10 de abril de 2021
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NO SIGAMOS CON «YO VOY BIEN PERO EL PAÍS VA MAL»

26 de mayo de 2016

La actual coyuntura económica está marcada por una serie de elementos de muy difícil manipulación por parte de los gobernantes de turno y más aun de los empresarios, quienes a pesar de las circunstancias crecen: el primero, es el que tiene que ver con el ciclo de precios bajos de los productos primarios o commodities que está golpeando a los países emergentes desde hace unos 30 meses. El segundo es la crispación política del vecindario, léase Panamá, Brasil y Venezuela especialmente; y un tercer elemento más local, el aprovechamiento político de los diálogos de paz con las Farc que se adelantan en La Habana. Todos tres son elementos bien aprovechados por intereses particulares que han construido sobre ellos bulos que navegan por las redes sociales y muchos medios de comunicación, generando una ola de pesimismo más acentuada que la acostumbrada negatividad colombiana.

Es cierto que los indicadores macro nos muestran una inflación elevada; unas tasas de interés en niveles altos; una tasa de desempleo en dos dígitos y sobretodo un crecimiento del PIB que será inferior a 3%, una de las cifras más bajas de la historia reciente. Pero si esos datos se desagregan obtenemos que unos explican otros y que el crecimiento, en particular, es un dato bueno si se mira el vecindario y muy bueno si se tiene en cuenta que excluye casi totalmente el sector petrolero. Crecer entre 2,5% y 3% sin el aporte del petróleo es una buena cosa y una situación que se debe capitalizar para el futuro.

El verdadero problema es que el resto de los colombianos nos dejamos llevar por el pesimismo y sobre todo por la idea ya generalizada de que “yo voy bien, pero el país va mal”. Es una muestra de absoluto individualismo en un cambio de época donde debe primar la colectividad y las responsabilidades compartidas. La sociedad estadounidense forjó su estructura moderna sobre las bases científicas del sociólogo, Robert K. Merton, quien acuñó la llamada profecía autocumplida en su libro Teoría Social y Estructura Social (1968) en donde plantea la hipótesis ampliamente comprobada de que “una profecía autocumplida es una falsa definición de una situación o persona que evoca un nuevo comportamiento, el cual hace que la falsa concepción se haga verdadera. Esta validez engañosa perpetúa el error. El poseedor de la falsa creencia, percibirá el curso de eventos como una prueba de que estaba en lo cierto desde el principio”.

Es entendible que existan generaciones completas marcadas por las profecías autocumplidas de un país en guerra. Son seis décadas de luchar contra la idea que podemos vivir en paz, pero esa misma paz es interpretada de manera individual, como si fuera solo de puertas para adentro y no en comunidad. El punto es que el pasado pasó y es con el presente que debemos construir un mejor futuro para las nuevas generaciones.

EDITORIAL/LA REPÚBLICA