22 de abril de 2021
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Sangre de periodista

Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
30 de octubre de 2016
Por Gustavo Páez Escobar
Por Gustavo Páez Escobar
Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
30 de octubre de 2016
Nota escrita hace 30 años en «El Espectdor» por nuestro colaborador Gustavo Páez a propósito del asesinato de don Guillermo Cano, director de ese diario.

Por: Gustavo Páez Escobar

Gustavo Paez EscobarEl 12 de diciembre, la víspera de salir en viaje de vacaciones, dejé en mano de don Guillermo Cano unas colaboraciones para El Espectador, con estas palabras: “Salgo en plan de descanso a Venezuela. Pero Salpicón (mi columna de entonces) se queda: él no tiene vacaciones. Le dejo estas notas anticipadas, y con ellas mis votos muy cordiales por su felicidad y la de los suyos en 1987”. Cinco días después el valiente periodista caía abatido por oscuros criminales a su salida de las instalaciones de El Espectador.

Una descarga fatal, que estremeció al país y continuará para siempre repercutiendo en el alma de este pueblo bueno e indefenso que los malhechores quieren destruir, cortaba de un tajo una de las existencias más valiosas de la patria en estos tiempos de bandidaje y de disolución social. La felicidad que yo le había deseado no llegó para él ni para los suyos, y las balas asesinas –¡ironía del destino!–, que siempre se agazapan en la sombra porque le tienen miedo a la claridad, no le permitieron siquiera presenciar el amanecer de 1987, año en que El Espectador cumplirá su centenario de vida batalladora y edificante.

Suceso que don Guillermo Cano preparaba con especial diligencia y entrañable sentimiento. Por más muerto que haya quedado a bordo de la nave, la efeméride será grandiosa y suscitará mayor solemnidad y emoción con la presencia del mártir, que hace más respetable, ya con la sangre del héroe, la recia estirpe de los Cano.

Ignoran los asesinos que las balas, por más mortíferas que sean, no lograrán jamás silenciar el imperio de la palabra. Son balas que se vuelven contra ellos mismos, porque en los pueblos libres que, como Colombia, cuentan con una prensa digna y vigilante, la sangre de los periodistas, y sobre todo de periodistas de las dimensiones humanas e intelectuales de quien acaba de caer atacando la inmoralidad y defendiendo sus rectos principios, abona mejor el terreno de las causas justas.

Detrás de cada periodista eminente marcha una legión de seguidores. Un país entero se identifica con el noble apostolado de la denuncia pública. Y Colombia, que sobresale en el continente como modelo de periodismo valeroso, combativo y de firmes estructuras, ha dado múltiples demostraciones, en medio de las peores turbulencias, de que no es posible amordazar el pensamiento.

Nuestra prensa, de tan meritoria tradición y tan dignamente capitaneada en todos los tiempos, es el eco de la Nación. En los periódicos está encarnada el alma popular, con sus angustias, sus clamores, sus esperanzas. Cuando se mata a un periodista se conmueve el país entero. Por eso las balas que terminaron con la existencia preciosa de don Guillermo Cano fueron lanzadas contra el pueblo. Crimen de lesa patria que los matones nunca podrán borrarse de la conciencia. A todas partes los seguirá una luz brillante y enjuiciadora que les cobrará, palmo a palmo, el execrable delito. Ese es su castigo.

Don Guillermo Cano era un hombre bueno. Ciudadano ejemplar, esposo y padre bondadoso, periodista íntegro. Nunca transigió con la deshonestidad y fue censor implacable del narcotráfico y de las corrupciones públicas. Era el fiscal de la Nación. En su Libreta de Apuntes denunciaba, con meridiana claridad y sin igual arrojo, los desvíos públicos y los peligros de los revoltosos y de los traficantes de la droga. Siempre se guió por la verdad, por la razón, por la justicia. Conciencias como la suya, movida por sólidas convicciones, son como murallas que se levantan contra el avance de las deshonestidades, cualesquiera que ellas sean. Por eso lo asesinaron. Lo mató la sinrazón.

Con su propia sangre escribió su mejor editorial. Su célebre Libreta no se ha cerrado. Al revés, ahora quedará más abierta que nunca. En ella habrán de repasarse los códigos sobre moral pública, sobre periodismo constructivo, sobre comportamiento social, sobre hermosura idiomática, escritos por el agudo crítico y el formidable humanista, cuya sombra crece entre el fragor de las balas y los horrores de una Colombia vilipendiada. El país reflexionará sobre la sangre del periodista pulquérrimo y es posible que aparezcan soluciones para tantos atropellos.

Dejo una flor sobre la Libreta de Apuntes, como discreto y hermoso homenaje de quien, perplejo y adolorido, sabe, sin embargo, que su amigo y su maestro –que hace 15 años le abrió con generosidad inigualable las puertas de El Espectador– seguirá vivo con su ejemplo y su palabra inmarchitables. Una flor que llevarán también, en el alma, su esposa y sus hijos y la familia toda que pertenece a la casa periodística. Una flor que hará brotar esperanzas sobre el desolado panorama de Colombia, porque, al fin y al cabo, la sangre de los justos es la que nos salvará de la hecatombe. 

El Espectador, Bogotá, 8 de enero de 1987