13 de abril de 2021
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Sin ilusiones

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
20 de mayo de 2016
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
20 de mayo de 2016

Desde Cali

Víctor Hugo Vallejo

Victor Hugo VallejoAnte la resistencia del capitalismo al cambio y la ausencia de concertación en el mercado, más la necesidad social, quienes han entendido que la opción de una ideología desde la izquierda con fundamento en el pensamiento que se construye desde Karl Marx, solamente era posible a través de la lucha armada, hasta que los ejemplos de fuerzas exitosas y de acceso al poder que luego se convirtieron en enfrentamientos civiles o en meras construcciones ideológicas que son golpeadas por la cruda realidad de la ausencia de satisfacción de todas las necesidades comunitarias, se entusiasmaron al observar el escalado acceso de tales ideas por la vía democrática. Ya había fracasado a sangre y fuego un experimento igual cuando Salvador Allende fue derrotado por los militares con todo el apoyo del gran capital. No dudaron en asesinarlo y establecer una oscura dictadura de la que se siguen descubriendo nefastas consecuencias en Chile.

Se aspiraba a que esta vez fuera distinto. La experiencia estaba tomada y los cambios en la estructura del Estado eran necesarios para poder atender las demandas del núcleo social que se siente desamparado cuando el capital solamente tiene interés en aumentarlo y en rendir frutos para sus dueños, sin la irrigación de redistribución de la riqueza.

Fue como una ola de cambio en América Latina. En el 2003 se recibe con satisfacción el acceso al poder en Argentina de un provinciano que había destacado en la gobernación de su tierra natal, en la que había construido un capital político capaz de hacer Senadora a su esposa Cristina Fernández. Llegó a la sombra del peronismo, sin presentarse como tal, especialmente por el antecedente negativo de Carlos Saúl Menen, un personaje de opereta que tuvo el poder como el camino de llegada a mujeres bellas, no exactamente porque su figura de hombre fuera la más atractiva. Llega a la Presidencia Néstor Kirchner, quien gobierna de 2003 al 2007, con el empeño cerrero de hacer Presidente a su esposa, antes que atender las grandes necesidades de los argentinos.

El objetivo fundamental que persiguiera lo logra y consigue que sea su inepta esposa Cristina Fernández, quien le suceda en la Presidencia de los gauchos en el año 2007, quien no duda en reformar la Constitución para hacerse reelegir y gobierna hasta el 2016, entregando un país empobrecido, desprestigiado ante la banca internacional, con graves problemas de producción, hasta el punto de que provoca que le suceda el más puro capitalismo, encarnado en la persona de Mauricio Macri. Es darle la razón a quienes denominan la era Kirchner como la década perdida.

En el 2003 Luis Inacio Lula Da Silva logra acceder a la Presidencia de Brasil, luego de haber participado en otras elecciones en las que fue derrotado. Derrotas que le fueron acrecentando el poder electoral al Partido de los Trabajadores, que vieron con esperanza –como lo miró todo el continente- la figura de un hombre de grandes ideas sociales, proveniente de los oficios humildes de los obreros, en un país con la fuerza y la riqueza como para equipararse a las grandes potencias y convertirse en el gran líder del sur del continente, ansiosos de representaciones de poder a poder con las potencias mundiales. Fueron muchas las celebraciones, muchos los logros, muchos los cambios, hasta cuando descubrieron que desde el poder también se podían hacer cosas indecentes y mucho más si con ello se lograba consolidar la idea de mantenerse por siempre en el mismo. Se hizo reelegir y se dio el lujo de que un miembro de su colectividad le sucediera.

En el 2010 le sucede Dilma Russef, quien da continuidad a los programas de Lula, tratando de consolidar la economía del país y acelerando cambios que no admitían tal aceleración, porque podían precipitar una crisis, como la que finalmente atacó al coloso suramericano. La economía se vino abajo, pero eso no se podía presentar en público, pues torpedeaba la reelección –factor común de la izquierda que piensa que cuando accede al poder, es para perpetuarse en él-, por lo que para poder ir a una repetición segura de mandato, no dudó en disfraza, maquillar, decorar y falsear las cifras del orden económico. Lo hizo exitosamente y logró hacerse elegir hasta el 2018. Acaba de caer, por eso –gravísimo para cualquier sociedad- y por tratar de ayudar a Lula y sus adláteres en la investigación por corrupción en Petrobras. Un fracaso más. Le sucede Michel Temer, en quien ni siquiera sus electores confían. El futuro de Brasil no aparece claro.

En 1999 irrumpió en Venezuela el coronel Hugo Rafael Chaves Frías, quien comenzó a meterse en algo que jamás entendió, ni mucho menos estudió, como si la ideología entrara por ósmosis, y comenzó a predicar su vacío discurso del socialismo siglo XXI, bajo el paraguas de la imagen del Libertador Simón Bolívar, cuyo retrato se atrevió a cambiar para hacerlo más héroe y un tanto parecido a su propia figura. Chaves entendió –si alguna vez lo hizo- que socialismo es asistencialismo gratuito. Es dañar la capacidad de trabajo de la gente. Solamente la muerte lo arrancó del poder, donde de todos modos pensaba permanecer hasta la muerte.

En el 2013 se va del mundo Hugo Chaves y le hace el grave daño a Venezuela de dejar como sucesor al inepto y torpe Nicolás Maduro, quien se ha empeñado (con la figura siniestra de Diosdado Cabello a su espalda y en su apoyo) en defender lo indefensable, pasando por encima de las normas, de las personas, de la vida, de la subsistencia y ahora tiene a ese país sumido en una gran crisis de la que no será capaz de recuperarse ni en veinte años. Un país que tenía todo para ser la gran potencia del continente, ahora es una caricatura de Estado, donde se impone la ignoracia dictatorial de un ser empeñado en seguir adelante en lo que ni siquiera sabe que es. No le será fácil a Venezuela su recuperación, menos ahora cuando pasaron a ser parte especial del Club de los países más pobres.

En 2006 el líder cocalero Evo Morales, con el apoyo de los gobiernos de izquierda ya existentes en el continente, accede al poder en Bolivia, donde poco a poco ha ido perpetuándose y ya lleva 10 años, faltándole dos, si no encuentra alguna argucia que le permita hacerse reelegir una vez más en el 2018. Ha habido cambios, pero hay más corrupción que nunca y los recursos del Estado se usan hasta para pagar los favores sexuales que el señor Presidente se procura. No es la clase popular, ni la indígena, la que ha accedió al poder, es la clase de la camarilla de Evo, entronizada en su propio favor.

Un castillo cont de naipes que se ha ido derrumbando poco a poco, dejando sin ilusiones de cambio a la sociedad de esta parte del mundo. Lo que se ha predicado de hacer del mundo un mundo en el que quepan todos en las mejores condiciones, no se ha hecho posible, especialmente porque quienes han accedido al poder no son los más capacitados de la izquierda. Han sido líderes populistas, que juegan con las ideas para arrancar aplausos de las barras, no importándoles que la economía se derrumbe.

A donde han llegado personas capaces de esa misma izquierda, los que de alguna manera han ganado distancia frente a los enumerados, han dado respuestas no tan contundentemente buenas, pero procurado cambios pacíficos, tolerantes, de respeto, no de arrasamiento del mundo existente y han logrado estabilizar unos países que ofrecen futuros más ciertos.

Rafael Correa, un hombre preparado para gobernar, llegó a la Presidencia de Ecuador en el 2004 y ha realizado una administración de grandes desarrollos para el pueblo vecino, en el que se han conseguido avances en orden, en disciplina, en producción, en educación, en infraestructura, en comunicaciones, sin necesidad de llevarse por delante el capital privado, ni mucho menos a los grandes generadores de empleo. No ha destruido lo construido para construir su obra. Es un gobierno serio, que cada vez es más distante de esa izquierda beligerante y que entiende que gobernar es un poco el arte de lo práctico.

Hecho igual se dio en el Uruguay con Pepe Mujica, quien gobernó de 2010 a 2015. No asustó a nadie y a todo el mundo le habló claro, incluso a sus colegas de la izquierda, a quienes en no pocas ocasiones ha descalificado por sus absurdos de querer cambiarlo todo a cambio de nada. Hizo las transformaciones que el Estado de Derecho le permitió, y fue capaz de sembrar la semilla de lo que es una nueva sociedad uruguaya. Nunca tuvo la tentación de la reelección y supo y sabe, que el poder es para sentar liderazgos, no para hacer sólo imposiciones.

La izquierda cae poco a poco. Al inicio de la década del 2000 fue el boom de su ascenso. Ahora vivimos la decepción de su fracaso. Y el camino futuro no es el más alentador. La derecha y el capitalismo nunca han sido la solución. A ella retornamos. No tenemos más opciones. La izquierda fracasa porque llega al poder y adquiere los mismos vicios y artimañas de los que siempre lo han ostentado. Es el poder a su servicio. No de lo social. Las ilusiones de un mundo mejor son cada vez más mínimas. Inexistentes. Ya nos quedamos sin ilusiones.