16 de abril de 2021
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Símbolos

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
2 de diciembre de 2016
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
2 de diciembre de 2016

Víctor Hugo Vallejo

Victor Hugo VallejoUsted lo lleva en su bolsillo. Lo manosea. Paga. Le devuelven. Lo usa para meterlo a la alcancía. Lo regala cuando le piden limosna. Lo da por la ventanilla del carro a quien le limpia el parabrisas. Lo deja como propina en la tienda. Lo mantiene para completar lo del bus. Lo recibe y lo entrega, con mucha utilidad. Nunca se ha detenido a mirarlo en detalle. No necesita hacerlo. Lo distingue de lejos, por su color, su forma y su peso. Ahí lo lleva a él, porque se trata de una de sus obras más preciadas, de la que dijo alguna vez que fue su diseño más útil.

Es la moneda de $ 200 cuyo diseño por cara y sello corresponde al trabajo artístico que alguna vez le encomendara el Banco de la República al maestro Dicken Castro Duque, a quien se le acabó la vida anatómica el 21 de noviembre en Bogotá, después de haberse gastado 94 años creando e imaginando desde los esquemas ciertos de lo popular y de lo originario de la tierra colombiana.

Fueron cientos los símbolos que le encargaron a su imaginación para hacer de este un país que ingresó al lenguaje moderno de la semiótica, en el que las imágenes son capaces de llevar consigo muchas palabras, sin necesidad de contar con la aclaración de las palabras. Se trata de que los símbolos hablen solos y que sean capaces de transmitir conceptos, ideas, pensamientos, propósitos. Para ello hay que tener una gran imaginación y la certeza de que al reducir lo que se quiere decir a breves trazos, debe quedar completo.

El símbolo está en el deber de pasar a ser el todo. Para que lo sea debe contener la totalidad de lo que se pretende decir, de tal manera que cuando se mire, muy rápidamente, se convierta en todo un argumento. Basta una sola mirada y ya se capta lo que simboliza. Si no es así, es un símbolo fallido.

Todos los símbolos creados por Dicken Castro admiten esa mirada rápida. Fuera de esa moneda de $200 que usted manipula todos los días, existe otro, fruto de su creatividad, que es parte de la idiosincrasia de los colombianos: el indio de la cajetilla de cigarrillos Pielroja, una de las marcas más tradicionales, de consumo de los verdaderos fumadores y compañero de soledades en los cafetales colombianos, o en los tomaderos de café de los pueblos en sus plazas principales. Con su sabor y aromas rústicos ese cigarrillo se ha distinguido por el dibujo que adoptó la marca desde los años cincuenta del siglo XX.

Tanto tratar con Dicken y usted ni siquiera sabía que se relacionaba con él todos los días. De pronto su nombre se consideraba propio del mundo de las artes y de la arquitectura, pero lejano de las gentes del común. Y no es así, nunca ha sido así. También se lo encuentra en la enseña de grandes superficies de mercado al detal, o de grandes empresas que son emblema de poder en el país, de gremios, de congresos, de eventos especiales. De tantas cosas. Dicken ha tenido mucho que ver con el gran volumen de la población colombiano. Los símbolos nacidos de su imaginación van a permanecer. Ya no habrán nuevos símbolos creados por él, pero que dejó algunos eternos.

Dicken Castro apenas era un niño cuando lo llevaban a los oficios religiosos a la Catedral de Villanueva en Medellín. El niño rezaba poco, pero observaba mucho. Lo hacía en silencio, apenas volteaba su cabeza para detallar la forma de colocación de los ladrillos y las líneas regulares e irregulares que con ellos habían logrado los constructores. Le llamaba la atención la armonía de las formas con un material tan tosco. Nunca dejó de observar. La imagen múltiple de lo observado se la llevó consigo por toda la vida. Y eso se la marcó.

Nacido en Medellín el 23 de septiembre de 1922 luego de sus estudios secundarios, entre los que incluyó estudios de piano, de pintura, de dibujo, de arte, se fue a Bogotá pues desde cuando miraba los ladrillos de la Catedral de Medellín sabía que quería ser en la vida: arquitecto. Nunca tuvo la menor duda. Le gustaban los demás estudios, pero lo que quería hacer era crear nuevas formas, de esas que responden a la idea y luego se vuelven realidades que conviven con las personas en todas las horas.

En la Universidad Nacional se hizo arquitecto con las mejores notas. Luego se fue a cursar estudios de postgrado en la Universidad de Oregon y concluido su ciclo formativo se fue a vivir por muchos años a Seatle, pero antes fue docente de la misma facultad de donde había egresado en Oregon. Después iría a Washington. También fue arquitecto diseñador en Nueva York.

En Estados Unidos entendió que la planificación urbana era de la esencia del desarrollo físico de las ciudades y se fue a estudiar a la Universidad de Bouwcentrum en Roterdam, Países Bajos, de donde salió a trabajar en la oficina de planeación de La Haya.

Los ladrillos y las formas de la Catedral de Medellín le seguían dando vueltas en la cabeza y a esta imagen se agregaban los dibujos y colorines de los buses escaleras de Antioquia, así como las puertas y ventanas pintadas de diferentes tonalidades en los pueblos paisas, por caminos que anduvo de manera libre en su juventud. Esos colores subidos de tono se acompañan de olores propios de campo colombiano y de sonidos que de alguna manera se interrelacionan. La visión, el olor y el sonido de lo suyo hicieron que regresara a Colombia.

Se vinculó como docente de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional. Luego a Los Andes y más tarde iría a la Distrital Jorge Tadeo Lozano. Hizo de la docencia un mundo en el que compartía sus originales ideas con muchos jóvenes que admiraban en él su disciplina personal, su sapiencia y la enorme facilidad de transmitir conocimiento y estimular la imaginación. Quienes fueron sus alumnos se consideraban privilegiados. Por siempre siguió siendo su maestro. Cada que lo necesitaban estaba presto a atenderlos, a orientarlos, a seguirles enseñando, porque hizo de la cátedra una vocación vital.

La arquitectura y la planificación urbana eran su saber, pero su pasión, su dedicación, su consagración era el diseño. Fue el primer profesional en Colombia en abrir una oficina de diseño y por allí pasaron muchas ideas y necesidades de plasmar en un símbolo lo que se era. Le dio vida al diseño. Le dio vida a la semiótica empresarial, institucional, comercial.

Al crear obras constructivas tuvo en cuenta su fijación con los ladrillos de la Catedral de Medellín, que se le pagaron a la mente desde cuando era un niño y le dió uso elegante, sobrio, sobresaliente a este elemento como herramienta de construcción no solamente para interiores sino para la imagen de esos edificios. No se trataba del ladrillo de acabados, sino del ladrillo común, de ese que luce áspero. Le dió elegancia al ladrillo, con lo que le quitó el peso de los revoques y acabados a las paredes. Los diseños eran tan sencillos, tan atractivos, tan útiles que de inmediato tuvieron la plena aceptación de los colombianos, que veían innovación con un elemento constructivo netamente colombiano.

Y a esos ladrillos le agregó otro elemento del que se enamoró visual y constructivamente desde muy joven: la guadua. La conocía, había escrito un tratado sobre ella, a lo que lo llevó el conocimiento que tuvo de manera directa por las construcciones del eje cafetero, en las que se atrevieron a desafiar los abismos, gracias al resistente apoyo de ese material natural, por demás de una extraña belleza. La última edición del tratado sobre la Guadua la hizo el Banco de la República en 1966. No se ha escrito nada más completo sobre este árbol en Colombia.

Con ladrillo y con guadua le dio un estilo propio a lo que fue su arquitectura, de la que existen muchas obras en todo el país, teniendo como ejemplo emblemático el Centro de Convenciones de Paipa, Boyacá, donde le dio rienda suelta a su imaginación y usó de manera brillante lo que los expertos llaman la sintetización de los espacios, en lo que fue un precursor. Le gustaban los espacios para volverlos creativos ante la visión humana.

Con la muerte de Dicken Castro de alguna manera se cierre el denominado ciclo “Epoca de oro” de la arquitectura colombiana, de la que hicieron parte genios de la calidad creativa de Gabriel Serrano, Rogelio Salmona, Fernando Martínez Sanabria, Guillermo Bermudez Umaña y Arturo Arboleda, a quienes ha clasificado en dicho grupo el también arquitecto Eduardo Samper Martínez.

Lía Jaramillo fue el amor de su vida. La de siempre. Con ella tuvo a sus hijos Jerónimo, Cristóbal, Rosalía, Pedro y Lorenzo. Todos ellos seres humanos de gran sensibilidad pues vivir y crecer al lado de un ser humano que tenía la sensibilidad del gran observador de todo, era como impregnarse de lo que es el mundo mucho más allá de lo que externamente se puede captar. Era profundizar hasta en los vacíos del espacio. De allí derivan su calidad de seres humanos.

Dicken lo observaba todo. Muy especialmente la cultura popular y las culturas nativas de la región de las que extrajo muchos símbolos que luego re-trabajó en los creados por él, con el fin de darle plena identidad al diseño colombiano.

Como otro inmortal colombiano a Dicken Castro se le acabaron los días de creación, pero lo creado le sobrevive y cuando usted tenga en sus manos una moneda de $200 en cuya cara hay un diseño precolombino, recuerde que es el fruto de una bella imaginación aferrada a lo más colombiano de lo colombiano. Vuelva a mirar la cajetilla de cigarrillos Pielroja, sabrá a quien se refieren estos apuntes de homenaje.