13 de abril de 2021
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Disparates sobre la muerte

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
3 de noviembre de 2016
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
3 de noviembre de 2016

Óscar Domínguez

oscar dominguezComo hoy día de los fieles difuntos amanecí “aceptablemente póstumo” me dio por reflexionar sobre la muerte aprovechando la coyuntura novembrina que apenas abre el paraguas.

Es un truco para que el que baraja y da las cartas, me prolongue la estadía en este acabadero de ropa que es el mundo. No le tengo bronca a la vida. Es más, estoy amañado.

La muerte ha perdido  encanto y misterio. Ahora cualquiera se muere  por cómodas cuotas mensuales, con la factura de la luz.

Pagamos no solo para que se haga la luz todos los días en casa. También para cuando nos toque apagar la luz y vestir el traje de luces de la eternidad. Muérase ahora,  pague antes, es, en la práctica, el vendedor eslogan de las  funerarias.

Algún día nos enterrarán primero y moriremos después. Lo digo por la  variopinta oferta que nos llega a los vivos para atender los gastos exequiales.

De un tiempo para acá, en algunas ciudades, la factura de la luz nos recuerda mensualmente lo fugaces que somos. Apenas un escueto estornudo de eternidad. La factura incluye información  sobre costos: Depende de la pompa que se  desee.

Falta que nos entierren con los puntos que hagamos por compras hechas en el supermercado. Muchas empresas incluyen la limusina, ese rascacielos acostado que halaga por última vez la vanidad del “homo horizontalis”.

Los hay renuentes a contratar servicios funerarios. Asumen que es de mal agüero. Es el derecho a la ilusión de la inmortalidad. Se resisten a admitir que de esta existencia nadie sale vivo.

En el “todo incluido” que nos ofrecen figura hasta la soprano que dará el desgarrador do de pecho final. Las lágrimas van en plato aparte.

Tampoco hay que cargar el féretro. La burocracia de la funeraria, en traje de parada, asume esa obra de misericordia, reservada a los más próximos al difunto: Los herederos, cuando la herencia en robusta. Los vecinos de la cuadra, si al difunto se le fue la mano en pobreza.

El menú mortuorio incluye al cura que repite su monótona  homilía entre el muerto que ya pasó y el que viene. Las homilías suelen ser tan parecidas unas a otras que solo cambia el estado del tiempo. O la ropa de los asistentes.

Las empresas prestadoras del servicio deberían garantizar la presencia de un cura hiperbólico que se exceda en adjetivos. Todo muerto merece su orgía de elogios. No hay muerto malo. De los muertos, habla solo lo bueno, dicen que decían los romanos.

Asistimos a otro avance sustancial: la modernidad acabó con la velación en casa. Es la mejor forma de humanizar la muerte,  de empezar a procesar el duelo.  Era tan larga y devastadora la velación que se agotaban lágrimas, pañuelos, tinto, trago, frases lagartas y  lugares comunes que remataban al finado si le quedaba algún hálito de vida.

Ahora el muerto queda en la soledad de él en compañía. También él tiene que procesar la partida. Y para evitarles a los del más acá  el costoso traslado de familiares remotos, algunas compañías  ofrecen transmisión de la velación en circuito cerrado.  Hoy las plañideras tienen Internet. Muérase aquí que en Miami habrá quién lo llore.

Quienes suelen salirse del libreto, tienen otra opción: el video para anunciar que se van. Así lo hizo el célebre humorista Art Buchwald. Cuando murió, The New York Times ofreció  un video en el que el humorista se despedía: “Hola, soy Art Buchwald y acabo de morir”.

Había dado instrucciones a los míos para que esparcieran mis cenizas en algún riachuelo de Montebello, mi terruño. Pero mucho antes de que el papa Pacho en un descuido del Espíritu Santo se descachara prohibiendo regar cenizas por ahí, al reverendo azar, en casa me notificaron: “Ni sueñe que nos vamos a encartar con sus cenizas de aquí para allá”. Y donde manda capitán, obedece marinero.

“Confieso que he vivido” pero también admito que me sigue pareciendo poético el ataúd, máxime si es de madera buena calidad, con incrustaciones de algo, una pinturita aquí, otra pendejadita allá. En el ataúd está uno en la única posición aceptable para vivir plenamente la eternidad: decúbito dorsal.

¿Ceder órganos? Lo pensé, pero mejor no encartar a nadie con esta derruida armadura. Ahora, si alguien me convence de que a los 71 años hay alguna pieza aprovechable, con gusto reculo. Si la buena salud es endosable, interesados favor pasar hojas de vida.

Citemos el mantra de Santa Teresa para aplazar la cita con ese viaje con tiquete de ida nada más: “Ven, muerte, tan escondida, que no te sienta venir…”. Sabía la santa que lo malo no es la muerte, sino la “morida”, o sea esos momentos anteriores a la partida.

Dicen que lo malo de la muerte es que es para toda la vida. ¿Pero qué tal estar eternamente vivos?

Si el sueño es una muerte hechiza, inventada, en cada despertar reencarnamos en nosotros mismos.

Me he impuesto una tarea que no acabo de cumplir: Vivir como si acabáramos de sobrevivir a una muerte segura. Al fin y al cabo la muerte no es más que la cara oculta de la vida.

El viejo gruñón del Mark Twain dijo la receta ideal: vivir de tal forma que lo lamente hasta el dueño de la funeraria.