, corbata, carro último modelo, buena vida, gocetas y dispuesto a no dejar ir ninguno de sus encantos masculinos, que como dice el mismo Fannor: los tenía todos. Un padre muy distante que algo ayudaba y una madre impositiva y controladora que nunca faltó en lo más mínimo al deber de hacer de sus hijos personas con futuro. Su padre era conservador de raíz. Cuando los conservadores eran conservadores y los liberales eran liberales. No eran claras las ideas de ambos, pero al menos establecían diferencias sustanciales en sus comportamientos sociales.

Fue al colegio público. Pasó por las aulas del Santa Librada, fundado en la época de la independencia por el general Francisco de Paula Santander. Allí conoció a muchos de los que luego en la vida serían sus amigos. Allí se hizo al ambiente de ese Cali en el que todos se conocían y se formaban bajo la instrucción de verdaderos maestros del pensamiento, que formaban bachilleres capaces de muchos ejercicios profesionales. Una educación de calidad, aunque con poca cantidad de estudiantes. Es decir, la ecuación contraria de la educación de ahora, en la que lo que importa es que haya muchos estudiantes para presentar cifras de resultados, aunque la pobreza del proceso formativo sea cada vez más notoria. Un bachiller de ahora difícilmente sirve para hacer mandados, porque ni las ciudades conoce.

Era 1956 y se graduó como Bachiller clásico. Pensar en la Universidad era utópico. Su madre hizo esfuerzos que alcanzaron hasta allí. Su padre estaba muy ocupado en mujeres bellas y deliciosos tragos. Cuando le comunicó que era bachiller, lo felicitó y le dijo que se pusiera a trabajar. De la Universidad no se habló ni por error. Le pidió que al menos hablara con sus amigos los conservadores para que le ayudaran a conseguir empleo: “aunque sea de maestro”. Dicho y hecho. Los hermanos Olano Cruz, amos conservadores de entonces, hablaron con el gobernador de turno, una noche se acostó bueno y sano y amaneció siendo docente de segundo de primaria en la Escuela República del Ecuador, a donde llegó un muy apuesto joven, de 1.98 de estatura, elegante, bien vestido, con una sonrisa de conquistador. Supo que estaba en problemas. Era un magnifico conversador, pero jamás le había enseñado nada a nadie. Los compañeros de trabajo le ayudaron, lo orientaron y de alguna manera pudo construir una clase para unos niños que apenas llegaban al mundo del conocimiento.

El susto de ser profesor sin formación alguna en pedagogía y sin mucha vocación, se le acentuó cuando al poco tiempo el director de la escuela pidió una licencia de dos meses y el Gobernador designó como encargado al mejor recomendado de los profesores, Fannor. Fue director de la Escuela. Más de una joven madre de familia en las reuniones regulares con las directivas del plantel se fijaron en ese atractivo director y hubo los coqueteos fáciles, a los que él no era ajeno, porque solo los años fueron capaces de aplacarle la costumbre de no negar miradas conquistadoras, entregar besos y algo más cuando se daban las oportunidades. En algunas casas cercanas a la escuela hubo siestas mañanera al desayuno con coquetas madres de familia. Era un honor atender al señor director.

El mundo de la docencia concebido en los términos dichos lucía bien. Pero él sentía que no estaba en lo que le gustaba. Leía mucho y de vez en cuando se sentaba a juntar letras en hojas de papel, sobre las que escribía intentos de relatos y tentativas de poemas. Lo que le gustaba era escribir. Sabía que ser escritor era tano como sentarse a alcanzar un imposible, pero había otras maneras de ganarse la vida por saber escribir. Volvió a hablar con su padre para que de nuevo hablara con los jefes conservadores y le pidió que le ayudara a ingresar como aprendiz de periodista al “Diario del Pacífico”, amo y señor de la opinión pública de entonces en Cali. En 1958 ingresó como ayudante de redacción, siendo destinado a la sección de noticias internacionales que constitía en sentarse en una pequeña butaca, al pie de la mesa donde operaba el teletipo, que no paraba, en las 24 horas, de arrojar información, proveniente en especial de la por entonces agencia de noticias UPI. Su tarea consistía en leer todos los cables en la medida en que iban saliendo del equipo. Resaltaba las que le llamaran la atención. Las recortaba. Las llevaba a la mesa del jefe de redacción y volvía al mismo puesto durante todo el tiempo de su trabajo.

Después le dijeron que comenzara a editar algunas de esas noticias que llegaban redactadas desde la agencia internacional, pero con grandes extensiones. Había que someterlas al espacio de publicación disponible. Se trataba de ponerle su estilo a unas noticias de las que no era testigo, pero que pasaban a ser su responsabilidad. Poco a poco le fueron abriendo otros espacios y le indicaron diversas fuentes de cubrimiento, pues por entonces no había demasiada especialización en lo que hacían los periodistas. Todos cubrían de todo. Dependía de los hechos que se fueran presentado.

Se fue haciendo periodista a golpes de tecla y untadas de tinta en los talleres de armada en caliente de ese periódico. Comenzó a conocer a fondo la política local y arrancó la carrera que lo ha hecho figura: ser amigo de todo el mundo.

En 1960 Álvaro Lloreda Caicedo , director y propietario de la nueva competencia de “Diario del Pacífico”, “El País”, lo llamó a la redacción. Le ofreció un mejor sueldo y lo puso en responsabilidades mayores de cubrimiento y creatividad. Era un diario eminentemente político, puesto al servicio de un facción del conservatismo, con miras precisas de acceso al poder de sus dueños, por lo que la información se manejaba con este sentido. Habían personas vetadas , cuyos nombres no podían ser mencionados en sus páginas por la sencilla razón de que se vislumbraban como contrincantes de poder político. Era cuestión de conocer el listado de vetos del director. Con esos nombres, se podía ser amigo de calle, pero nunca de información.

Una de sus fuentes terminó siendo la Gobernación del Valle del Cauca, donde, en el viejo Palacio de San Francisco de arquitectura italiana (diseñado y construido por los arquitectos italianos Papio y Juan Pablo Bonarda, entre 1928 y 1930, en servicio hasta 1976, cuando se terminó la torre actual, inaugurada por el Gobernador Raúl Orejuela Bueno), con cuatro pisos, coronada con un hermoso Domo, se encontraba todos los días con el Gobernador de turno. A finales de 1964, en una de esas crisis ordinarias del gobierno nacional para reacomodo de cuotas políticas, le pidieron la renuncia al Gobernador liberal Gustavo Balcázar Monzón y designaron al joven conservador de Bugalagrande Humberto González Narváez, de quien todos destacaban su cultura e inteligencia y muchos murmuraban su condición homosexual. A finales de diciembre de 1964 el Gobernador le pidió a Fannor que le preparara un proyecto de estructuración de oficina de prensa de la Gobernación, que quería crear. Lo preparó, una cosa sencilla, en apenas tres páginas. No se conocían las oficinas de prensa de las instituciones. Lo presentó en enero y en febrero de 1965 fue designado como el primer jefe de prensa de la Gobernación del Valle. Un Gobernador conservador que nombraba a un liberal en el novedoso cargo.

Cuando le comunicó al director de El País que se iba para la Gobernación, Álvaro Lloreda no lo recibió muy bien y hasta le pronosticó una agresión sexual, que nunca se dio, pues González Narváez siempre fue un gran señor, hombre respetuoso y nada dado a hechos que demeritaran sus calidades humanas, que estaban muy por encima de su condición sexual.

Allí se consolidó la carrera de Fannor: ser amigo. Fueron 33 años en el cargo. Estuvo durante 18 gobernaciones, con 16 Gobernadores, pues dos de ellos repitieron función. Con todos se llevó bien. Al cabo de muchos años pasó de ser jefe de prensa a Jefe de Relaciones Públicas. La lealtad, el respeto y el acatamiento de la autoridad fueron los distintivos que lo hicieron inamovible. En una famosa frase suya, repetida por muchas veces preguntada, queda patente su calidad de leal. Le preguntaron quien era el mejor Gobernador de los muchos que había acompañado. Siempre contestó: “El próximo”, con lo que dejaba entender que de los jefes nunca se habla, ni bien, ni mal. Se respetan.

Se fue cuando quiso. Consideró que estaba cansado. Que se merecía un reposo con su esposa, con sus hijos, con sus amigos. Estaba equivocado. Una semana después de estar en casa, lleno de vida, de ideas, de recuerdos, de conocimientos, de saberes pragmáticos, lo llamó Nelson Garcés Vernaza, director de la Caja de Compensación Familiar del Valle, Comfandi, y le pidió que lo acompañara en tareas de relaciones públicas y de manejo de medios. Era por unas pocas semanas. Estuvo 16 años. Su capital para ser eficiente: sus amigos. Además, de mucho tiempo atrás ocupa un escaño de Miembro de Número de la Academia de Historia del Valle del Cauca. La historia y la buena literatura son sus pasiones de siempre.

Fannor ha sido amigo de sus amigos. Son muchos. No sabe cuantos. Puede enumerar los más cercanos, pero es respetuoso de aquellos que no recuerda de inmediato, a todos los considera necesarios.

Vivió a su manera. Gozó la vida. No trabajó en ninguno de los cargos. Se divirtió. Su trabajo fue siempre su placer. Iba en la avanzada del Gobernador en las visitas a pueblos y ciudades. Normalmente iba con dos de sus mejores amigos, periodistas también, con quienes se desplazaba en el lujoso, por entonces, carro de color verde, Fiat 125, siempre conducido por el fiel “señor Pérez”. Los tres eran los escuderos del gobernante en materia informativa. Los tres llegaban de primeros y se iban de último. Con más de un trago de licor en el cuerpo.

Un día le pusieron un polo a tierra llamado María del Pilar. Lo aterrizó en la vida. Lo llevó a convertir en esposa por siempre a esa eterna y bella novia llamada Amparo. Tuvo la creadora idea de conseguir una vivienda en el segundo piso de la Fuente de Soda “Esmeralda”, para en las horas libres estar cerca de sus amores, pero al lado de sus amigos, con la conversación agradable de siempre, tomándole el pelo a todas las situaciones y consumiendo mucho licor que le ha alegrado y le va a alegrar la existencia para saber de la dicha. Después llegaron los nietos. Después llegó la quietud. Se mantiene el capital: los amigos.

Por estos días anda celebrando años, no cumpliendo, hace muchos años dejó de cumplirlos, sólo los celebra. No autorizó a nadie a decir cuantos son, porque le quedan muchos de vida de gocetas. Haciendo más amigos. Amparo le quiso hace fiesta, pero no fue posible. Desbordaría cualquier presupuesto, pues invitarle a todos los amigos que tiene, sería tanto como organizar una manifestación, cuando a las manifestaciones asistía la gente.

Se nos estaba olvidando. Hablamos de Fannor Emiro Luna Urrea. Más simple: Fannor Luna. Aún más simple: Fannor. Es que nació con el nombre pegado a la piel y no podría haberse llamado de otra manera. Un amigo de sus amigos y los tiene todos. Un periodista que le ha sabido ayudar a todos los periodistas. Un escudero de personajes que en su lealtad han tenido su imagen ante la opinión público.

No es posible desearle feliz cumpleaños. Suficiente con celebrar su gozosa vida: Salud, querido Fannor.