14 de abril de 2021
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Los audífonos de Europa son para otra cosa en Colombia

26 de octubre de 2016
Por Carlos Piñeros
Por Carlos Piñeros
26 de octubre de 2016

En la hora crucial de la paz

Por Carlos piñeros

carlos-pineros-defLa pereza es una de las causas más persistentes, costosas y prolongadas en el tiempo, ya histórico, de la ignorancia colombiana. Otra causa es el egoísmo de la clase dirigente, por el cual ella ha despilfarrado el amor de patria para no concebir ni aplicar planes educativos y de producción que abarcaran a la mayor parte de la población, porque con esta omisión ella se ha asegurado a la vez la mano de obra barata que requiere satisfacer sus intereses personales o de grupo. Es una visión social, política y económicamente miope, cuyo origen se remonta a la herencia explotadora de la invasión española. Lo interesante, hoy, es que se trata de mañas fácilmente superables, y con ello bien pueden obtenerse muy amplios réditos.

Si alguien ofrece una charla o disertación contextual sobre algo que ayude a abandonar el atraso, pronto saltan voces de: ¡qué mamera! leer eso tan extenso o escuchar aquello tan largo, porque desearían en cambio que el conocimiento les entrara, como por ósmosis, con solo respirar, sin esfuerzo alguno.

Ese facilismo fatuo garantiza la continuidad del atraso. Un ejemplo: la dormida abstención del 63 por ciento de los potenciales votantes ante el plebiscito del pasado 2 de octubre. Y, para colmo, cuando ellos despiertan brincan y reclaman airados ¡por qué no hay paz!

No parece creíble que a estas alturas de la evolución física y filosófica haya un grupo humano  que despliegue tal inconducta. Y luego tenemos, otra vez, la cara dura de preguntar: ¿por qué nos miran desde afuera como razas patológicas?

Cuando todo el mundo sabe desde hace siglos que la paz es la base de la vida, nosotros apenas estamos votando si queremos la paz. Pero, más grave,  una precaria mayoría (19%) no la quiere, mientras la inmensa mayoría (63%) naufraga en el letargo de la pereza sin conciencia y no vota. El 18 por ciento que votó positivamente se lo considera borrado, orate, no cuenta.

Somos ufanos por la mera apariencia: nos creemos los más inteligentes acudiendo a la trampa para sacar ventaja, mintiendo para ganar cuando todos perdemos, mostrándolos falsamente como la democracia más estable de esta parte de América por el solo hecho de participar pobremente en las elecciones cada vez que no convocan, no importa que todos los días nos agobie uno de los peores niveles de educación, la segunda distribución del ingreso más baja del continente, el desempleo informal más numerosos. Y luego volvemos a preguntar ¿por qué hay tanta delincuencia, tanto embarazo prematuro y no deseado, tanto hijo abandonado y tanta corrupción, mientras la abstención dormita su pereza, su ignorancia?

Preguntamos, inclusive, ¿por qué hay tanta irresponsabilidad? Y ¡no descubrimos la viga en el ojo propio!

Y nos fastidia y nos aburre que, para colmo, aparezcan comentarios como este, que viene a dañarnos nuestra ¡santa paz!

Vivismos la fortuna de operar un sistema ágil y rápido en comunicaciones, como internet, pero preferimos sus contenidos-basura, en vez de los que nos ayudan a cumplir el deber de todo ser humano: desarrollar al máximo las facultades y talentos, para crecer y servir.

Ignoramos por completo la valía que se reconoce en el mundo desarrollado a la capacidad de estudio y trabajo, al ingenio y la creatividad, del ciudadano colombiano, que, en ese mundo, sí le pone disciplina a su responsabilidad.

Sabe el lector que tuvo la tolerancia de llegar a la cola de esta perorata ¿qué escucha por audífonos el joven del Metro o del bus en Europa versus lo que oye su homólogo en Colombia?: el de allá, está aprendiendo una segunda o tercera lengua; el de acá, se emboba con musiqueta o chistes vulgares!

Razón de sobra para que no haya asomo siquiera de madurez sobre la paz: qué es, cómo se come (porque, inclusive, sin ella no se come bien), cómo se construye, ni para qué sirve.

El despertador de la historia repica y repica sin cesar, y nosotros no queremos oírlo, mecidos por la pereza en la ignorancia. ¿Hasta cuándo? ¡Cómo desperdiciamos sin pena la gloria con la cual un hombre de cuna, Juan Manuel Santos, ha querido llevarnos de la mano, excepcionalmente, a servirle a la patria, a construir nación. ¡A poquitos los que así han pensado: Nariño, Bolívar, Carbonell,  Galán, Gaitán, López Pumarejo (solo para citar unos), y ¿cómo les respondimos?: a unos, matándolos; a otros, persiguiéndolos, y a otros, no dejándolos gobernar.

Estamos en un punto de quiebre histórico, donde un hombre de la élite trabaja por fin por la unidad nacional, identificada en la paz por vía civilizada, con participación general a través del voto universal, y… ¡no lo entendemos y no lo acompañamos!

Y luego, frescos, seguiremos reclamando ¿por qué somos como somos, y por qué estamos como estamos?