¡Cómo me trates te trato!

Por: mario arias gómez

Pintura de Ramiro Ramírez

El apócrifo y desorientado “Diablo Cojuelo”, resolvió -per se- lanzarme a las fauces mediáticas, al graduarme como “feroz enemigo” del paleto, Omar Yepes. Manda huevos. Desconoce que la verdad está por encima de la amistad. Así lo enseñó Aristóteles -El Estagirita-, alumno del gran maestro Platón, discípulo del inmenso Sócrates. Colosales exponentes de la filosofía de la Antigua Grecia. Norma que el ateniense sintetizó: “Soy amigo de Platón, pero más amigo de la verdad”, la cual se ha devaluado tanto que pasó a ser moneda sin valor.

Al respecto, solo los basurientos, brutos, deshonestos, ignorantes, estúpidos, ideológicamente cerriles, sienten la necesidad -a falta de argumentos- de mentir. La verdad, por dura que sea, transparenta los hechos, siempre y cuando puedan comprobarse o corroborarse, básico para concluir válidamente. Los celos, la envidia, la falsedad son pulsiones inherentes a la condición humana. Desatinos que Shakespeare trata magistralmente en cuatro de sus obras maestras: El Rey Lear, El mercader de Venecia, Hamlet, Macbeth, libros a los que acudo para discernir la recriminación que desliza -sin querer queriendo- por debajo de la mesa, el insufrible “Diablo Cojuelo”. Fuego -no amigo- utilizado para sindicarme de sacarle las tripas al extinto “amigo”.

Como dijo Poncio Pilatos: Lo escrito, escrito está. No voy a borrar con el codo lo que escribí con la mano. Insiste -de mala entraña- en armar una falsa y ridícula leyenda en relación con mi deserción política, que asegura, obedece a la felonía, deslealtad, ingratitud, equivalentes al doble juego que por años el velero mayor -para decirlo sin eufemismos- practicó personalmente y por interpuesta mano, con lo que trató de afectar mi austera imagen, lo cual no permitiré, ni dejaré, sin respuesta. Faltaba más. Los seres humanos sobrellevan las adversidades, en ocasiones las injusticias, pero agregada la mentira, la resistencia es inevitable.

Antes de descodificar los motivos y razones que derivaron en el ocaso de la relación, en el incomprendido distanciamiento, transcribo esta nota ilustrativa: “A Don Mario, así con mayúscula. Amigo de años y aportante decisivo para los logros conseguidos. Con afecto. Fdo. OYA. Agosto de 2015.” Espontáneo reconocimiento prodigado luego de una devota y casi mística asistencia. Ver link, https://plus.google.com/112330092107729914830/posts/faVtfkxwY1w.

A mi edad -por si no lo sabía el despistado “Cojuelo”-  la autonomía, libertad, independencia, son vitales, y para saborearlas, es forzoso no deberle nada a nadie. Sin cacarearlo, me jacto de ello. Concluida hermandad, en la que di más de lo recibido. En contraste, cuando en un momento de apremio necesité girar sobre tal reserva, para desilusión esta se había esfumado, solo quedaba, como dice la canción de Silvana Di Lorenzo: Palabras, palabras, palabras.  Enésimo desaire e impensado, inamistoso y hostil gesto -miserable en lo humano-, infligido por el inseparable camarada. Letal estocada causada por la espalda por el caricaturesco ex amigo, que por ser quién fue, me afectó más de la cuenta, pues se usó el abrazo como señuelo para prodigarla. Como desahogo, desengaveté apolilladas remembranzas apodícticas, que no voy a matar, callándolas y que vocearé hasta el desgañite. Como me trates te trato.

Y no es una hipótesis, es una verdad auténtica, socialmente legítima, que pondré en práctica, aunque como dice el tango: “Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vida. Tengo miedo de las noches que pobladas de recuerdos encadenen mi soñar”. Parodiando a R. L. Stevenson (1850-1894) agrego: “Mi memoria (no) es como la suya magnífica para olvidar”. Me importaría un pito si así fuera, si solo se tratara de una rencilla doméstica, pero se trata de un artero acto, complejo y sutil, autodestructivo, calculado fríamente por el ladino “ex amigo”, qué en plena borrachera de poder, se reservó todas las cañerías del Estado, que lo condujeron, fatalmente, a perder el respeto de la manada, que permutó por el deshonor, descrédito, estigma y ruina moral.

A pesar que el muy liso escapó de todos los escándalos, sin sonrojarse, posa hoy -para risa- de pudoroso faro, falso redentor, qué entre lo dicho y hecho, dejó mucho trecho. Catedralicio libertinaje que la historia no absolverá, estoy seguro. Actor cuya grisura no le permitió sincerarse como intérprete. Dijo Oscar Wilde: “Dale una máscara y te dirá la verdad”. Llegué a pensar que el enemigo de un malo tenía por fuerza que ser un bueno, pero resultó que puede ser uno peor, harto peor. Patético advenedizo que rezuma imitada grandeza, prueba de la crisis del espíritu humano, de la miseria de la democracia practicada.

No me amilana admitir que nací en la parte baja de la pirámide social, en un hogar humilde y sencillo, pero honrado, que parado en los pies, replica al ambicioso y calculador alfeñique, que con sutil insidia intentó espolearme, al asegurar que conoce de mí degradantes secretos -no tan graves como los suyos-. Amenaza que anticipó la “virtuosa dama”, a la que incité a develarlos, lo cual reitero, junto a la esperada lista anunciada por la porcelana azul.

La nombradía consiste en decir lo que se va a hacer y hacer lo que se dice. En decir la verdad y hacer lo correcto. El sentir que los demás tienen sobre uno, no se basa en lo bueno que uno sea para el manejo de intereses o necesidades propias, sino en lo bueno que se es para atender las necesidades o intereses del prójimo. No olvido en mí caso, que mí mano se quedó extendida en una emergencia familiar. Latente e imborrable disgusto que anida aún en el alma.

Esto en lo personal. Sumo el hecho de negociar -con terquedad patológica- a hurtadillas, sin consultar con nadie, apoyado en su ADN, sin brillo, inédito por más de tres décadas mientras mantuvo la sórdida unión con Barco, lo cual ensayó  exorcizar con la ficción del candidato propio, allanando -con candidez angelical- la suicida aventura con la “viuda negra”, antípoda del “Poder del Pueblo”, lastrada por “Agro-robo-seguro”, para lo cual debió excluir los millones de motivos para huir de la teatral alianza, ideológicamente incoherente.

En toda organización política le corresponde al jefe crear -si es leal a un proyecto y no a su persona- un clima de diálogo y entendimiento. Premisa que desacató el desteñido dirigente, que en solitario viró hacia la provechosa microempresa de la venta de avales, que lo sacó de la franciscana pobreza a la milagrosa opulencia, que lo atornilló además en el Congreso, lo mismo que a la apetitosa ubre estatal, para terminar cooptado por el indeseable y trivial uribismo. Fatídica epopeya que implicó abandonar medio siglo de engañosa lucha popular, que marcó el triste final del aislamiento e irrelevancia política. Irreflexivo convenio, en que los malos se llevaban los premios y los excluidos verían decrecer las oportunidades reservadas para el impenetrable e hirsuto nepotismo casero.

Lo cual aniquiló una añeja y cabal relación amical, caracterizada por una fidelidad canina, que dilapidó el frío, insensible y taimado espécimen shakesperiano. Alejamiento armónico con el juicio que Nietzsche hace de esta clase de personas: “El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo”. Discrepancia atizada por la ficticia, lóbrega y sinuosa Tola, quién impasible, sin arredrarse, me disparó con su ballesta cargada de injuriosa ingratitud y reniego, debiendo -dolido y harto- dejar asqueado el idílico e inmerecido apego familiar brindado.

Manizales, enero 11 de 2017

 

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