FONTUR 2016
Educación humanística: solución a la corrupción

Camilo Younes

Una de las frases que más me ha impactado recientemente se la escuché al humanista, economista y escritor español José Luis Sampedro en una entrevista antes de su muerte, en la cual manifestó, palabras más, palabras menos, que solo una persona de pensamiento libre (librepensador) puede ser un demócrata verdadero.

Hoy que “por fin” nos dimos cuenta del real problema de nuestra sociedad, es decir, la profunda y enquistada corrupción, derivada de un modelo económico injusto, mal estructurado y gobernantes y dirigentes con estándares éticos lamentables, es necesario preguntarnos sobre el rol que tenemos que jugar alrededor de esta problemática quienes cumplimos tal vez la tarea más importante de la sociedad: educar.

La corrupción y la educación terminan siendo asuntos de carácter que desde su perspectiva axiológica debemos enfrentar como sociedad y preguntarnos por el papel que cumplimos quienes estamos involucrados en la importante tarea de formar ciudadanos, delegada a ciertos actores académicos por el conjunto de la Nación.

Desde una perspectiva teleológica, nuestro objetivo final como educadores es formar verdaderos ciudadanos, demócratas, futuros profesionales que tengan claro su papel en la sociedad; es precisamente en este punto en el cual se debe resaltar la importancia de su formación humanística, inclusive antes que garantizar su excelencia académica, porque sin la primera es imposible la segunda.

Para lograr una adecuada formación humanística y excelencia académica, se hace necesario tener un enfoque en las estructuras curriculares de los programas profesionales en Colombia, especialmente en aquellos que tienen alta importancia en el desarrollo económico de un país, tal como lo son las ingenierías. Si se analiza lo anterior, no deja de ser lamentable que la inmensa mayoría de dichos programas eviten a toda costa que las humanidades hagan parte integral y obligatoria de los currículos.

No podemos estar rasgándonos las vestiduras por los problemas de corrupción y los bajísimos estándares éticos de nuestros profesionales, responsables de la administración de los recursos del Estado y de su adecuada destinación, todos graduados de las mejores universidades del país y en muchas ocasiones internacionales. Si analizamos las posibles rutas curriculares que tienen a su disposición los estudiantes hoy en día, éstas se alejan cada vez más de una formación integral profesional.

Adicionalmente, desde las universidades, especialmente desde la Universidad Nacional de Colombia, siempre exigimos respeto por la autonomía universitaria y la libertad de cátedra, lo cual está bien y no se puede renunciar nunca a estos logros de las sociedades modernas, sin embargo, el ejercicio de la autonomía universitaria debe ser responsable, lo cual no muchas veces sucede, especialmente en relación con la estructuración ética-curricular de sus estudiantes.

Un ejemplo claro de lo anterior es que, dado que la Universidad Nacional de Colombia es la única que no requiere registro calificado para sus programas por parte del Ministerio de Educación, como consecuencia es la única en la que en la inmensa mayoría de sus programas curriculares no tiene como obligatorio el estudio de la Constitución y la instrucción cívica, violando así este derecho fundamental consagrado en el Artículo 41 de nuestra Carta Magna y sin quererlo, dándole una mano a la corrupción. Sobre este particular tenemos responsabilidad todos los integrantes de esta comunidad académica y debemos insistir en corregirlo.

Esta situación no es menos alentadora en otras latitudes. A nivel mundial se ha profundizado la tendencia a menospreciar y retirar de las estructuras curriculares lo relacionado con la formación socio-humanística. Recientemente el ministro de educación de Japón propuso incluso acabar con los programas de humanidades para centrarse en las carreras técnicas. Afortunadamente aún encontramos personas sensatas que nos invitan permanentemente, no sólamente a no abandonar el estudio de las humanidades, sino a profundizarlo como solución inicial a los problemas modernos. Tal es el caso de la filósofa estadounidense Martha Nussbaum, recientemente distinguida con un doctorado honoris causa por la Universidad de Antioquia, donde nos deleitó con un bello discurso que resaltaba los problemas en las democracias modernas precisamente derivados de una crisis mundial en la educación.

A lo anterior es necesario sumarle el debate sobre la formación terciaria y la estructuración de los programas técnicos y tecnológicos, así como su relación y tránsito con los programas de carácter profesional y de posgrado. Este debate ha generado más preguntas que respuestas y una de las más intrigantes para mi es la posibilidad de que el efecto colateral sea eliminar del todo la formación humanística en todos los niveles de formación, especialmente en los más bajos.

Si adicionalmente nos preguntamos por la razón de la existencia de los diferentes programas curriculares, llegaremos muy posiblemente a entender que, siempre ha sido y será la búsqueda de un desarrollo sostenible de cara a enfrentar los retos de la humanidad, por lo que el papel de la formación ética-humanística tendrá mucho que decir.

En septiembre de 2015 la Organización de las Naciones Unidas aprobó la agenda 2030 y los objetivos de desarrollo sostenible. Son 17 objetivos que deben urgentemente articularse a las estructuras curriculares de todas las Universidades de manera prioritaria, esto con el fin de alcanzar de alguna manera las metas propuestas. Si revisamos dichos objetivos, están fuertemente relacionados con temáticas que únicamente pueden ser abordadas si de por medio se fortalece la formación socio humanística en los futuros profesionales, particularmente en las ingenierías.

Asuntos relacionados con el recurso hídrico, desarrollos tecnológicos, fuentes renovables de energía, seguridad alimentaria, infraestructura resiliente, cambio climático, entre otros, son de directa competencia de la formación universitaria.  Llevamos dos años de atraso frente a esta apuesta mundial y no se escuchan voces claras de articulación de política universitaria, ni de parte del gobierno ni de parte de la academia.

Si prestamos atención, los retos del Siglo XXI están relacionados directamente con el flagelo de la corrupción y su solución está en gran medida en lo que podamos hacer desde la educación. No se necesitan grandes revoluciones educativas ni reformas académicas para lograrlo, únicamente que quienes tienen bajo su responsabilidad la dirección universitaria entiendan que necesitamos universidades con miras a enfrentar los retos del presente siglo y no los del Siglo XIX.

La forma más adecuada para eliminar este cáncer de la corrupción de nuestra sociedad es entonces educar verdaderos ciudadanos que atiendan los retos del futuro. Defensores de los principios fundamentales de la democracia solo se conseguirán a través de la formación humanística. Únicamente a aquéllos a quienes no les interesa lo anterior, se opondrían a resaltar la importancia de las humanidades en la formación de nuestros futuros profesionales.

Profesor Titular
Universidad Nacional de Colombia

@CamiloYounes