22 de abril de 2021
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Memorias de Juan el Ermitaño

2 de junio de 2016
Por César Montoya Ocampo
Por César Montoya Ocampo
2 de junio de 2016

cesar montoya

Desde sus primeros balbuceos conozco a Juan el Ermitaño. Nació en una vereda  que se alarga en montículos aplanados, uno tras otro, con un horizonte  de nubes sometidas al látigo del viento, con vistosos arreboles que se deforman en imágenes  de poca duración. Creció trillando caminos, enlazando terneros, jinete montaraz sobre potros ariscos, homicida de pájaros inocentes. Tuvo una niñez anodina. Su abuelo lo enclaustraba cuando las aves de corral se subían a los gallineros, sometiéndolo a la   tiranía de las camándulas, al sofocado trote mañanero para exigirle, a empellones, la  diaria comunión. Fue rezandero a la fuerza.

Estos antecedentes de sacristía aperturaron su vocación por los noviciados religiosos que llegaron con sotanas negras y pecheras blancas, combado  su cuerpo por exigida humildad  conventual,  con bridas los apetitos fornicadores,   suave la voz, con precoz molde de santidad. Fueron suyas las capillas, el rezo suplicante, las llorosas invocaciones a las ánimas benditas, los artificios místicos. Recibió inyecciones para purificar el alma, también diarias vacunas contra el pecado mortal y acondicionaron su mente para el gozo del cielo prometido. Su adaptación para recibir palizas en los escenarios de la democracia, es secuela tardía   de esas introversiones piadosas.

La vida se le desbocó por senderos que poco pudo  controlar. Ingenuo y con recortada capacidad para el teatro,   encontró estigmas, zancadillas a granel, y evidentes prejuicios en un mundo que golpeaba a los candorosos. Debió  batirse con los desesperos de un  león  enjaulado. Confió en sí mismo, porque en escondidas hondonadas encontró vocación para los heroísmos, reservas para enfrentar el voluble cosmos de las circunstancias. Minimizó la adversidad.

Administró desordenadas glotonerías por la  mujer. Desde el convento, allá entre un arboleda tupida, la vio tentadora con bahías  de redondas turgencias, glúteos esféricos, ojos febriles, que lo deslizaron por pendientes seductoras. Esa vecindad de provocaciones arrasó con las fidelidades cristianas. Adiós voto de castidad, adiós a las expiaciones de la carne que lo estampillaban sobre maderos de dolor. Y viajó, sin agotarse, por la geografía de Eva, diosa de ensueños, alcancía de suspiros, mapamundi de  cordilleras y  ríos escondidos, apacible rada para echar anclas de amor.

La mujer lo absorbió. Bebió de su copa el licor agrio de las mandrágoras, compartió sus melodías ebrias, bailó frenéticamente, estiró las horas hasta agotar los sorbos en estremecidos parrandones báquicos.

También fue un argos caviloso. Sus antenas recogían los síntomas del tiempo aunque cosechó peligros y hundimientos. Sus adversarios, que muchos fueron,  le pisaron los talones, lo maceraron con espinillazos, pero sobrevivió gracias al talante guerrero que lo signa. Si no tienes enemigos, invéntalos. Esa norma la convirtió en norte de su destino. Nunca pudieron  destruírlo.

Hoy es un fatigado itinerante, pero vertical. Sabe que el almanaque se agotó y que poco le resta de futuro. Pese al fardo de los años, todos los días renace. La vida comienza mañana. La vocación por la permanencia lo llevaron a escribir  su autobiografía. Cuántos simbolismos  tiene ese destape. Es un descaro impúdico contar los meandros de una vida que a nadie le interesa. Es un narciso el que lo hace. Sin embargo, en otros estadios superiores  no es extraño el descorrer de las cortinas para notariar acontecimientos estrictamente personales. Lo realizaron Saramago en ”Las pequeñas memorias”, Gabo en “Vivir para contarla”, Gunter Grass en “Pelando la cebolla” y Alberto Lleras en “Los mios”. Quien se desnuda se libera de hipócritas pudibundeces.

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