10 de abril de 2021
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Fábula de la niña y el animal

13 de diciembre de 2016
13 de diciembre de 2016
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El de la pequeña Yuliana, el crimen, que, en los últimos años, más ha impactado a la población colombiana. Fotos: Archivos particulares

Por: Ricardo Rondón Ch.

La Pluma & La Herida

Bogotá, diciembre _ RAM_ Ahora que el alma de Yulianita es un lucero titilante en la vastedad del firmamento, y los pábilos de cirios y veladoras no cesan de chisporrotear en las misas y ofrendas que en el nombre de la niña se ofician a lo largo y ancho del país; ahora que el macabro caso cobra una víctima más con la misteriosa muerte del vigilante de edificio Equus 66 donde fue perpetrado el horrendo crimen; ahora que empezamos a despejarnos de la pesadilla, surgen interrogantes igual de pavorosos:

¿Qué se le pasará por la cabeza al lobo feroz de Rafael Uribe Noguera, acostado boca arriba sobre el planchón de cemento de la miserable celda provisional de La Picota?

¿Le alcanzarán 60 años de condena para purgar las resacas de aguardiente y cocaína, y solo él sabe de cuántas otras costosas anfetaminas de las que está infestado su cerebro de pitrecantropus erectus?

Íngrimo en las heladas noches de cautiverio, rodeado de las sombras de sus perturbadores fantasmas, y con la ansiedad agónica de esnifar y esnifar del polvo maldito, ¿acaso extrañará sus rumbas dionisiacas a puerta cerrada de yupicito, embadurnado de besos de prepagos intergalácticas al ritmo de la furia reguetonera de Reykon, Maluma y J.Balvin? ¿Hará eco en lo que le queda de encefálica el obsceno sonsonete de Las cuatro babys?

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La policía protege al depravado, a punto de ser linchado. El repudio ante el execrable homicidio se hizo evidente en todos los sectores de la sociedad. Foto: El Espectador

¿De qué hablarán ahora mismo las dulces y tornasoladas novias del prestigioso arquitecto de rostro apolíneo, luego de enterarse de que el hombre con el que se revolcaron en festines báquicos, era un satélite mimado de una red de proxenetismo y pornografía infantil, como lo ratifican las investigaciones de las autoridades luego de reparar en su celular y en sus redes sociales?

La fábula de la niña y el animal apenas comienza. El angelito descansa en paz, y aunque el vacío que dejó en su humilde familia indígena del Tambo, Cauca, es irreparable, ella perdurará en la memoria de los colombianos como una mártir, y su execrable crimen como el símbolo de la decadencia de una sociedad enferma, con preocupantes índices de trastornos mentales, en mayor porcentaje derivados por el alarmante consumo de alcohol y sustancias psicoactivas.

En mora está que el Congreso de la República, y sin dar tantas largas, como en episodios anteriores de similares características, caso Rosa Elvira Cely, apruebe por unanimidad la Ley Yuliana Samboní para condenar a cadena perpetua y castración química a los maltratadores y abusadores de niños, igual los feminicidios, y todo acto de crueldad como el que comprometió a la inocente niña de 7 años, que en su cuadra del barrio Bosque Calderón -a escasos cinco minutos donde residía el depredador- los vecinos veían corriendo a cumplir en la tienda con un encargo de sus padres, o simplemente dar rienda suelta a sus lúdicas de infancia con sus compañeritas del sector.

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Instante en que la Policía da a conocer los motivos de la captura de Uribe Noguera, cuando este se encontraba recluido en la clínica por sobredosis de cocaína. Foto: Captura de pantalla.

¿Desde cuándo venía el lobo merodeando por esos lares? ¿A cuántas chiquillas les habrá echado el cuento de Caperucita para que subieran a su lujosa camioneta por $5.000?

No cabe duda que Uribe Noguera (38 años) es un depravado y que sus acciones malvadas no son recientes sino que se remiten a su adolescencia.

Sus propios compañeros del Gimnasio Moderno y de la Universidad Javeriana aseguran que era el enfant terrible de las clases, que gozaba haciéndoles matoneo a los más retraídos y débiles; que disfrutaba provocándolos y humillándolos por sus deficiencias, y que era proclive a prácticas exhibicionistas como la de mostrarse en reuniones de amigos -incluso con los vecinos del edificio que habitaba- en ropa interior femenina y medias veladas.

Una dualidad entre la figura del Macho Alfa que se reproducía en los espejos de los salones del glamour y la vanidad que frecuentaba para satisfacer sus excesos, y no muy en el fondo, una mujer agazapada, que en el éxtasis de su lujuria, salía a flote, activada por los irrefrenables impulsos del alcaloide y las botellas de aguardiente que solía consumir sin reparos.

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Francisco Uribe Noguera, hermano del acusado, investigado junto a su hermana Catalina por adulterar la escena del homicidio de la menor. Foto: lafm.com

Tenebroso: un caso extremo de la psiquiatría criminal apenas equiparable con la de los célebres guionistas de películas de terror, por citar uno, el perfil que en El silencio de los inocentes le corresponde a Ted Levine en su magistral interpretación de Buffalo Bill.

El arquitecto bogotano de “familia bien”, nacido en cuna de oro, exitoso en su trabajo, codiciado por féminas de todas las edades, habitante de un sector privilegiado de la capital, no sabía de sufrimientos ni de necesidades. Por su condición de burgués gentil hombre, como en el sainete de Moliere, que fue su fachada durante 38 años, revelaba la altanería del ostentoso, estilo Donald Trump, y de responder con un ¿Usted no sabe quién soy yo? a quien osare ponerlo en su lugar.

Lo más seguro es que ni Uribe Noguera ni su familia estuvieran ahora mismo en la picota pública, si hubiesen reparado desde muchachito en sus anomalías, si lo hubieran sometido a tiempo a un tratamiento de rehabilitación para farmacodependientes, si  la alcahuetería y el encubrimiento a sus tendencias no hubieran pasado de agache.

Una parte de ese encubrimiento de marras se hizo evidente en la tarde del pasado domingo 4 de diciembre, cuando sus hermanos, Francisco (el abogado del pomposo bufete Brigard & Urrutia) y Catalina, adulterando la escena del crimen, embadurnaron con aceite de cocina el cuerpo de Yuliana, y la abandonaron en un compartimento del jacuzzi, supuestamente un desagüe, pretendiendo que el cadáver fuera evacuado por la presión del agua.

Pero ya era demasiado tarde. A esa hora toda Colombia estaba enterada del macabro delito, y para rematar el ocultamiento, el abogado y su hermana, al final de la tétrica jornada, avisaron a las autoridades que habían trasladado a Rafico -así lo llaman- a la Clínica Vascular Navarra por una crítica depresión, producto de una sobredosis de cocaína (dos bolsas) y de licor (botella y media de aguardiente), lo que corrobora que desde que Rafael abordó en la mañana  a Yuliana en su barrio, la llevó al apartamento 603 del edificio Equus 66, la ultrajó, la violó, la mordió y la estranguló (tal cual el parte de Medicina Legal), estaba en pleno estado de conciencia. La Fiscalía avanza en las pesquisas para verificar si existen otras personas involucradas en el repudiable homicidio.

Yuliana Andrea Samboní, simbolo del martirio que a diario sufren los niños en Colombia. #NiUnaMas

El viernes 9 de diciembre, en horas de la tarde, justo cuando en el Tambo, Cauca, en medio de un torrencial aguacero, familiares y allegados de la pequeña Yuliana Andrea Samboní le estaban dando cristiana sepultura, en el conjunto residencial Jardines de Castilla, localidad de Kennedy, suroccidente de Bogotá, funcionarios del CTI de la Fiscalía se aprestaban a realizar el levantamiento del cadáver de Fernando Merchán Murillo, el celador de 58 años que vigilaba la portería del edificio Equus 66, donde fue perpetrado el abominable crimen de la menor.

El celador, que ya había dado una entrevista a los investigadores en el proceso que se le sigue al arquitecto Rafael Uribe Noguera, principal implicado en la violación, tortura y muerte por asfixia mecánica de la niña, fue encontrado por su hija en el baño de su apartamento, sobre una silla, con varias heridas de cuchillo en cuello, brazos y muñecas, y a su lado una breve carta escrita de su puño y letra con el siguiente testimonio:

“Hijitas perdónenme, a María y demás amigos y familiares, pero no quiero volver a la cárcel. No quiero dañarles la Navidad, soy inocente”.

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El altar que en nombre de Yuliana fue dispuesto en el umbral del edificio Equus 66, Chapinero alto, donde fue perpetrado el abominable crimen. Foto: La Pluma & La Herida

La inexplicable muerte de Merchán Murillo, que analizan los peritos de Medicina Legal para concluir si efectivamente se remite a un suicidio, o a un homicidio, pone de presente la cadena de enredos que apenas comienza, desde que se conoció la desaparición de Yuliana del barrio Bosque Calderón Tejada, también ubicado en los altos de Chapinero, por la Avenida Circunvalar, pasando por el macabro hallazgo de su cadáver en uno de los apartamentos de Uribe Noguera, la manipulación de la escena del crimen por parte de los hermanos del sindicado: Catalina y Francisco; y la repentina hospitalización por sobredosis de cocaína y alcohol del depravado.

Una serie de componendas, incertidumbres y contradicciones, pero también de silencios amañados por parte de los medios de comunicación, que en un principio se resistieron a revelar el nombre de Rafael Uribe Noguera, dizque “para no entorpecer las investigaciones”, cuando las pruebas saltaban a la vista, y las redes sociales esclarecían su identidad con reprimendas e insultos de grueso calibre.

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El féretro de Yulianita, a la salida de la primera misa, que por su eterno descanso, fue oficiada en Bogotá. Foto: El Tiempo

Las imágenes capturadas de los vídeos donde Uribe aparece con su camioneta merodeando por el barrio popular donde fue raptada la menor, las declaraciones de una mujer que señala al arquitecto de haberla abordado a mediados de este año en su automotor, desnudo al volante, para proponerle sexo, la consecuente denuncia de la afectada en el CAI del sector, un zapato de Yuliana hallado en la base de la silla que corresponde al copiloto, y el cuerpecito de la pequeña en el apartamento donde se cometió el homicidio, son pruebas más que contundentes.

¿Pero qué tanto sabía Fernando Merchán Murillo de Rafael Uribe Noguera y de sus oscuras andanzas, como para que de la noche a la mañana, y en las preliminares de la investigación, se hubieran silenciado con su muerte? ¿Compraron su silencio por una cuantiosa suma de dinero y lo presionaron a quitarse la vida?, o, ¿no aguantó la angustia de verse él también involucrado en esta tragedia mayor que ha causado repudio y dolor de propios y extraños? ¿Qué quiso decir Merchán cuando le dejó escrito a sus seres queridos que prefería la muerte antes de volver a la cárcel? ¿A qué antecedentes se está refiriendo?

Preguntas que se irán dilucidando si la justicia no se deja intimidar por el prestigio y la solvencia económica de esta “familia de bien”, que seguramente hará lo indecible y no agotará en recursos, dinero contante y sonante, por supuesto, para desviar y enturbiar las investigaciones, traficar influencias, comprar testigos falsos y evadir pruebas, en aras de negociar cuanto antes la salida del pervertido de La Picota y su traslado a un bunker privado, antes que los reclusos enardecidos cumplan su palabra, como ya lo anunciaron, de comérselo vivo sin quitarle la ropa.

Con todo lo anterior, no es raro que el sonado caso de Yuliana Andrea Samboní, trascienda por mucho tiempo en los estrados judiciales con la entelequia, la parsimonia y el suspenso de novela con el que ha repercutido la extraña muerte del estudiante de la Universidad de los Andes Luis Andrés Colmenares, ocurrida el 31 de octubre de 2010, en inmediaciones del Parque El Virrey, al norte de la capital, después de una celebración de Halloween.

Protestas y clamores para que el crimen de Yuliana Andrea, por ningún motivo, vaya a quedar impune. Foto: semana.com

Seguramente Uribe Noguera, en estos tormentosos días de presidio, y con la cabeza hecha una catástrofe, habrá pensado varias veces en acabar con su deplorable existencia. No tendría otra alternativa, no sólo por la severa condena que le espera, sino por el inmenso sufrimiento causado a su familia, en especial a la mujer que lo trajo a este mundo, que dicen no ha podido salir del shock que la embarga, luego de conocer la espeluznante noticia de su adorado ‘Rafico’.

La facilita sería que al menor papayazo en patios de La Picota, donde solo le permiten tomar una hora de sol al día, un reo trajinado en labores de homicidio le aseste una puñalada turca, suficiente para borrar del mapa al degenerado, y sopesar la enorme carga que él y su familia llevan a cuestas.

Uribe Noguera no merece esta opción letal. Uribe Noguera merece pagar los 60 años completos, día a día, mes a mes, minuto a minuto, con el taladro constante del remordimiento zumbándole al oído, día y noche, hasta que su conciencia envejezca con su cuerpo, y al final de los días, impotente y desvalido, convertido en una piltrafa, llore desconsolado y le pida perdón a Dios por todo el daño causado, mientras la luz del lucero de Yuliana Samboní se filtre por las rejas del calabozo y se riegue sobre la triste humanidad de un anciano que clama a gritos la muerte.

Sólo así, la Fábula de la niña y el animal será borrada en el postrer de los tiempos.

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