16 de abril de 2021
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El Nobel de Paz y el apoyo internacional

10 de octubre de 2016
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
10 de octubre de 2016

albeiro valencia

Cuando más aguda estaba la crisis política, por la derrota del Sí en el plebiscito, la comunidad europea le entregó al país una herramienta para desempantanar el proceso con las FARC, y envió un contundente mensaje al pueblo colombiano. La designación de Juan Manuel Santos como Premio Nobel de Paz es un nuevo aire o un salvavidas. La coordinadora del Comité anotó que es “un tributo al pueblo de Colombia, a todas las personas que, a pesar de las grandes dificultades y abusos, no han perdido la esperanza en una paz justa”.

Pero ha sido largo y difícil el calvario que ha recorrido el primer mandatario. El 7 de agosto de 2010, cuando asumió la presidencia dijo que “la puerta del diálogo no está cerrada con llave”; luego vino el encuentro con Hugo Chávez, a quien le pidió ayuda para avanzar en un proceso de paz. Después el Presidente invitó a la guerrilla a una reunión y como garantía envió a su hermano Enrique. Hubo confianza entre las partes y se nombraron los plenipotenciarios; Sergio Jaramillo lideró la programación de la agenda. La negociación en medio de la guerra trajo algunas dificultades; muerto Alfonso Cano, en una operación del Ejército, lo reemplazó Timoleón Jiménez y las conversaciones siguieron con Mauricio Jaramillo, comandante del Bloque Oriental.

Entre el 23 de febrero y el 26 de agosto de 2012 se realizó la fase exploratoria y se firmó el Acuerdo General que abrió el camino para las conversaciones de La Habana. Por último, el 24 de agosto de 2016 los miembros de la mesa anunciaron el acuerdo definitivo para el fin del conflicto; cinco días después las Fuerzas Armadas iniciaron el cese al fuego con las FARC y empezó la campaña por el plebiscito.

El camino se iba despejando

Pero el momento cumbre se produjo el 26 de septiembre cuando se firmó la paz, en Cartagena. La ceremonia solemne contó con la presencia de 15 jefes de Estado, el rey emérito de España, el Secretario General de la ONU, 27 cancilleres y las delegaciones de paz del gobierno y las FARC. Ante una multitud de 2.500 invitados, vestidos de blanco, de diferentes lugares de Colombia, el presidente y Rodrigo Londoño firmaron la paz con el balígrafo, que un día fue una bala de fusil. El jefe de las FARC pidió perdón y dijo que “nuestra única arma será la palabra […] Nosotros vamos a cumplir y esperamos que el gobierno cumpla”. Por su parte Santos empezó su intervención citando el himno nacional “En surcos de dolores el bien germina ya”. Agradeció a la comunidad internacional y a las FARC porque “entendieron el llamado de la historia”. Terminó emocionado con lágrimas en los ojos, con el grito de “Cesó la horrible noche”.

Todas las naciones miraban a Colombia porque terminaba una guerra en el mundo. Ya no éramos un país paria. En medio de la euforia empezó el pulso por el plebiscito, algo que no era necesario pero el presidente Santos lo decidió para refrendar lo pactado, fue aceptado por las partes en la mesa de negociación y avalado por la Corte Constitucional. Algunas voces se levantaron, preocupadas por las lecciones que dejó el brexit. Recordemos que después de una campaña de “mentiras creíbles”, los británicos votaron a favor de salir de la Unión Europea y al día siguiente el 7% quería cambiar el voto, pero ya era tarde para el arrepentimiento. Es que los referendos y los plebiscitos “son asuntos complejos y muy emotivos”.

Pero, firmada la paz, se pensaba que había pasado la guerra y que la inmensa mayoría de los colombianos darían el Sí a los acuerdos, para iniciar con el trámite en el Congreso de las leyes y reformas constitucionales que se necesitaban para garantizar la paz y, mientras tanto, las FARC continuarían con el proceso de concentración, desarme y desmovilización. Todo iba muy bien.

La hora de la verdad

Desafortunadamente el gobierno nacional y los promotores del SI pensaron que la paz se vendía sola y se dedicaron a defender las ventajas de los acuerdos, pero en forma vaga y general. El equipo de negociación del gobierno y los funcionarios públicos asistieron a centenares de foros en universidades y organizaciones de la sociedad civil, pero no había unidad en las campañas, ni en la estrategia, ni en la metodología, para defender la importancia de refrendar los acuerdos con las FARC. Tampoco aumentó la imagen favorable del presidente Santos. A esto hay que sumarle que todas las firmas encuestadoras del país dieron ganador al Si en el plebiscito, por lo tanto, los partidos se durmieron sobre los laureles y los líderes políticos no movieron a los electores, porque no había una elección de por medio; no tenían ni motivación, ni entusiasmo. Recordemos que la campaña por el plebiscito se la tomaron los políticos y, por lo tanto, estaba politizada.

Ahora veamos por qué ganó el NO. Orientaron el plebiscito contra el gobierno de Santos y contra las FARC. Hay que tener en cuenta que Uribe, el exprocurador y la bancada del Centro Democrático, venían trabajando políticamente con las iglesias evangélicas y con la iglesia católica por el No, y se unieron todas las fuerzas más conservadoras para rechazar las cartillas de educación sexual del ministerio de Educación. La manifestación frente al ministerio tenía dos pancartas muy ilustrativas: “Abanderados de la familia” y “No a los acuerdos”.

Esta campaña trabajó en forma unificada y disciplinada siguiendo las orientaciones del uribismo. Las consignas eran eficaces, porque la propuesta política de las FARC la transformaron en un posible avance del populismo de izquierda, lo que llevaría al país a caer en el Castro-chavismo. Uribe insistió en que los acuerdos de La Habana atentaban contra la propiedad privada, contra el honor de las Fuerzas Militares y que traerían una avalancha de nuevos impuestos. Produjeron pánico con la posible llegada del terrorismo al poder; no olvidemos las vallas que ilustraban sobre una posible candidatura presidencial de Timochenko. Todo esto se extendió en las redes sociales y buena parte de la población entendió que en los acuerdos se escondía el demonio del comunismo. Así se logró una votación contra las FARC y No por la paz. Prevaleció el miedo sobre la esperanza. Para corroborar esto hay que tener en cuenta las declaraciones de Juan Carlos Vélez, gerente de la campaña por el No, quien reconoció que la estrategia apeló a la indignación y a que la gente saliera a votar “verraca”, así fuera “por mensajes mentirosos y tergiversados”.

Se empantanó el proceso

Los primeros sorprendidos con los resultados fueron Álvaro Uribe y su partido, pues ganó el NO contra todo pronóstico; por eso no tenían plan B. El susto es grande porque Uribe no puede aparecer ante el mundo como el líder que se opuso a la posibilidad de paz en Colombia. El expresidente capitaliza la votación, pero no todos los votos son uribistas; unos lo hicieron como un rechazo a las FARC y los acuerdos, otros para oponerse al gobierno, y un porcentaje alto por orientación de los pastores de las iglesias. El resultado del plebiscito corroboró que el país está perfectamente polarizado, creó una profunda crisis política, pero tendrá solución, porque de por medio estará la voluntad de paz. Ante la gravísima situación política los estudiantes universitarios se tomaron las calles y plazas de varias ciudades pidiendo “paz por decreto”, rechazaron la guerra y exigieron los acuerdos con las FARC. Lo que desean los nuevos protagonistas es quitarle la bandera de la paz a los políticos. Recordemos que Jorge Eliécer Gaitán decía que “el pueblo es superior a sus dirigentes” y por eso no podemos olvidar que en la puerta del horno se quema el pan.