15 de abril de 2021
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Ver morir

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
16 de junio de 2016
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
16 de junio de 2016

Desde Cali

Víctor Hugo Vallejo 

Victor Hugo VallejoEra una soledad que caminaba, trotaba, se ejercitaba en un gimnasio, conducía absorto su vehículo, iba buscando a alguien o buscándose así mismo y tenía como profesión enfermero.  Esa soledad la construyó  a través de sus enormes dificultades de comunicación con los demás. Se había especializado en el cuidado de enfermos terminales a domicilio. De algo tenía que vivir, pues la soledad es completamente improductiva.

Con más silencios que palabras se entendía con sus pacientes, con el de turno, hasta en algunas ocasiones acompañarlos a la tumba, junto a sus familiares, quienes le daban las gracias y desaparecían de su vida. Unas de las muchas desapariciones que se le fueron dando en la existencia. Era una soledad  del algún modo construida a través de abandonos, desapariciones, ausencias, vacíos.

Era silencioso, pero delicado, tierno, paciente y en pocas veces con muchos gestos de cansancio. Sabía que cada paciente era el último, pues se iría de la vida. Llegaría otro, que también sería otro último paciente. Cada vez encontraba temperamentos, circunstancias, expresiones y condiciones diferentes. El tenía que acomodar su soledad a esas soledades contratadas.  Laboraba al servicio de una empresa especializada en ofrecer  esa clase de cuidados. Iba de un lado a otro. Cuestión de esperar cada final. De ver morir. De estar acostumbrado a ver morir. De no sentir emociones hacia esos pacientes, apenas el contagio del dolor ajeno.

Poco o nada tenía por aprender de sus pacientes. Quería que hicieran algo productivo para mantener alejada la conciencia de la tragedia individual de cada quien. Hasta cuando un paciente le pide un  portátil con la aparente intención de  ver arte, pues era un arquitecto no muy destacado, pero de todos modos exitoso en su desempeño profesional, hasta amasar la gran fortuna que ahora le permitía a sus hijos tenerlo en esa clase de cuidados.

Descubre al paciente viendo pornografía  en el equipo. Cuando le interroga que es eso, le responde: ”Eso es arte”. Trata de que no lo haga. Se impone la voluntad del paciente. Comienzan a hablar con frecuencia de sexo, de toda clase de sexo y terminan en diálogos de dos solitarios que saben que el sexo existe pero que ya no lo tienen y deben imaginarlo, verlo, suponerlo.  Viendo películas de ese tema, una noche se queda dormido al lado del paciente y amanece a su lado, sentado en una silla. La familia lo sorprende. Lo denuncian penalmente por acoso sexual. Lo despiden del trabajo. Debe actuar por si mismo. Regresa a esa casa a explicar lo sucedido. Le dan un portazo. Le ratifican la denuncia. Lo acusan. Lo echan de la empresa  de la peor manera. Sigue caminando con su soledad a cuestas.

En sus soledades nunca dejó de ver las imágenes de quien fuera su esposa, de su hija y de ese hijo tan pequeño a quien ayudó a morir para evitarle el sufrimiento de una enfermedad irreversible. Lo invaden, le hacen mas difícil esa soledad. Lo atormentan. Lo acosan. Le enfatizan la ausencia total de alguien a su lado.

Sigue caminando y camina hasta la Universidad donde su hija estudia medicina. La alcanza como un peatón más. Se miran. Se sorprenden. Tardan mucho en reconocerse. El diálogo es breve. Muy breve. El abrazo largo. Muy largo. Tienen tan poco que decirse.  Y encuentra a su ex esposa. Las palabras son aún más escasas y difíciles. Interrogantes elementales. Presente incierto el de ella. Presente solitario el de él. No futuro.  Un adiós sin decirse adiós.

El dolor invade todo el cuerpo de la nueva última paciente. Las ganas de vivir se han acabado. Los tratamientos no sirven. Los médicos insisten. Es su deber. La quimioterapia consume las pocas células que quedan buenas. Ella ya no quiere vivir más. Pide ayuda. David, el enfermero solitario, se niega. Recuerda el trauma que conserva en la mente y en sus emociones por   la ayuda en la muerte de    su hijo.  Un día se decide en silencio. Aceptan el procedimiento como cómplices y le avisa a los familiares que ella ha muerto de un infarto. La muerte podía llegar en cualquier momento. Nada que investigar. Nada que interrogar. Nada que cuestionar. Al menos cumplió con el deber ético de ayudar al cese de una vida que ya no era vida.

Hay que trabajar. No tiene rentas. Sólo gastos. Encuentra el cuidado de un joven de 16 años reducido a una silla de ruedas, con enfermedad terminal y terminadas las ganas de vivir.  Trata de hacerlo sentir bien. No lo acepta. Apenas se limita a ser conductor de esa silla, a acompañarlo a distancia. El paciente no quiere que esté a su lado. Sus palabras son de odio.

Hay que seguir caminando, trotando, haciendo ejercicio. La soledad es cada día más grande. Es tanta la soledad que le invade los sentidos y pierde la concepción del espacio con lo que se acaba su vida.  Nos queda un recuerdo tan etéro como ese solitario enfermero al que nunca pudimos conocer.

Todo esto sucede en la última película del director mexicano Michel Franco, una realidad cierta de la cinematografía mundial, que con su tercer largometraje se consagra  en forma amplia. Un filme que será un clásico de muchos años. “El último paciente”, o “Chronic”, realizada en el 2015 y que llega por estas fechas al estreno en las carteleras de las salas en Colombia, repletas de muñecos de Disney.

Y llega con pergaminos propios, pues fue ganador del premio al mejor Guión en el 68º Festival de Cannes en este año. No era nuevo en ese espacio. Ya en 2012 se había destacado al ganar el premio Una Cierta Mirada, con su filme “Después de Lucía”, con un jurado presidido por el actor inglés Tim Roth, quien se impresionó tanto con el talento del mexicano que le pidió que lo tuviera en cuenta para trabajar en su próximo proyecto.  Este llegó en el 2015 con El último Paciente. Le envió el guión al británico, a quien le gustó tanto que le solicitó a  Franco que lo modificara, pues el papel protagónico lo tenía una enfermera, que lo modificara por un  enfermero para él desempeñarlo. Y lo hizo con una actuación  seria, centrada, creíble,  sensacional. No se ve a un actor. Se observa a un solitario enfermero que pasa por una vida que está marcada por la infinita y desesperante  desolación.

Michel Franco es un mexicano que estudió cine y artes visuales, con apenas 36 años y un talento que se le brota por los poros. Hizo primero la carrera del corto metraje de denuncia, de protesta,  contestatario. Luego se lanzó a los largos metrajes cuando en el 2009 hizo  “Daniel y Ana”. Después las otras dos cintas. De él apenas nos llega la que se reseña. No es un director  comercial. Es cine de autor. Visiones personales del ser humano, presentado en sus duras realidades.

A más de los galardones en Cannes en el 2012 y 2016, también ha recibido distinciones en los Festivales Internacionales de Cine de Chicago, donde en el 2009 fue declarado el mejor director  y en el 2012, cuando recibió el Premio especial del jurado;  en España recibió el Goya en el 2013 como Mejor película; en ese mismo año en el Festival de la Habana, Cuba, fue ganador  del premio a la mejor película; también en el 2013 en Londres fue distinguido  con el premio a Mejor película;  en San Sebastián en el 2012 recibió una mención especial; en Estocolmo en el 2012 recibió la distinción de Mejor película y en esa misma calenda recibió en Salónica el premio al Mejor Horizonte, que poco a poco ha ido convirtiendo en realidad.

Ese solitario enfermero dedicado a ver morir y excepcionalmente a ayudar a morir, se muere sin que nadie se entere,  en medio de la mayor ruidosa  soledad. No tenía quien derramara una pequeña lágrima por él en ese momento, los que pudieron haberlo hecho, por gratitud, ya se habían muerto. De tanto asistir a la muerte, la muerte lo tenía invadido.